sábado, 28 de noviembre de 2009

Música de Flauta

Había un crio… Un niño, un guaje, un chaval, como quieras llamarlo. El caso es que había un chico que tocaba la flauta en la calle, cerca de su colegio, al salir de clase. Y llego un hombre mayor, con su cinto de hebilla, y sus botas de cowboy. Y le dijo:
–¿Por qué no tocas un poco más como a lo Jimmie Rodgerds?
El chaval, confundido, escucho mucha música country, y tocó con un estilo un poco nashville anticuado. Todo el mundo aplaudió.
Unas semanas más tarde, vino otro hombre por su parque, paseando un perro grande y negro, con las mandíbulas de acero, como si fuera a devorar un submarino nuclear, y le dijo:
–Chico, tocas genial, pero deberías fijarte en los temas de Ian Anderson con Jethro Tull.
El enano, consternado, ensayo en su casa sin parar, día y noche, cogiendo la tónica de aquel ritmo. Pero, como supondréis, vino otro hombre, más mayor, con más pinta de macarra y con dotes de dictador, y le dijo:
–Lo que tocas suena a viejo, deberías tocar Jazz-Fusión.
Y el niño se empapó, durante años tocando una tras otra, tras otra canción.
Y cuando ya no era niño, cuando le salían canas en el bigote, un tipo le dijo:
–Deberías…
Y él interrumpió:
–He perdido mucho tiempo con lo que los demás querían de mí. Tan solo estoy haciendo música señor, me sale de dentro así. Puede considerarlo asqueroso, seguir su camino y olvidarse de mí. Yo, creo que solo quiero pasar un rato tocando, si quiere otra cosa, hágala usted.
Y el hombre se pasó horas escuchándole, y le gustó. Y el niño, que ya era un hombre, pensó en cuanto tiempo había perdido agradando a quienes ya habían escuchado a quien querían oir.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Los Ojos Verdes

¿Oís el chasquido?
Entre la lluvia fina y fría. Entre el barro y el silbido del viento. Yo oigo el chasquido.
Rompe una y otra vez la respiración constante de miles de almas atrapadas, condenadas a una obra de la que pocos verán el final. Se escucha el chasquido rítmico, bajo la lluvia. Ellos no saben lo que es el cansancio, no entienden que los hombres, mujeres y niños enfermen y mueran por trabajar en estas condiciones.
Yo escucho el chasquido. Conozco cada una de sus notas y su canción única. Y al final, todo empieza con una explosión.
En este campo de trabajo donde no existen los sueños, tiro de la cuerda con mis compañeros, una vez más. Movemos su maquinaria por el lodazal, sin que les importe la lluvia, ni el agotamiento de los esclavos, ni ver como se nos hunden los pies a cada paso, como algunos resbalan y caen por el terraplén. Ninguno entendemos que están construyendo, tan solo el chasquido del capataz deja constancia del paso del tiempo.
En un instante todo cambia. Hay un recuerdo dentro de mi cabeza, viene del brillo de unos ojos que apenas recuerdo. Unos ojos del pasado, verdes, sepultados bajo el lodo. En esa fracción indefinible de tiempo, espacio y mente, todo cambia. No me duele tanto la espalda si pienso en esos ojos. No me duelen la mil agujas de agua helada que caen sobre mi piel, ni me asquean mis harapos, ni me entorpecen el paso. Mis cadenas no pesan, y desde el barro miro al mundo como un gigante de ojos nuevos. Y miro directamente a ellos.
Hay algo en mis ojos que hace despertar a los demás de la fila, erguirse con cierto orgullo cuando se cruzan nuestras miradas. Es un virus de transmisión ocular, y nos hace recordar esos ojos verdes, y nos hace mirar a los caudillos a los ojos. Soltamos las cuerdas y el bloque cae abajo rompiendo los andamios a su paso, dejando heridos. Y nuestra voluntad crece. Y oímos el chasquido. Oímos perfectamente cada gota que rompe al curvarse para dar el golpe. Una parte de nosotros le tiene miedo, pero es una parte pequeña y cobarde, y nuestra voluntad ya ha crecido. Y les miramos a los ojos, directamente, a los seres de hormigón, a los señores grises que gobiernan el barro. Saben que ha ocurrido la explosión, y se preguntan donde podrán esconderse hasta que las fieras se calmen. Lo que no saben es que esta vez no vamos a calmarnos mientras quede uno de ellos, mientras uno de nosotros pueda convertirse en uno de ellos, mientras nos tiendan el látigo para que dejemos de soñar con ojos y azotemos a nuestros iguales. Son cucarachas de sangre humana, y a las cucarachas solo puede eliminárselas con fuego, cocidas en sus madrigueras.
Convertidos en salvajes sin miedo ni moral, destruimos su gran obra, sin demasiada prisa, alimentada nuestra constancia por la convicción del reinicio. Quemamos a las cucarachas como a brujas. Quemamos a los inocentes como a culpables para no dejar rastro de su plaga. Nuestra libertad se bautiza con el genocidio de quienes no ven los ojos. Y no vacilamos al cortarle el estomago a aquellos sobre quienes caen sospechas, y aquellos que acusan también mueren en la pira. Pues solo hay una causa, y está detrás de los ojos verdes.
Y ya no se escucha ningún chasquido. Y ahora quedan pocos hombres, mujeres, o niños. Y dentro de un tiempo, se volverán grises, y le darán látigos a los hombres libres, y construirán obras que solo ellos entiendan. Pero mientras tanto, viviremos un tiempo en la presencia de los ojos verdes, tranquilos, salvajes y sin miedo a nuestra naturaleza de asesinos.
¿Has visto los ojos? ¿Recuerdas el chasquido?

miércoles, 25 de noviembre de 2009

El Gigante

El gigante paseaba tranquilamente por la ciudad, pisoteando las casas más bajas y hermosas. El interminable flujo de coches y peatones se veía interrumpido por sus pausados pasos y los boquetes que denotaban sus huellas en la metrópolis. Observando el cielo, tal vez por la falta de oxigeno al estar tan cerca del sombrero negro, se encendió un cigarro y tiró la cerilla, sepultando a un grupo de escolares cuatro manzanas más abajo, en el museo.
–¡Eh! ¡Gigante! –Alcanzó a escuchar entre el pánico general.
Se agachó y le tendió el dedo al hombrecillo que movía los brazos arriba y abajo, llamando su atención o intentando volar, el gigante no lo tenía claro. El hombrecillo se subió agarrándose a sus huellas dactilares y el gigante lo levantó hasta tenerlo frente a sus ojos.
–¿Qué quieres hombrecillo?
–Quiero saber por qué nos pisoteas y no te fijas en que estamos aquí abajo, intentando prosperar.
–¡Tú no observas a las hormigas cuando paseas por el campo! –Respondió indignado el gigante.
–Pero es que yo soy un hombre, el sumun de la creación.
–Yo soy más grande –Argumentó, frunciendo el ceño como un acordeón de treinta metros–. No creo que deba tenerte muy en cuenta.
–Pero nosotros somos cientos, miles… ¡Millones en el mundo!
–Creo que hay más moscas.
–Tal vez, pero ellas no pueden hablar, ni razonar. Mira todo lo que hemos construido, lo que hemos logrado. Nosotros somos el futuro.
–Creo que el futuro son las cucarachas. Ellas no lloriquean cuando las aplasto.
–Las cucarachas son seres repugnantes, transmiten enfermedades y se alimentan de basura.
–He visto lo que coméis, y he visto como hacéis la guerra… No me parece que seáis tan diferentes como crees. En todo caso, ellas son más resistentes. ¿Qué te hace pensar que yo no soy el futuro?
–Nosotros volamos, viajamos más allá de este planeta y comprendemos el universo.
–Tal vez haya alguien entre vosotros que conozca el universo, pero le tildareis de loco. Todo el saber que obtenéis de vuestros aparatos, de vuestras ramas para alcanzar otras ramas, se basa en vuestro punto de vista. A lo mejor yo podría darte otro punto de vista, a lo mejor podrían dároslo las cucarachas.
El gigante hizo una pausa pensativo, sentándose sobre un ancho y cuadrado centro comercial, que se resintió agrietando sus paredes y dejando salir a cientos de personas gritando, consumidos por el terror a morir sepultados en la sección de electrodomésticos.
–Deberíais seguir por ese camino –Sentenció.
–¿De qué estás hablando?
–Eso de volar más allá de esta tierra. Deberíais hacerlo. Creo que habéis pasado demasiado tiempo en el mismo sitio y se os está reblandeciendo el cerebro.
–¿Cómo te atreves? ¡Somos La Humanidad! ¡Nada es imposible para nosotros! ¡Somos el progreso! ¡Este planeta es nuestro!
–Sigo siendo más grande –El hombrecillo pareció tranquilizarse un poco.
–Lo que quiero decir, es que este planeta es nuestro hogar –Contraatacó diplomáticamente–. Llevamos aquí desde siempre.
–Sabes que eso tampoco es exacto, pero te entiendo. Lo que no comprendo es por qué limpiáis vuestras ciudades y casas pero seguís viviendo entre la mierda. ¿Has visto la nube negra que hay sobre esta ciudad? No me parece una vida muy sana.
–Es un pequeño precio por el progreso, no es peligrosa.
–¿Sabes por qué los animales le tienen miedo al fuego? ¿Por qué no dejáis jugar a los niños con cerillas? Porque es peligroso. No hay más que mirar las llamas para saber que son difíciles de controlar. ¿Cuándo perdisteis vuestro instinto?
–Cuando alcanzamos la razón.
–¿La razón? ¿Y a donde os ha llevado esa razón? Vivís más tiempo que hace siglos, pero solo los ricos. Os comunicáis a grandes distancias y viajáis más rápido que la voz… viajáis más rápido que la voz… Hay algo malvado en la poesía de ese pensamiento. No solo porque solo lo hagan los ricos, si no porque tal vez, no sea necesario.
–Algún día todos podrán hacerlo. Trabajamos en ello, intentamos ser todos iguales.
–Pero es que no sois todos iguales. Hay hombres que nunca han matado, hombres que no ven nada malo en ello, hombres que lo acarrean como una carga, y otros que no lo soportan y se convierten en su última víctima. ¿Acaso todos los hombres quieren morir igual?
–Los hombres no quieren morir.
–Oh, sí que quieren. Lo desean muchas veces a lo largo de su vida, quizá tenga algo que ver con vuestro afán de destrucción…
–¡Tú estás destruyendo nuestra ciudad!
–Yo no me niego. Además, no os viene mal tener un depredador. Erais más sabios cuando había leones en Europa. ¿Qué habéis hecho con la filosofía, con la poesía, con el arte?
–Inventamos la televisión.
– ¿No sois desgraciados sobreviviendo así?
–Creo que no te entiendo.
–Será cuestión del punto de vista –Y alzó al hombrecillo junto a sus cejas–. Agárrate y observa.
El hombrecillo trepó por las pobladas cejas del gigante y se sentó, abrió los ojos ante la magnífica vista de la ciudad, e intentó acomodarse al paso oscilante del gigante. Las calles serpenteaban de actividad, los rascacielos recortaban el distrito financiero y la catedral dormía bajo los focos del ministerio de turismo.
–Todo se ve distinto, desde luego, pero nada que no haya visto desde un helicóptero.
–Eso es porque eres un hombre, y los hombres, cuando vuelan, insisten en mirar el suelo.
Entonces, el hombrecillo miró al frente, a donde apuntaban las gigantescas pupilas del gigante. Era como estar demasiado cerca del techo, como si un arquitecto idiota hubiera planificado una sala de conciertos con una altura de metro veinte.
–¿Aún crees que es inofensiva? –Preguntó el gigante.
–Nuestros científicos… –Extendió la mano hacia la nube, aún lejana, como si la viera por primera vez.
–Les pagaba gente rica. Gente que viaja en helicóptero mirando el suelo, o peor todavía, mirando papeles con números.
El hombrecillo siguió observando la vista, ciudad tras ciudad, en los puertos, en los mares, un espectáculo similar, y nuevo. Sé acostumbraba al balanceo, y de pronto se dio cuenta que estaba sentado en el hombro del gigante.
–¿Qué ocurre? ¡Estoy creciendo!
–Sí, viajar, conocer, pensar, hace crecer al hombre más pequeño.
–¡Pero yo no quiero ser como tú!
–Podemos parar, puedo devolverte a tu ciudad, pero no serás más pequeño que ahora nunca más. No existe el olvido para el alma.
–No, no quiero ser humano, es horrible.
–No quieres ser humano, no quieres ser gigante ¿Qué pretendes ser, amigo mío?
El semi-gigante quedó pensando junto al mar, con su mentor, y desde su nuevo punto de vista, decidió.
–Quiero ser cucaracha.
El gigante soltó una carcajada que inundó el mundo.
–Sigues sin poder hacerte más pequeño.
–Entonces me has condenado a crecer ¡Era feliz siendo humano!
–Eras idiota, y es fácil ser feliz siendo idiota. Lo difícil es crecer y ser feliz de una forma más compleja.
–¡Pero tú no haces nada! solo paseas y destruyes la obra del hombre.
–Soy así, frenar al hombre me hace feliz, crear gigantes es mi método. Algún día habrá tantos que no cabremos en el planeta, o tal vez los últimos hombres nos bombardeen desde el espacio y se decidan de una vez a dejárselo todo a las cucarachas.
–¿Qué haré ahora? Seré un paria…
–Sí, pero pensé que no querías volver con los hombres.
El gigante se levantó, alto, algunas nubes bajas se arremolinaron con su ascenso. El antiguo hombrecillo lo observaba acurrucado junto al suelo, intentando hacerse pequeño por compresión. Desde arriba, el gigante clavó los ojos en su nuevo alumno.
–Encontraras una salida, otros puntos de vista.
–¿Ahora vas a dejarme solo?
–Sí, como siempre lo has estado, y nunca has visto. Adiós.
El antiguo hombrecillo se quedó allí sentado mucho tiempo, intentando olvidar lo que sabía, intentando negar las teorías que había elucubrado desde la ceja del gigante, pero tan solo conseguía llegar a nuevas conclusiones, y crecía más y más.
Un día, cuando era demasiado grande comenzó a pasear, y al tiempo, llegó a una ciudad. Paseó, tranquilamente, pisando las casas más bajas y hermosas. Y le pareció escuchar una vocecilla entre los gritos de pánico.