lunes, 28 de diciembre de 2009

Humo, Balas y Sangre

Después del disparo, una vez abatido, sobre el barro, me encendí un pitillo. Tenía un agujero en el pecho, y veía correr a mis compañeros de un lado a otro, saltar, buscar cobertura y mantener un fuego de supresión sobre el enemigo, como en una película antigua reproducida a demasiada velocidad. El ruido de las granadas explotando, el intenso martilleo de los rifles, como las chicharras en primavera, todo me era ajeno mirando al cielo, echando un par de caladas más.
El mero hecho de mover el brazo me causaba un enorme dolor, así que adopté mi última postura, con la mano derecha sobre el corazón y la izquierda sujetando el cigarro a unos milímetros de mis labios. Lo cierto es que no se estaba tan mal. Si no te movías, si no lo pensabas, la vida se iba apagando como si no te dieras cuenta, como cuando te quedas dormido en el sofá viendo una mala película. En mi postal celeste apareció Luis Ballester “El Costras”, paramédico de mi unidad y pesado como él solo. Le eché el humo en la cara.
–¡Le han dado a Tomás! –Decir mi nombre era un buen y mal síntoma. Por una parte, no me había llamado “Minero”, mote que me había sido asignado por mi nariz y cierto chiste sobre herramientas que no viene al caso. Si hubiera utilizado el mote sería menos grave. Por otra parte, no me había llamado por el apellido ni por mi graduación, así que no le parecía necesario tenerme demasiado respeto, como en algo trascendental, como en el momento de mi muerte. Lo cierto es que no me importaba demasiado, así que le di otra calada al cigarro mientras el doctorzuelo me metía el dedo por el pecho. Toda la vida intentando que no me dieran por el culo, llegó El Costras, y me tocó el corazón en la primera cita.
Parecía que la escaramuza había terminado, mis compañeros estaban alrededor mirándome con cierta cara de pena mientras El Costras me diseccionaba. Los tíos somos siempre así, primero una caricia romántica para seguir con una lenta mutilación. Pensé que si hubiera tenido alguna hija, debería haberla mandado a un convento por su propio bien. Como se me estaba acabando el pitillo, Nino me puso otro encendido en los labios. Creo que fui capaz de sonreír. Era un buen tipo, un poco tonto, pero bonachón. Me hubiera gustado salir de aquella y tomarme unas cervezas con él, dejándole pagar, por supuesto. Mis reflexiones se vieron interrumpidas por algunas palabras sueltas de la conversación de mis celadores. Algo sobre que yo no sufriera, más sobre la falta de tiempo y otros argumentos y gritos que no era capaz de distinguir. Me daba igual, pero el Costras, que estaba bañado en mi sangre, despotricaba alzando los brazos. Parecía mi asesino, y si todos merecemos una plañidera, Nino cumplía su tarea. Como lamento lo de las cervezas.
Al rato me dejaron solo, por fin, con mi maravillosa vista de un cielo consumido por el humo. Un horizonte sin tierra, manchado por la torpeza de un aprendiz al que se le cae la tinta sobre el lienzo. Y así ocurrió, así es como vi al mundo oscurecerse, mientras todo se desvanecía y yo exhalaba la última calada de un cigarrillo.

2 comentarios:

  1. Cabrón, si no fueras un jodido inconstante, vivirias de esto, o bueno...quizás tus hijos bastardos lo hagan, jejejeje...abrazooooo

    Norman Bitch

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  2. "Toda la vida intentando que no me dieran por el culo, llegó El Costras, y me tocó el corazón en la primera cita."
    jejeje...¡buena!

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