jueves, 10 de diciembre de 2009

El Mundo del Arte de la Guerra

En algún lugar, en una gran ciudad de piedras blancas y altas torres, se juntaron y cabalgaron hasta las montañas.
–Hay que entrar directos, yo iré delante y que Irwin me apoye –Dijo Grundar, el enano con el casco cerrado con cuernos.
–Yo protegeré a Cilanoa y a Belrim por si no podéis contenerlos –Añadió Ardom, un humano con una colosal espada azulada a su espalda.
–Vale, pero tened cuidado en el frente, no sé si podré ocuparme de vuestras heridas con suficiente rapidez –Les advirtió la sacerdotisa.
En la puerta del cubil de los ladrones, desmontaron y golpearon con fuerza, abriéndose paso como uno solo, luchando como una máquina bien engrasada. Los asaltantes que aterrorizaban la región, apenas se dieron cuenta del ataque hasta que el grupo se había adentrado en lo más profundo del antiguo complejo minero, donde los cabecillas estaban un poco más organizados.
–Hay trasgos junto al ogro, si podéis apartarlos mientras Grundar le provoca creo que podré deslizarme hasta su espalda y terminar rápido con esto.
El elfo de aspecto desgarbado buscó un lugar donde pasar desapercibido antes de echar abajo la puerta.
–¡A por ellos! ¡Vamos, vamos, vamos! –Gritó el guerrero enano.
Tras abrir la puerta, corrió directo hasta el ogro. Era uno de los jefes de los bandidos, su cabeza tenía precio. Belrim lanzó un hechizo de frío que ralentizó el avance de sus secuaces de piel verde, mientras Cilanoa se ocupaba de salvaguardar la integridad del enano, cuando vio algo por el rabillo del ojo.
–¡Cuidado, se acerca una patrulla por nuestra retaguardia!
–Yo me ocupo.
Descargando todo su peso en la espada, el paladín terminó con la vida de la bruja que acompañaba a la patrulla, a tiempo de bloquear los torpes ataques de uno de sus acompañantes. Belrim se ocupó de que no lo repitiera con una descarga de fuego mágico que brotó de sus manos. Mientras el bribón gritaba agonizando por el dolor de arder vivo, Ardom levantó su espada una vez más segando el aliento del tercer atacante, a tiempo para apagar el sufrimiento del otro pobre diablo. Lentamente, sin llamar la atención, ajeno al caos desatado por el combate, Irwin se había colocado en una posición ventajosa sobre la espalda del ogro, que descargaba sus violentos golpes en el escudo de Grundar. Saltó, con la mente clara, recordando cada diagrama anatómico aprendido en su dilatada existencia. Desenvainó una daga, no estaba muy claro de donde había aparecido, y en un segundo la clavó bajo la escapula del monstruoso guardián. El ogro se retorció y estiró su espalda gritando de dolor. La hoja no había llegado hasta el corazón a través de toda la grasa, pero el enano estaba preparado, y soltó un golpe certero a su cuádriceps, sin detener allí el filo, aprovechando la inercia para girar sobre sí mismo cuando el jefe de los bandidos se inclinaba hacia delante, y hundir su hacha en el cráneo de la criatura. El resto fue una masacre. Desmoralizados por el salvaje ataque sobre su superior, los trasgos intentaron escapar. Pero la llave del puesto de guardia reposaba bajo el corpachón del ogro, y la otra salida estaba guardada por los sádicos conjuros de aquel humano.
–No ha ido mal –Dijo el asesino de metro veinte limpiando la sangre de su hacha.
–Me cuesta un poco seguiros el ritmo –Contestó Cilanoa, avergonzada.
–Lo haces bien, no te preocupes.
–A mí me gustaría que me dejarais lanzar más conjuros. Creo que iríamos más rápido.
–Llamas mucho la atención, no queremos que te caigan todos encima –Respondió el paladín, aún con el recuerdo del hombre ardiendo vivo en su memoria–. Sigamos.
Desplazando el cuerpo del ogro, tomaron las llaves que daban acceso a los niveles inferiores del antiguo complejo minero. Cuando Grundar estaba abriendo la puerta, Ardom dijo:
–Vaya, ¿os importa si me llevo esta maza? Parece mágica.
–Cógela, no creo que nadie más vaya a pelear con algo tan grande –Aseguró el elfo mientras sonreía mirando al enano.
Al abrir las puertas una ola de calor les golpeó, liberada de su hermética presión.
–Es… Impresionante.
–Tranquila muchacha –Le dijo Belrim a la sacerdotisa, y después se acercó a su oído susurrando–, mejora cuanto más abajo llegas.
La chica se ruborizó, creyendo entender el chiste privado.
Ante ellos se presentaba una gigantesca caldera que ocupaba la mayor parte de la caverna, la cual descendía hasta una forja llena de trasgos.
–Con cuidado, ese de ahí es el maestro de armas de la cofradía. A los trasgos se les ocurren ideas extrañas, y muchas veces, esas ideas explotan, será mejor andarse con ojo. Manteneros ocultos, pisad donde yo pise, tal vez podamos cogerles por sorpresa.
El ladrón inició la marcha pausadamente, pegado a la pared, aprovechando la sombra de la plataforma que llegaba hasta el taller para esconder al grupo, y los golpes del martillo para disimular el sonido de las armaduras. A ratos les pedía parar y se adelantaba un poco. Cuando el grupo continuaba se encontraba con el cadáver degollado de uno de los trasgos. Así, tensos como las cuerdas de un violín por el miedo a ser descubiertos, llegaron hasta la puerta de la forja que conducía, esperaban, hasta las dependencias del líder de los forajidos.
La puerta estaba cerrada, y allí, demasiado expuestos, el elfo comenzó a jugar con su mecanismo, pero uno de los trasgos les interrumpió con un fuerte grito de alarma. El resto de los trabajadores se dieron la vuelta, incluido el maestro de armas, que les dirigió sobre el grupo. Desorganizados, envueltos en una batalla en un terreno incomodo, donde el tamaño de sus agresores era una fuerte ventaja, los aventureros no fueron capaces de repeler el ataque. El primero en caer fue el mago, que intentó descargar una intensa llamarada sobre un trasgo. La criatura lanzó un frasco lleno de aceite, polvora y clavos hacia ellos. Uno de estos, le seccionó la yugular al hechicero, que cayó desangrándose al suelo. Cilanoa lo habría ayudado, pero varias esquirlas de metal le habían alcanzado en la parte izquierda de su cuerpo, y mientras gritaba, el cuchillo de otro de los trasgos remató el trabajo. El ladrón, el paladín y el enano lucharon codo con codo, intentando cubrirse las espaldas en una vana retirada, que tan solo el elfo supo aprovechar. Cuando echó a correr, Ardom se dio media vuelta, sorprendido, y dos trasgos le agarraron, uno de una pierna, acuchillándole en el costado, en un hueco de la armadura, mientras el otro trepaba por su espalda y le desgarraba la cara buscando su cuello. Grundar, solo, cayó en una marea de navajas afiladas hasta la demencia, incapaz de contener a todos sus asaltantes. Buscando la salida desesperadamente, Irwin se topó con otra patrulla. Demasiado para él solo.

Muerto el elfo, muerto el enano. Muertos el paladín, la sacerdotisa y el mago, alguien dijo:
–¿Pero es que eres tonto? Teníamos que haber cogido la formación de combate, te dije que no se podía pasar sin la llave del maestro de armas.
–Bueno, no ha sido tan mal intento, lo que pasa que la sanadora se ha venido al combate y la hemos cagado.
–Ya os he dicho que soy nueva, es mi primer personaje.
–Ya le iras cogiendo el tranquillo.
–Sois una panda de mancos, yo dejo este grupo.
–Manco lo serás tú, que parece que solo sabes tirar bolas de fuego y no controlas nada el nivel de amenaza de los bichos.
Belrim dejó el grupo.
–Bueno, haya paz, ¿lo volvemos a intentar?
–No, yo voy a cenar, a lo mejor luego.
–Yo curro mañana, os añado como amigos y ya nos vemos por aquí.
–Ok. Cilanoa, entro con otro personaje y te ayudo un poco a subir.
En algún lugar, en una habitación iluminada por el resplandor cansado del ordenador, Carol conoció a Gustavo, y con el tiempo, dejaron de jugar.

1 comentario:

  1. sip la verdad es k este no m gusta tanto xo no esta mal
    ;-)

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