miércoles, 16 de diciembre de 2009

La Fabula del Apocalipsis

Debían ser las cinco y cuarto, no es que fuera ninguna fecha cabalística, pero con esto del cambio de hora no hay cristo que se aclare. La cosa es que se abrió una grieta en el suelo, brotaron llamas y todo empezó a apestar de azufre. Para quien no haya tenido una formación básica en química, diré que olía a mierda.
Un tipo rojo enorme, y no me refiero a Papá Noel, trepó desde las profundidades y se dirigió al mundo con una voz cavernosa.
–La hora del juicio ha llegado mortales. El tiempo ha terminado y es hora de pagar por vuestros pecados –Dicho esto, en el mundo olió más a mierda.
Hubo bastante pánico, ya sabéis como son estas cosas, el mundo no se acaba todos los días, a menos que seas futurólogo o pertenezcas a una secta (una de esas que adoran a naves espaciales y toman chupitos de cianuro una vez al mes). Pero no nos desviemos. El caso es que la civilización se fue al garete. Para qué vas a ir al trabajo, pagar la cuenta del teléfono o molestarte en ir a ninguna parte cuando el Príncipe de las Tinieblas, el Gran Mentiroso, el Corruptor de Toda Virtud, irrumpe en el mundo dejando bastante claras sus intenciones al empezar a empalar pecadores.
Sin embargo, pasados los primeros días la cosa se tranquilizó bastante. Al fin y al cabo, el ser humano es adaptable, y un pequeño régimen de terror mundial no era del todo preocupante. La idea es que si te sentías bien contigo mismo daba igual lo que te hicieran los cabroncetes del tridente. Los empalados, quemados y torturados no lo tenían tan claro.
Se decidió enviar una comitiva diplomática para resolver la crisis, a la cual se recibió con una preciosa paliza seguida de una sesión de despellejamiento. Pero bien es sabido que el hombre no puede aceptar la pérdida de control sin más, así que se organizaron protestas y caceroladas a lo largo y ancho del planeta. Las manifestaciones brotaban de una población asustada, que era barrida sin mayores problemas por el ejército infernal. Mientras tanto, los justos, observaban desde el cielo el panorama, y después de jugárselo a cara o cruz, al segundo le toco hablar con Dios para pedir clemencia por el mundo. Desgraciadamente para la raza humana, el todopoderoso creó al hombre a su imagen y semejanza, y como estaba harto de que no se le tuviera en cuenta y la paciencia siempre tiene un límite, pasó bastante del tema y se dedicó a combatir la resaca que arrastraba del día anterior con una botellita de pipermín.
El Señor recordaba vagamente la noche anterior y algo sobre “pues desata el jodido apocalipsis o cállate la boca”. A lo que más tarde añadió un dubitativo “por cierto, ¿Este mando está roto?”. Volviendo con la humanidad, la cosa estaba chunga, realmente jodida, vamos. Así que se envió a los mejores soldados que pudo encontrarse a combatir el mal. No tuvieron mucha suerte, y la verdad es que no me apetece describir lo que ocurrió porque acabo de comer unos macarrones con tomate y jamón. Quedaros con la imagen de los macarrones… Sí, algo parecido.
Me gustaría decir que al final, llegó una inocente niñita de ojos claros y suplico al Señor para que la humanidad fuera salvada, pero esa niña murió en un atentado de no sé qué vertiente estrafalaria de una religión mayoritaria. Este dato nunca le fue revelado a la ahora extinta raza humana, pero no carece de ironía.
Y este es el cuento. Lo cierto es que no se me ocurre otra manera de explicaros que manifestaros contra algo es inútil sin actos. Que al cambio climático le importa bastante poco el ruido que hagáis, que las empresas no van a parar su producción, y que Dios, para variar, prefiere no mojarse en estos asuntos tan terrenales. Afortunadamente, solo es un cuento, el infierno no va a asolar la tierra, están ocupados preparándonos la bienvenida… No está mal para un ateo, creo que se entiende.

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