jueves, 26 de noviembre de 2009

Los Ojos Verdes

¿Oís el chasquido?
Entre la lluvia fina y fría. Entre el barro y el silbido del viento. Yo oigo el chasquido.
Rompe una y otra vez la respiración constante de miles de almas atrapadas, condenadas a una obra de la que pocos verán el final. Se escucha el chasquido rítmico, bajo la lluvia. Ellos no saben lo que es el cansancio, no entienden que los hombres, mujeres y niños enfermen y mueran por trabajar en estas condiciones.
Yo escucho el chasquido. Conozco cada una de sus notas y su canción única. Y al final, todo empieza con una explosión.
En este campo de trabajo donde no existen los sueños, tiro de la cuerda con mis compañeros, una vez más. Movemos su maquinaria por el lodazal, sin que les importe la lluvia, ni el agotamiento de los esclavos, ni ver como se nos hunden los pies a cada paso, como algunos resbalan y caen por el terraplén. Ninguno entendemos que están construyendo, tan solo el chasquido del capataz deja constancia del paso del tiempo.
En un instante todo cambia. Hay un recuerdo dentro de mi cabeza, viene del brillo de unos ojos que apenas recuerdo. Unos ojos del pasado, verdes, sepultados bajo el lodo. En esa fracción indefinible de tiempo, espacio y mente, todo cambia. No me duele tanto la espalda si pienso en esos ojos. No me duelen la mil agujas de agua helada que caen sobre mi piel, ni me asquean mis harapos, ni me entorpecen el paso. Mis cadenas no pesan, y desde el barro miro al mundo como un gigante de ojos nuevos. Y miro directamente a ellos.
Hay algo en mis ojos que hace despertar a los demás de la fila, erguirse con cierto orgullo cuando se cruzan nuestras miradas. Es un virus de transmisión ocular, y nos hace recordar esos ojos verdes, y nos hace mirar a los caudillos a los ojos. Soltamos las cuerdas y el bloque cae abajo rompiendo los andamios a su paso, dejando heridos. Y nuestra voluntad crece. Y oímos el chasquido. Oímos perfectamente cada gota que rompe al curvarse para dar el golpe. Una parte de nosotros le tiene miedo, pero es una parte pequeña y cobarde, y nuestra voluntad ya ha crecido. Y les miramos a los ojos, directamente, a los seres de hormigón, a los señores grises que gobiernan el barro. Saben que ha ocurrido la explosión, y se preguntan donde podrán esconderse hasta que las fieras se calmen. Lo que no saben es que esta vez no vamos a calmarnos mientras quede uno de ellos, mientras uno de nosotros pueda convertirse en uno de ellos, mientras nos tiendan el látigo para que dejemos de soñar con ojos y azotemos a nuestros iguales. Son cucarachas de sangre humana, y a las cucarachas solo puede eliminárselas con fuego, cocidas en sus madrigueras.
Convertidos en salvajes sin miedo ni moral, destruimos su gran obra, sin demasiada prisa, alimentada nuestra constancia por la convicción del reinicio. Quemamos a las cucarachas como a brujas. Quemamos a los inocentes como a culpables para no dejar rastro de su plaga. Nuestra libertad se bautiza con el genocidio de quienes no ven los ojos. Y no vacilamos al cortarle el estomago a aquellos sobre quienes caen sospechas, y aquellos que acusan también mueren en la pira. Pues solo hay una causa, y está detrás de los ojos verdes.
Y ya no se escucha ningún chasquido. Y ahora quedan pocos hombres, mujeres, o niños. Y dentro de un tiempo, se volverán grises, y le darán látigos a los hombres libres, y construirán obras que solo ellos entiendan. Pero mientras tanto, viviremos un tiempo en la presencia de los ojos verdes, tranquilos, salvajes y sin miedo a nuestra naturaleza de asesinos.
¿Has visto los ojos? ¿Recuerdas el chasquido?

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