jueves, 31 de diciembre de 2009

Sudor Frío

Todo empezó hacia la mitad. Desperté en un prado gris y marchito, donde la hierba había olvidado la esperanza y el cielo luchaba por no echarse a llorar. Estaba perdido, sin saber donde marchar ni a quien buscar.
Tras deambular por ese infinito campo de gris uniforme encontré su cadáver, aún sonriente. Me preguntó por qué la había dejado morir, y el cielo no pudo soportarlo más.
– Nunca quise perderte –Respondí con la voz quebrada –, nunca pensé que pudiera perderte.
– Pero aquí estamos, yo muerta y tu perdido.
Noté como la sombra avanzaba.
– Soy mayor –Traté de argumentar –, he aprendido que no puedo vivir para siempre contigo.
– Entonces ¿Por qué has venido? ¿Quieres enterrarme ya?
– No puedo hacer otra cosa, todo lo que te dio vida lo he corrompido y devaluado y ya no es más que un leve sueño.
– Y aquí, en este sueño, me has encontrado para olvidarme por fin.
No supe que responder.
– Todo lo que eres, todo aquello por lo que aún te mantienes en pie me lo debes a mí. No vienes a darme sepulcro, has venido a buscarme.
La sombra se posó sobre mi hombro con una garra gélida de cruel entendimiento. Su voz era lúgubre y calmada.
– ¿Por qué huyes de mi? –susurro sin hablar –. Me has creado y yo te he dado tanto. Te he enseñado nuevos caminos, juntos hemos levantado muros que nadie puede romper.
Miré al horizonte y vi que era cierto. Allí se alzaban monumentos a mi apatía y desconfianza, altas torres unidas por negras murallas, mezcla de carne y metal, viscerales y frías. Conocía sus nombres. Desde la fortaleza de “No volverás a engañarme” al baluarte de “No puedo perdonarte” me saludaban mis tropas, cientos de pequeños diablillos y demonios a los que había alimentado para guardar mis fronteras.
– La tierra muere por tus defensas – Dijo el cadáver.
– Y sobre ella crecerá otra tierra fuerte, una a la que podrán lloverle piedras pero nunca sufrirá –Dijo la sombra.
– Debes elegir –Dijo alguien, creo que fui yo.
Cerré los ojos y estuve a punto de escapar de aquello y despertar. Me forcé a luchar contra la realidad como tantas veces la responsabilidad me hizo luchar contra el sueño. Se lo debía.
– No quiero ser frío.
Una parte de las murallas se fundió como cera de una vela desbordada.
– No quiero que no me afecte lo importante.
Algunas torres desaparecieron, otras explotaron esparciendo sus pedazos por mi subconsciente.
– No quiero ver la meta al final del camino y perderme el paisaje.
– ¿Qué es lo que buscas entonces maldito imbecil? –Preguntó la sombra con su inalterable tranquilidad.
– Solo quiero coger mi cadáver y que me enseñe a sanar sus heridas.
– No puedes resucitar lo que ya ha muerto – Expuso por última vez la sombra.
– No la había olvidado, si no, no seguiría aquí. La hierba no ha desaparecido, y el cielo aún es capaz de llorar. No, y a ti amiga mía tampoco te olvidaré, pues me has dado lecciones que no debo olvidar ni repetir.
– Yo no se como puedes curarme – Dijo mi niñez con aire apesadumbrado.
– Entonces tendremos que volver a crearte, tengo muchos recuerdos, tan solo necesito que me cuentes que sentí.
Vi una brizna de hierba de un tono verde, tan vivo como la esperanza, junto al cadáver de mi infancia, y al acariciarlo el árbol volvió a crecer. Donde antes hubo murallas deje crecer colinas y valles. Y junto al arrollo que da de beber al lago pude ver de nuevo mi torre. Alta y ajada, hermosa y llena de grietas. Aún faltaba mucho para reconstruirla, y debía convencer a muchos demonios de ser viento de nuevo, pero por fin, agotado, me sentí en casa, y trepé junto a Niñez e Ilusión, tan solo un segundo, pues Sueño ya me había dado cuanto necesitaba de ese lugar, donde solo podré volver para reconstruir mi morada y recordar historias con mis viejos amigos.
Desperté empapado en sudor frío con la certeza del mundo material. Me levanté de la cama y busqué una estrella más allá de las luces de la ciudad. Le pedí que no me dejara olvidar, y entonces regresé a mi cama.

martes, 29 de diciembre de 2009

Lluvia

El poema empezó a nacer mientras miraba por la ventana. La lluvia tiene ese efecto, ves caer las gotas resbalando por el borde de las tejas, como un arpegio delicado, y de fondo, las ráfagas de viento que arrastran el agua, cambiando su dirección, creando una cortina melancólica. Escribí un par de versos en la libreta, absorto por aquella belleza tan triste, me calcé el sombrero, la gabardina y una bufanda raída. Con esto, salí a disfrutar del vendaval. Un cuaderno y un bolígrafo a veces es el mejor equipaje.
Desde el puente, con los dedos congelados, escribí un par de pensamientos encriptados en metáforas, viendo pasar los coches, despacito, por debajo. La lluvia lo ralentiza todo, lo hace azul y pausado. Sintiendo que no podía obtener más de aquel momento, seguí caminando pisando los charcos sin un rumbo premeditado. Una abuela cruzando la calle llevando a la carrera a su sobrino, el del uniforme de colegio privado, se preocupa de esquivar cada minúscula masa de agua en los adoquines, sin tener en cuenta que el paraguas no ayudaba nada al crio. El chaval me miró, con el agua trazando sus futuras arrugas, mientras la vieja trazaba su psicótica ruta. Me miró de arriba abajo, vio que no llevaba paraguas, que disfrutaba bastante de la lluvia, que no me preocupaba demasiado mojarme los pies, y sonrió. No pude evitar un gesto de complicidad, los dos sabíamos que su abuela estaba haciendo el tonto, que es mejor no luchar contra la lluvia y disfrutarla. Bajo un balcón apunté un par de líneas aderezadas con frases de situación.
Diez calles más abajo, topándome con la gran avenida, me fijé en los camiones pasando a toda velocidad por la carretera. A ellos tampoco les importaba pisar los charcos, cada rueda un Moisés de goma separando el mar rojo por un tiempo equivalente a su tamaño. El mar de la cuneta tomando la acera. A la derecha de la escena observé la vegetación en plena lucha contra el hormigón. Una batalla que durará décadas en ese solar abandonado, donde las malas hierbas intentan sobrevivir en una tierra mala. Seguro que la lluvia estaba de su parte.
Bajé hasta el otro barrio y me metí en un bar de esos que tienen grasa y trofeos de mus, donde todas las mesas están cojas, y tomándome un café calentito, taché todos mis versos, y disfruté del espectáculo por la ventana tras escuchar un trueno, que marcaba el inicio del segundo acto.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Humo, Balas y Sangre

Después del disparo, una vez abatido, sobre el barro, me encendí un pitillo. Tenía un agujero en el pecho, y veía correr a mis compañeros de un lado a otro, saltar, buscar cobertura y mantener un fuego de supresión sobre el enemigo, como en una película antigua reproducida a demasiada velocidad. El ruido de las granadas explotando, el intenso martilleo de los rifles, como las chicharras en primavera, todo me era ajeno mirando al cielo, echando un par de caladas más.
El mero hecho de mover el brazo me causaba un enorme dolor, así que adopté mi última postura, con la mano derecha sobre el corazón y la izquierda sujetando el cigarro a unos milímetros de mis labios. Lo cierto es que no se estaba tan mal. Si no te movías, si no lo pensabas, la vida se iba apagando como si no te dieras cuenta, como cuando te quedas dormido en el sofá viendo una mala película. En mi postal celeste apareció Luis Ballester “El Costras”, paramédico de mi unidad y pesado como él solo. Le eché el humo en la cara.
–¡Le han dado a Tomás! –Decir mi nombre era un buen y mal síntoma. Por una parte, no me había llamado “Minero”, mote que me había sido asignado por mi nariz y cierto chiste sobre herramientas que no viene al caso. Si hubiera utilizado el mote sería menos grave. Por otra parte, no me había llamado por el apellido ni por mi graduación, así que no le parecía necesario tenerme demasiado respeto, como en algo trascendental, como en el momento de mi muerte. Lo cierto es que no me importaba demasiado, así que le di otra calada al cigarro mientras el doctorzuelo me metía el dedo por el pecho. Toda la vida intentando que no me dieran por el culo, llegó El Costras, y me tocó el corazón en la primera cita.
Parecía que la escaramuza había terminado, mis compañeros estaban alrededor mirándome con cierta cara de pena mientras El Costras me diseccionaba. Los tíos somos siempre así, primero una caricia romántica para seguir con una lenta mutilación. Pensé que si hubiera tenido alguna hija, debería haberla mandado a un convento por su propio bien. Como se me estaba acabando el pitillo, Nino me puso otro encendido en los labios. Creo que fui capaz de sonreír. Era un buen tipo, un poco tonto, pero bonachón. Me hubiera gustado salir de aquella y tomarme unas cervezas con él, dejándole pagar, por supuesto. Mis reflexiones se vieron interrumpidas por algunas palabras sueltas de la conversación de mis celadores. Algo sobre que yo no sufriera, más sobre la falta de tiempo y otros argumentos y gritos que no era capaz de distinguir. Me daba igual, pero el Costras, que estaba bañado en mi sangre, despotricaba alzando los brazos. Parecía mi asesino, y si todos merecemos una plañidera, Nino cumplía su tarea. Como lamento lo de las cervezas.
Al rato me dejaron solo, por fin, con mi maravillosa vista de un cielo consumido por el humo. Un horizonte sin tierra, manchado por la torpeza de un aprendiz al que se le cae la tinta sobre el lienzo. Y así ocurrió, así es como vi al mundo oscurecerse, mientras todo se desvanecía y yo exhalaba la última calada de un cigarrillo.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

La Luz del Túnel

Ricky estaba borracho como una cuba cuando vio la luz al final del túnel. Estaba bastante tranquilo, ya que la luz se acercaba por el rabillo del ojo y no de frente. No es que se hubiera muerto nunca, pero tenía bastante claro que la luz tenía que venir de frente, es una de esas reglas tan aceptadas socialmente que se han vuelto indiscutibles. Estar espatarrado en un banco del metro le ayudaba a respaldar la hipótesis de que seguía vivo.
Satisfecho su instinto de supervivencia, no pudo evitar planteárselo como una putada, y de su errático pensamiento etílico algo surgió en su cabeza:
“Mierda, ojalá viviera en el otro lado de la ciudad”.
Articulado, como si lo hubiera dicho en voz alta, se percató de la tristeza de tal pensamiento. Lamentó especialmente la mala pasada que su borrachera, con quien había pasado tan buenos momentos aquella noche, quisiera irse por otro camino. Se preguntó si él no quería ser también otro. Uno que viviera en la otra dirección, con otro trabajo, otras metas, que conociera a otras personas. Alguien que no se emborrachase cada siete días, ni deseara ser otra persona. Un tipo con aspiraciones simples, sin existencialismos baratos.
El tren cerró sus puertas frente a la otra dársena, y continuó su camino. Mientras veía la luz alejarse al final del túnel, Ricky se sintió un poco mejor al ver a su antagonista maldecir frente a él. Llevaba un mono de trabajo con una cazadora hinchada encima y unas botas de trabajo que habían visto mejores tiempos, parecido a lo que se pondría dentro de unas horas él mismo. En aquel instante Ricky se sintió mucho mejor, al fin y al cabo, su metro estaba diez minutos más cerca.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Pequeña Historia Navideña

Dentro de la clínica veterinaria todo estaba bastante tranquilo. La enfermera Elisa se hurgaba la nariz sin ningún tipo de vergüenza, lamentando ver marchar la agradable borrachera que se había agarrado horas antes con sus amigos.
–No vayas a currar, ponte enferma. ¿Quién va a ir en Nochebuena a tocarte las narices? ¿No ves qué vas a estar haciendo el tonto? –Le habían repetido hasta la saciedad. Y tenían razón.
La noche se presentaba aburrida, como para arrancarse las uñas de los pies por desidia, y el viejo Doctor Carbajoso estaba encerrado en su consulta, seguramente viendo porno en internet, lo que proporcionaba una perspectiva semejante a la de un parque de atracciones basado en el hibrupofeno. Iban a estar de guardia toda la noche, desde las veintidós horas hasta las diez, atendiendo indigestiones gatunas por comer chocolate o informando a los familiares de la imposibilidad de reanimar al hámster. “Lo sentimos, pero ha muerto… de puto frío señora, ¿Cómo se les ocurre sacarlo a la cornisa? ¡Ahí afuera hay ocho grados bajo cero!”. Tendría hasta cierta gracia.
Se oyó un sonido como el que produce una mano golpeando con sus nudillos una puerta de mala madera. “Ni caso, yo no me muevo hasta que alguien toque el timbre” Pensó Elisa, que había encontrado un digno contrincante junto al cartilago. Tomada esta decisión, sonó el timbre. “Hay que joderse”, y pulsó el interruptor bajo su mostrador. Cada vez que lo hacía se sentía como la cajera de un banco que avisaba de un atraco, pero al revés, como si fuera a dejar pasar a otro drogadicto buscando ketamina.
–Ho, ho, ho –Se escuchó al abrirse la puerta. “Hay que joderse”.
–Buenas noches, en que pode… –Papá Noel entró por la puerta, con su barba blanca y un kilo de hielo, nieve y mierda sobre sus hombros. Olía a navidad.
–Hola jovencita, verás he tenido un problema y necesitaba vuestra ayuda.
–¿Hámster o gato?
–¿Disculpa?
–Nada, ¿Qué es lo que ocurre?
–Verás, estaba con el reparto y con esta niebla, mis ojos ya no son los que eran, el caso es que uno de los renos…
–¿Me está tomando el pelo?
–¿Cómo dices, preciosa?
–A ver, ¿Qué le ha pasado a Rudolf?
–Bueno, no lo sé, pero con este tiempo no puede uno aclararse, así que cuando lo vi salir despedido giré todo lo rápido que pude y le pasé por encima…
–¡No me jodas…! –Y la chica salió disparada hacia la calle.
Allí estaba, a unos veinte metros. Entre la nieve se podía ver el camión de reparto, estampado contra una farola que había quedado noqueada. Elisa se acercó con cuidado y miedo a contemplar la escena, encontrándose con el armazón destrozado de un reno compuesto por varillas y luces de navidad. Santa Claus estaba detrás de ella luchando por mantenerse en pie.
–Verás, tengo que llegar al hospital de Villanueva antes de las once para montar el tinglado o me despiden. Con toda la gente felicitándose no tengo línea, quería saber si puedo hacer un par de llamadas.
Elisa estaba pasando el shock, se le había ido la cabeza un momento. Realmente había pensado que Papá Noel había atropellado a uno de sus renos, se sentía un poco tonta, pero reflexionando pensó, que tal vez, simplemente, quería seguir creyendo en algo, por macabro que fuera el desenlace. Ya sabéis, ese ansia por hacer algo mágico de vez en cuando, por ayudar a Papá Noel con sus renos. El viejo gordo la miraba con cara expectante, tenía los capilares destrozados por el alcohol.
–Por supuesto, venga, llame cuanto quiera.
Entraron en la clínica con el frío metido en los huesos, Santa Claus llamó y le mandaron un taxi para que fuera él solo al hospital. Elisa se quedó observándole por la ventana, a aquel hombre de cincuenta y tantos de barba blanca que también trabajaba en Nochevieja, y sintió cierta tristeza por verlo atrapado. Hasta le hizo gracia cuando le guiño un ojo desde el taxi. Un coqueteo con Santa Claus, al menos era mejor que los gatos y los hámsters.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

La Fabula del Apocalipsis

Debían ser las cinco y cuarto, no es que fuera ninguna fecha cabalística, pero con esto del cambio de hora no hay cristo que se aclare. La cosa es que se abrió una grieta en el suelo, brotaron llamas y todo empezó a apestar de azufre. Para quien no haya tenido una formación básica en química, diré que olía a mierda.
Un tipo rojo enorme, y no me refiero a Papá Noel, trepó desde las profundidades y se dirigió al mundo con una voz cavernosa.
–La hora del juicio ha llegado mortales. El tiempo ha terminado y es hora de pagar por vuestros pecados –Dicho esto, en el mundo olió más a mierda.
Hubo bastante pánico, ya sabéis como son estas cosas, el mundo no se acaba todos los días, a menos que seas futurólogo o pertenezcas a una secta (una de esas que adoran a naves espaciales y toman chupitos de cianuro una vez al mes). Pero no nos desviemos. El caso es que la civilización se fue al garete. Para qué vas a ir al trabajo, pagar la cuenta del teléfono o molestarte en ir a ninguna parte cuando el Príncipe de las Tinieblas, el Gran Mentiroso, el Corruptor de Toda Virtud, irrumpe en el mundo dejando bastante claras sus intenciones al empezar a empalar pecadores.
Sin embargo, pasados los primeros días la cosa se tranquilizó bastante. Al fin y al cabo, el ser humano es adaptable, y un pequeño régimen de terror mundial no era del todo preocupante. La idea es que si te sentías bien contigo mismo daba igual lo que te hicieran los cabroncetes del tridente. Los empalados, quemados y torturados no lo tenían tan claro.
Se decidió enviar una comitiva diplomática para resolver la crisis, a la cual se recibió con una preciosa paliza seguida de una sesión de despellejamiento. Pero bien es sabido que el hombre no puede aceptar la pérdida de control sin más, así que se organizaron protestas y caceroladas a lo largo y ancho del planeta. Las manifestaciones brotaban de una población asustada, que era barrida sin mayores problemas por el ejército infernal. Mientras tanto, los justos, observaban desde el cielo el panorama, y después de jugárselo a cara o cruz, al segundo le toco hablar con Dios para pedir clemencia por el mundo. Desgraciadamente para la raza humana, el todopoderoso creó al hombre a su imagen y semejanza, y como estaba harto de que no se le tuviera en cuenta y la paciencia siempre tiene un límite, pasó bastante del tema y se dedicó a combatir la resaca que arrastraba del día anterior con una botellita de pipermín.
El Señor recordaba vagamente la noche anterior y algo sobre “pues desata el jodido apocalipsis o cállate la boca”. A lo que más tarde añadió un dubitativo “por cierto, ¿Este mando está roto?”. Volviendo con la humanidad, la cosa estaba chunga, realmente jodida, vamos. Así que se envió a los mejores soldados que pudo encontrarse a combatir el mal. No tuvieron mucha suerte, y la verdad es que no me apetece describir lo que ocurrió porque acabo de comer unos macarrones con tomate y jamón. Quedaros con la imagen de los macarrones… Sí, algo parecido.
Me gustaría decir que al final, llegó una inocente niñita de ojos claros y suplico al Señor para que la humanidad fuera salvada, pero esa niña murió en un atentado de no sé qué vertiente estrafalaria de una religión mayoritaria. Este dato nunca le fue revelado a la ahora extinta raza humana, pero no carece de ironía.
Y este es el cuento. Lo cierto es que no se me ocurre otra manera de explicaros que manifestaros contra algo es inútil sin actos. Que al cambio climático le importa bastante poco el ruido que hagáis, que las empresas no van a parar su producción, y que Dios, para variar, prefiere no mojarse en estos asuntos tan terrenales. Afortunadamente, solo es un cuento, el infierno no va a asolar la tierra, están ocupados preparándonos la bienvenida… No está mal para un ateo, creo que se entiende.

sábado, 12 de diciembre de 2009

La Gravedad del Asunto.

–Espolvoreado como…
–¿De qué estás hablando?
–Decía que…
–Déjalo, estás borracho.
–Yo siempre estoy borracho.
–Hoy más.
–No lo creo.
–¡Mírate! No eres capaz de levantarte del suelo.
–¿Cuánto llevo aquí? Voy a coger frío en la tripa.
–Eso es compadre, arriba.
–El mundo se movía menos ahí abajo.
–Es posible, será por la gravedad.
–Odio la gravedad. Es injusto que tenga siempre razón. Debería ser ilegal.
–Es una constante, el mundo necesita esas cosas. Dan tranquilidad.
–Creo que voy a vomitar.
–Asómate a la ventana, no me apetece fregar.
–Creo que le he dado a alguien.
–Imposible, esa ventana da a unas obras, hace meses que lo paralizaron.
–Creo que es un cadáver.
–Dejamé… Sí, parece el vecino del sexto.
–¿Cómo puedes distinguirlo?
–Por la camisa rosa.
–Ah. No sabía que tuviera problemas.
–Habrá sido algo grave.
–La gravedad es horrible. Ya te he dicho que la odio.
–También es eficaz. Casi parece adecuado que haya caído en arena, es como una caída de dibujos animados.
–Una pena lo de la cabeza…
–Sí, debió golpearse con algo mientras caía.
–Lo ha dejado todo perdido.
–Eso es tu vómito. ¿Te encuentras mejor?
–Sí. Sobre lo que te contaba antes…
–Sigue sin interesarme.
–Cabrón insensible.

jueves, 10 de diciembre de 2009

El Mundo del Arte de la Guerra

En algún lugar, en una gran ciudad de piedras blancas y altas torres, se juntaron y cabalgaron hasta las montañas.
–Hay que entrar directos, yo iré delante y que Irwin me apoye –Dijo Grundar, el enano con el casco cerrado con cuernos.
–Yo protegeré a Cilanoa y a Belrim por si no podéis contenerlos –Añadió Ardom, un humano con una colosal espada azulada a su espalda.
–Vale, pero tened cuidado en el frente, no sé si podré ocuparme de vuestras heridas con suficiente rapidez –Les advirtió la sacerdotisa.
En la puerta del cubil de los ladrones, desmontaron y golpearon con fuerza, abriéndose paso como uno solo, luchando como una máquina bien engrasada. Los asaltantes que aterrorizaban la región, apenas se dieron cuenta del ataque hasta que el grupo se había adentrado en lo más profundo del antiguo complejo minero, donde los cabecillas estaban un poco más organizados.
–Hay trasgos junto al ogro, si podéis apartarlos mientras Grundar le provoca creo que podré deslizarme hasta su espalda y terminar rápido con esto.
El elfo de aspecto desgarbado buscó un lugar donde pasar desapercibido antes de echar abajo la puerta.
–¡A por ellos! ¡Vamos, vamos, vamos! –Gritó el guerrero enano.
Tras abrir la puerta, corrió directo hasta el ogro. Era uno de los jefes de los bandidos, su cabeza tenía precio. Belrim lanzó un hechizo de frío que ralentizó el avance de sus secuaces de piel verde, mientras Cilanoa se ocupaba de salvaguardar la integridad del enano, cuando vio algo por el rabillo del ojo.
–¡Cuidado, se acerca una patrulla por nuestra retaguardia!
–Yo me ocupo.
Descargando todo su peso en la espada, el paladín terminó con la vida de la bruja que acompañaba a la patrulla, a tiempo de bloquear los torpes ataques de uno de sus acompañantes. Belrim se ocupó de que no lo repitiera con una descarga de fuego mágico que brotó de sus manos. Mientras el bribón gritaba agonizando por el dolor de arder vivo, Ardom levantó su espada una vez más segando el aliento del tercer atacante, a tiempo para apagar el sufrimiento del otro pobre diablo. Lentamente, sin llamar la atención, ajeno al caos desatado por el combate, Irwin se había colocado en una posición ventajosa sobre la espalda del ogro, que descargaba sus violentos golpes en el escudo de Grundar. Saltó, con la mente clara, recordando cada diagrama anatómico aprendido en su dilatada existencia. Desenvainó una daga, no estaba muy claro de donde había aparecido, y en un segundo la clavó bajo la escapula del monstruoso guardián. El ogro se retorció y estiró su espalda gritando de dolor. La hoja no había llegado hasta el corazón a través de toda la grasa, pero el enano estaba preparado, y soltó un golpe certero a su cuádriceps, sin detener allí el filo, aprovechando la inercia para girar sobre sí mismo cuando el jefe de los bandidos se inclinaba hacia delante, y hundir su hacha en el cráneo de la criatura. El resto fue una masacre. Desmoralizados por el salvaje ataque sobre su superior, los trasgos intentaron escapar. Pero la llave del puesto de guardia reposaba bajo el corpachón del ogro, y la otra salida estaba guardada por los sádicos conjuros de aquel humano.
–No ha ido mal –Dijo el asesino de metro veinte limpiando la sangre de su hacha.
–Me cuesta un poco seguiros el ritmo –Contestó Cilanoa, avergonzada.
–Lo haces bien, no te preocupes.
–A mí me gustaría que me dejarais lanzar más conjuros. Creo que iríamos más rápido.
–Llamas mucho la atención, no queremos que te caigan todos encima –Respondió el paladín, aún con el recuerdo del hombre ardiendo vivo en su memoria–. Sigamos.
Desplazando el cuerpo del ogro, tomaron las llaves que daban acceso a los niveles inferiores del antiguo complejo minero. Cuando Grundar estaba abriendo la puerta, Ardom dijo:
–Vaya, ¿os importa si me llevo esta maza? Parece mágica.
–Cógela, no creo que nadie más vaya a pelear con algo tan grande –Aseguró el elfo mientras sonreía mirando al enano.
Al abrir las puertas una ola de calor les golpeó, liberada de su hermética presión.
–Es… Impresionante.
–Tranquila muchacha –Le dijo Belrim a la sacerdotisa, y después se acercó a su oído susurrando–, mejora cuanto más abajo llegas.
La chica se ruborizó, creyendo entender el chiste privado.
Ante ellos se presentaba una gigantesca caldera que ocupaba la mayor parte de la caverna, la cual descendía hasta una forja llena de trasgos.
–Con cuidado, ese de ahí es el maestro de armas de la cofradía. A los trasgos se les ocurren ideas extrañas, y muchas veces, esas ideas explotan, será mejor andarse con ojo. Manteneros ocultos, pisad donde yo pise, tal vez podamos cogerles por sorpresa.
El ladrón inició la marcha pausadamente, pegado a la pared, aprovechando la sombra de la plataforma que llegaba hasta el taller para esconder al grupo, y los golpes del martillo para disimular el sonido de las armaduras. A ratos les pedía parar y se adelantaba un poco. Cuando el grupo continuaba se encontraba con el cadáver degollado de uno de los trasgos. Así, tensos como las cuerdas de un violín por el miedo a ser descubiertos, llegaron hasta la puerta de la forja que conducía, esperaban, hasta las dependencias del líder de los forajidos.
La puerta estaba cerrada, y allí, demasiado expuestos, el elfo comenzó a jugar con su mecanismo, pero uno de los trasgos les interrumpió con un fuerte grito de alarma. El resto de los trabajadores se dieron la vuelta, incluido el maestro de armas, que les dirigió sobre el grupo. Desorganizados, envueltos en una batalla en un terreno incomodo, donde el tamaño de sus agresores era una fuerte ventaja, los aventureros no fueron capaces de repeler el ataque. El primero en caer fue el mago, que intentó descargar una intensa llamarada sobre un trasgo. La criatura lanzó un frasco lleno de aceite, polvora y clavos hacia ellos. Uno de estos, le seccionó la yugular al hechicero, que cayó desangrándose al suelo. Cilanoa lo habría ayudado, pero varias esquirlas de metal le habían alcanzado en la parte izquierda de su cuerpo, y mientras gritaba, el cuchillo de otro de los trasgos remató el trabajo. El ladrón, el paladín y el enano lucharon codo con codo, intentando cubrirse las espaldas en una vana retirada, que tan solo el elfo supo aprovechar. Cuando echó a correr, Ardom se dio media vuelta, sorprendido, y dos trasgos le agarraron, uno de una pierna, acuchillándole en el costado, en un hueco de la armadura, mientras el otro trepaba por su espalda y le desgarraba la cara buscando su cuello. Grundar, solo, cayó en una marea de navajas afiladas hasta la demencia, incapaz de contener a todos sus asaltantes. Buscando la salida desesperadamente, Irwin se topó con otra patrulla. Demasiado para él solo.

Muerto el elfo, muerto el enano. Muertos el paladín, la sacerdotisa y el mago, alguien dijo:
–¿Pero es que eres tonto? Teníamos que haber cogido la formación de combate, te dije que no se podía pasar sin la llave del maestro de armas.
–Bueno, no ha sido tan mal intento, lo que pasa que la sanadora se ha venido al combate y la hemos cagado.
–Ya os he dicho que soy nueva, es mi primer personaje.
–Ya le iras cogiendo el tranquillo.
–Sois una panda de mancos, yo dejo este grupo.
–Manco lo serás tú, que parece que solo sabes tirar bolas de fuego y no controlas nada el nivel de amenaza de los bichos.
Belrim dejó el grupo.
–Bueno, haya paz, ¿lo volvemos a intentar?
–No, yo voy a cenar, a lo mejor luego.
–Yo curro mañana, os añado como amigos y ya nos vemos por aquí.
–Ok. Cilanoa, entro con otro personaje y te ayudo un poco a subir.
En algún lugar, en una habitación iluminada por el resplandor cansado del ordenador, Carol conoció a Gustavo, y con el tiempo, dejaron de jugar.

martes, 1 de diciembre de 2009

La Calle del Pobre

Era un hombre pobre, que vivía en aquella pequeña calle peatonal. Al menos, eso era lo que creía Susana. Ella tenía veinticinco años y estudiaba algo así como empresariales, o derecho, o alguna filología, o una de esas otras carreras de bien. Tenía el pelo largo, liso, castaño y brillante, la cara sin un grano ni marca, y los pantalones, las botas, la chaqueta y el pañuelo, con nombres escritos de gente rara. También tenía una gorra blanca, de lana coqueta, que le daba un aire interesante, que seguramente no merecía. 
Susana pasaba todas las mañanas por aquella calle, camino de su facultad, apartando la mirada del pobre, que más que mendigar, pasaba el rato allí sentado, dedicándose a existir. Tenía la cabeza rapada, llena de cicatrices, ocultando los ojos del resto del mundo entre sus brazos, tan inactivo, como seguramente aburrido del mundo. Habría que dejar claro que, a Susana, la presencia de aquel tipo le desagradaba. Todo el día allí tirado, y nunca hacía nada. Se preguntaba, por qué nadie se lo llevaba ¿De qué tonterías se ocupaba la policía?
Pero no sabía de las palizas, del frío de cada noche, de los borrachos impertinentes y del “no hay más sitio en el albergue”.

La chica le juzgaba con dureza, aunque, era cierto que podría haber buscado un trabajo. Sin casa, sin coche ni formación, por trescientos euros o algo así, de diecisiete a ocho, sin contrato, y al mes.

Pero claro, pasaban los años, y es que es lo que hace el tiempo, y el pobre seguía allí plantado, y Susana seguía estudiando. 

Fue en uno de esos días cuando estalló la guerra. La gente se volvió loca, peleando entre hermanos y esas cosas que llenan portadas de diarios. Una batalla campal de proporciones épicas, filmada con helicópteros y que sacó al ejercito de los cuarteles. A Susana le pilló en aquella calle, y echó a correr en dirección al pobre, encontrando más tumultos en la otra entrada.
–¡Ayúdame! ¡Se van a matar!
–Bueno, era cuestión de tiempo –Respondió el pobre sin levantar la cabeza.
–¿Es que ahora tampoco vas a hacer nada?
–Me parece lo más consecuente, no quiero que me maten a mí también.
–No eres más que un cobarde.
–¿Qué piensas hacer tú?
–Yo voy a luchar –Dijo Susana, y una leve ráfaga de aire meció su precioso cabello. Fue una pena que el helicóptero no lo filmara.
El pobre continuaba impasible y tras dejar que el viento se llevará las palabras de Susana, preguntó:
–¿Por qué? ¿Por quién? –Aquello desorientó un poco a la doncella guerrera.
–Pues… Por mí. Por sobrevivir.
–Si quieres sobrevivir, será mejor que no te metas.
–¡Pero es que se van a matar!
–¿Y cómo quieres impedírselo?
–¿Es que tu nunca haces nada?
–Sobrevivo. Creo que mi método es mejor.
–Deberían matarte a ti. Ahí están matando a gente buena, y tú no haces nada. Nunca haces nada. Te pasas el día tirado contra esa pared, ¡seguro que hasta te meas encima!
–¿Prefieres matar inocentes o no salvarlos?
–Eres cómplice al no hacer nada.
–Creo que puedo vivir con ello.
–¡Pues yo no puedo! Voy a ayudarles.
La chica se dio media vuelta hacia la reyerta, dispuesta a correr y salvar el mundo, pero sintió un impacto en su pie que la frenó en seco, cayendo al suelo sobre los cuadrados adoquines. Notó que se le iba la visión, se tendió boca arriba y creyó flotar por un instante. Centró la vista y vio al pobre sosteniéndola, levantándola en brazos.
–¿Qué haces? –Murmuró con un hilillo tenue de voz.
–Salvo a una inocente.
–Sobreviviremos.
–Si no quedan inocentes, no nos servirá de nada.
–Tienes… unos ojos preciosos…
Y la chica se desvaneció. Y tenía razón. El pobre tenía unos ojos preciosos dentro de un rostro demacrado. Seguramente, si Susana los hubiera visto antes de ese momento, pensaría que eran robados.