miércoles, 25 de noviembre de 2009

El Gigante

El gigante paseaba tranquilamente por la ciudad, pisoteando las casas más bajas y hermosas. El interminable flujo de coches y peatones se veía interrumpido por sus pausados pasos y los boquetes que denotaban sus huellas en la metrópolis. Observando el cielo, tal vez por la falta de oxigeno al estar tan cerca del sombrero negro, se encendió un cigarro y tiró la cerilla, sepultando a un grupo de escolares cuatro manzanas más abajo, en el museo.
–¡Eh! ¡Gigante! –Alcanzó a escuchar entre el pánico general.
Se agachó y le tendió el dedo al hombrecillo que movía los brazos arriba y abajo, llamando su atención o intentando volar, el gigante no lo tenía claro. El hombrecillo se subió agarrándose a sus huellas dactilares y el gigante lo levantó hasta tenerlo frente a sus ojos.
–¿Qué quieres hombrecillo?
–Quiero saber por qué nos pisoteas y no te fijas en que estamos aquí abajo, intentando prosperar.
–¡Tú no observas a las hormigas cuando paseas por el campo! –Respondió indignado el gigante.
–Pero es que yo soy un hombre, el sumun de la creación.
–Yo soy más grande –Argumentó, frunciendo el ceño como un acordeón de treinta metros–. No creo que deba tenerte muy en cuenta.
–Pero nosotros somos cientos, miles… ¡Millones en el mundo!
–Creo que hay más moscas.
–Tal vez, pero ellas no pueden hablar, ni razonar. Mira todo lo que hemos construido, lo que hemos logrado. Nosotros somos el futuro.
–Creo que el futuro son las cucarachas. Ellas no lloriquean cuando las aplasto.
–Las cucarachas son seres repugnantes, transmiten enfermedades y se alimentan de basura.
–He visto lo que coméis, y he visto como hacéis la guerra… No me parece que seáis tan diferentes como crees. En todo caso, ellas son más resistentes. ¿Qué te hace pensar que yo no soy el futuro?
–Nosotros volamos, viajamos más allá de este planeta y comprendemos el universo.
–Tal vez haya alguien entre vosotros que conozca el universo, pero le tildareis de loco. Todo el saber que obtenéis de vuestros aparatos, de vuestras ramas para alcanzar otras ramas, se basa en vuestro punto de vista. A lo mejor yo podría darte otro punto de vista, a lo mejor podrían dároslo las cucarachas.
El gigante hizo una pausa pensativo, sentándose sobre un ancho y cuadrado centro comercial, que se resintió agrietando sus paredes y dejando salir a cientos de personas gritando, consumidos por el terror a morir sepultados en la sección de electrodomésticos.
–Deberíais seguir por ese camino –Sentenció.
–¿De qué estás hablando?
–Eso de volar más allá de esta tierra. Deberíais hacerlo. Creo que habéis pasado demasiado tiempo en el mismo sitio y se os está reblandeciendo el cerebro.
–¿Cómo te atreves? ¡Somos La Humanidad! ¡Nada es imposible para nosotros! ¡Somos el progreso! ¡Este planeta es nuestro!
–Sigo siendo más grande –El hombrecillo pareció tranquilizarse un poco.
–Lo que quiero decir, es que este planeta es nuestro hogar –Contraatacó diplomáticamente–. Llevamos aquí desde siempre.
–Sabes que eso tampoco es exacto, pero te entiendo. Lo que no comprendo es por qué limpiáis vuestras ciudades y casas pero seguís viviendo entre la mierda. ¿Has visto la nube negra que hay sobre esta ciudad? No me parece una vida muy sana.
–Es un pequeño precio por el progreso, no es peligrosa.
–¿Sabes por qué los animales le tienen miedo al fuego? ¿Por qué no dejáis jugar a los niños con cerillas? Porque es peligroso. No hay más que mirar las llamas para saber que son difíciles de controlar. ¿Cuándo perdisteis vuestro instinto?
–Cuando alcanzamos la razón.
–¿La razón? ¿Y a donde os ha llevado esa razón? Vivís más tiempo que hace siglos, pero solo los ricos. Os comunicáis a grandes distancias y viajáis más rápido que la voz… viajáis más rápido que la voz… Hay algo malvado en la poesía de ese pensamiento. No solo porque solo lo hagan los ricos, si no porque tal vez, no sea necesario.
–Algún día todos podrán hacerlo. Trabajamos en ello, intentamos ser todos iguales.
–Pero es que no sois todos iguales. Hay hombres que nunca han matado, hombres que no ven nada malo en ello, hombres que lo acarrean como una carga, y otros que no lo soportan y se convierten en su última víctima. ¿Acaso todos los hombres quieren morir igual?
–Los hombres no quieren morir.
–Oh, sí que quieren. Lo desean muchas veces a lo largo de su vida, quizá tenga algo que ver con vuestro afán de destrucción…
–¡Tú estás destruyendo nuestra ciudad!
–Yo no me niego. Además, no os viene mal tener un depredador. Erais más sabios cuando había leones en Europa. ¿Qué habéis hecho con la filosofía, con la poesía, con el arte?
–Inventamos la televisión.
– ¿No sois desgraciados sobreviviendo así?
–Creo que no te entiendo.
–Será cuestión del punto de vista –Y alzó al hombrecillo junto a sus cejas–. Agárrate y observa.
El hombrecillo trepó por las pobladas cejas del gigante y se sentó, abrió los ojos ante la magnífica vista de la ciudad, e intentó acomodarse al paso oscilante del gigante. Las calles serpenteaban de actividad, los rascacielos recortaban el distrito financiero y la catedral dormía bajo los focos del ministerio de turismo.
–Todo se ve distinto, desde luego, pero nada que no haya visto desde un helicóptero.
–Eso es porque eres un hombre, y los hombres, cuando vuelan, insisten en mirar el suelo.
Entonces, el hombrecillo miró al frente, a donde apuntaban las gigantescas pupilas del gigante. Era como estar demasiado cerca del techo, como si un arquitecto idiota hubiera planificado una sala de conciertos con una altura de metro veinte.
–¿Aún crees que es inofensiva? –Preguntó el gigante.
–Nuestros científicos… –Extendió la mano hacia la nube, aún lejana, como si la viera por primera vez.
–Les pagaba gente rica. Gente que viaja en helicóptero mirando el suelo, o peor todavía, mirando papeles con números.
El hombrecillo siguió observando la vista, ciudad tras ciudad, en los puertos, en los mares, un espectáculo similar, y nuevo. Sé acostumbraba al balanceo, y de pronto se dio cuenta que estaba sentado en el hombro del gigante.
–¿Qué ocurre? ¡Estoy creciendo!
–Sí, viajar, conocer, pensar, hace crecer al hombre más pequeño.
–¡Pero yo no quiero ser como tú!
–Podemos parar, puedo devolverte a tu ciudad, pero no serás más pequeño que ahora nunca más. No existe el olvido para el alma.
–No, no quiero ser humano, es horrible.
–No quieres ser humano, no quieres ser gigante ¿Qué pretendes ser, amigo mío?
El semi-gigante quedó pensando junto al mar, con su mentor, y desde su nuevo punto de vista, decidió.
–Quiero ser cucaracha.
El gigante soltó una carcajada que inundó el mundo.
–Sigues sin poder hacerte más pequeño.
–Entonces me has condenado a crecer ¡Era feliz siendo humano!
–Eras idiota, y es fácil ser feliz siendo idiota. Lo difícil es crecer y ser feliz de una forma más compleja.
–¡Pero tú no haces nada! solo paseas y destruyes la obra del hombre.
–Soy así, frenar al hombre me hace feliz, crear gigantes es mi método. Algún día habrá tantos que no cabremos en el planeta, o tal vez los últimos hombres nos bombardeen desde el espacio y se decidan de una vez a dejárselo todo a las cucarachas.
–¿Qué haré ahora? Seré un paria…
–Sí, pero pensé que no querías volver con los hombres.
El gigante se levantó, alto, algunas nubes bajas se arremolinaron con su ascenso. El antiguo hombrecillo lo observaba acurrucado junto al suelo, intentando hacerse pequeño por compresión. Desde arriba, el gigante clavó los ojos en su nuevo alumno.
–Encontraras una salida, otros puntos de vista.
–¿Ahora vas a dejarme solo?
–Sí, como siempre lo has estado, y nunca has visto. Adiós.
El antiguo hombrecillo se quedó allí sentado mucho tiempo, intentando olvidar lo que sabía, intentando negar las teorías que había elucubrado desde la ceja del gigante, pero tan solo conseguía llegar a nuevas conclusiones, y crecía más y más.
Un día, cuando era demasiado grande comenzó a pasear, y al tiempo, llegó a una ciudad. Paseó, tranquilamente, pisando las casas más bajas y hermosas. Y le pareció escuchar una vocecilla entre los gritos de pánico.

3 comentarios:

  1. Acojonante..., una muy buena historia, a ver si de gigante escribo como tú.

    Norman Bitch

    ResponderEliminar
  2. Me ha gustado mucho esta primera historia, estoy esperando la próxima!!

    Un Saludo

    ResponderEliminar
  3. Genial, no recuerdo haber visto la idea de la relación entre la ignorancia y la felicidad tan claramente y bien expuesta. Da gusto leer cosas así.

    ResponderEliminar