martes, 29 de diciembre de 2009

Lluvia

El poema empezó a nacer mientras miraba por la ventana. La lluvia tiene ese efecto, ves caer las gotas resbalando por el borde de las tejas, como un arpegio delicado, y de fondo, las ráfagas de viento que arrastran el agua, cambiando su dirección, creando una cortina melancólica. Escribí un par de versos en la libreta, absorto por aquella belleza tan triste, me calcé el sombrero, la gabardina y una bufanda raída. Con esto, salí a disfrutar del vendaval. Un cuaderno y un bolígrafo a veces es el mejor equipaje.
Desde el puente, con los dedos congelados, escribí un par de pensamientos encriptados en metáforas, viendo pasar los coches, despacito, por debajo. La lluvia lo ralentiza todo, lo hace azul y pausado. Sintiendo que no podía obtener más de aquel momento, seguí caminando pisando los charcos sin un rumbo premeditado. Una abuela cruzando la calle llevando a la carrera a su sobrino, el del uniforme de colegio privado, se preocupa de esquivar cada minúscula masa de agua en los adoquines, sin tener en cuenta que el paraguas no ayudaba nada al crio. El chaval me miró, con el agua trazando sus futuras arrugas, mientras la vieja trazaba su psicótica ruta. Me miró de arriba abajo, vio que no llevaba paraguas, que disfrutaba bastante de la lluvia, que no me preocupaba demasiado mojarme los pies, y sonrió. No pude evitar un gesto de complicidad, los dos sabíamos que su abuela estaba haciendo el tonto, que es mejor no luchar contra la lluvia y disfrutarla. Bajo un balcón apunté un par de líneas aderezadas con frases de situación.
Diez calles más abajo, topándome con la gran avenida, me fijé en los camiones pasando a toda velocidad por la carretera. A ellos tampoco les importaba pisar los charcos, cada rueda un Moisés de goma separando el mar rojo por un tiempo equivalente a su tamaño. El mar de la cuneta tomando la acera. A la derecha de la escena observé la vegetación en plena lucha contra el hormigón. Una batalla que durará décadas en ese solar abandonado, donde las malas hierbas intentan sobrevivir en una tierra mala. Seguro que la lluvia estaba de su parte.
Bajé hasta el otro barrio y me metí en un bar de esos que tienen grasa y trofeos de mus, donde todas las mesas están cojas, y tomándome un café calentito, taché todos mis versos, y disfruté del espectáculo por la ventana tras escuchar un trueno, que marcaba el inicio del segundo acto.

3 comentarios:

  1. ¡Muy bien Oscar!
    También siento debilidad por la lluvia e hice alguna referencia a ella en mi blog. Me gustaría que leyeses la entrada también titulada "lluvia", a ver que te parece.

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  2. me ha gustado muxo , ma yegado en un buen momento este texto.
    gracias x dejarme ver k no soy la ultima k se pierde en la melancolia y l añoranza de las cosas k aun no han pasado cuando el cielo decide llorar todas sus penas sobre mis hombros.
    por el momento es el k mas m ha gustado
    un besote nene

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