jueves, 31 de diciembre de 2009

Sudor Frío

Todo empezó hacia la mitad. Desperté en un prado gris y marchito, donde la hierba había olvidado la esperanza y el cielo luchaba por no echarse a llorar. Estaba perdido, sin saber donde marchar ni a quien buscar.
Tras deambular por ese infinito campo de gris uniforme encontré su cadáver, aún sonriente. Me preguntó por qué la había dejado morir, y el cielo no pudo soportarlo más.
– Nunca quise perderte –Respondí con la voz quebrada –, nunca pensé que pudiera perderte.
– Pero aquí estamos, yo muerta y tu perdido.
Noté como la sombra avanzaba.
– Soy mayor –Traté de argumentar –, he aprendido que no puedo vivir para siempre contigo.
– Entonces ¿Por qué has venido? ¿Quieres enterrarme ya?
– No puedo hacer otra cosa, todo lo que te dio vida lo he corrompido y devaluado y ya no es más que un leve sueño.
– Y aquí, en este sueño, me has encontrado para olvidarme por fin.
No supe que responder.
– Todo lo que eres, todo aquello por lo que aún te mantienes en pie me lo debes a mí. No vienes a darme sepulcro, has venido a buscarme.
La sombra se posó sobre mi hombro con una garra gélida de cruel entendimiento. Su voz era lúgubre y calmada.
– ¿Por qué huyes de mi? –susurro sin hablar –. Me has creado y yo te he dado tanto. Te he enseñado nuevos caminos, juntos hemos levantado muros que nadie puede romper.
Miré al horizonte y vi que era cierto. Allí se alzaban monumentos a mi apatía y desconfianza, altas torres unidas por negras murallas, mezcla de carne y metal, viscerales y frías. Conocía sus nombres. Desde la fortaleza de “No volverás a engañarme” al baluarte de “No puedo perdonarte” me saludaban mis tropas, cientos de pequeños diablillos y demonios a los que había alimentado para guardar mis fronteras.
– La tierra muere por tus defensas – Dijo el cadáver.
– Y sobre ella crecerá otra tierra fuerte, una a la que podrán lloverle piedras pero nunca sufrirá –Dijo la sombra.
– Debes elegir –Dijo alguien, creo que fui yo.
Cerré los ojos y estuve a punto de escapar de aquello y despertar. Me forcé a luchar contra la realidad como tantas veces la responsabilidad me hizo luchar contra el sueño. Se lo debía.
– No quiero ser frío.
Una parte de las murallas se fundió como cera de una vela desbordada.
– No quiero que no me afecte lo importante.
Algunas torres desaparecieron, otras explotaron esparciendo sus pedazos por mi subconsciente.
– No quiero ver la meta al final del camino y perderme el paisaje.
– ¿Qué es lo que buscas entonces maldito imbecil? –Preguntó la sombra con su inalterable tranquilidad.
– Solo quiero coger mi cadáver y que me enseñe a sanar sus heridas.
– No puedes resucitar lo que ya ha muerto – Expuso por última vez la sombra.
– No la había olvidado, si no, no seguiría aquí. La hierba no ha desaparecido, y el cielo aún es capaz de llorar. No, y a ti amiga mía tampoco te olvidaré, pues me has dado lecciones que no debo olvidar ni repetir.
– Yo no se como puedes curarme – Dijo mi niñez con aire apesadumbrado.
– Entonces tendremos que volver a crearte, tengo muchos recuerdos, tan solo necesito que me cuentes que sentí.
Vi una brizna de hierba de un tono verde, tan vivo como la esperanza, junto al cadáver de mi infancia, y al acariciarlo el árbol volvió a crecer. Donde antes hubo murallas deje crecer colinas y valles. Y junto al arrollo que da de beber al lago pude ver de nuevo mi torre. Alta y ajada, hermosa y llena de grietas. Aún faltaba mucho para reconstruirla, y debía convencer a muchos demonios de ser viento de nuevo, pero por fin, agotado, me sentí en casa, y trepé junto a Niñez e Ilusión, tan solo un segundo, pues Sueño ya me había dado cuanto necesitaba de ese lugar, donde solo podré volver para reconstruir mi morada y recordar historias con mis viejos amigos.
Desperté empapado en sudor frío con la certeza del mundo material. Me levanté de la cama y busqué una estrella más allá de las luces de la ciudad. Le pedí que no me dejara olvidar, y entonces regresé a mi cama.

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