domingo, 26 de diciembre de 2010

Una Cena

Antes de empezar a escribir me tenso las manos buscando el crujido. Si cruje es una confirmación de que lo usas. Me gusta confirmarme. De pequeño me confirmé demasiado poco, y nunca pasé del notable ni del suspenso. Nunca fui demasiado deficiente, ni demasiado sobresaliente. Era cuestión de altura.

El caso es que yendo por donde iba, empezamos la noche los cuatro alabando a un monstruo azul que arreglaba el mundo con risas. Seguramente solo el suyo, que era el que tenía más cerca, pero no está mal arreglar una esfera entera, que no un círculo.

Continuando con el círculo lo expandimos hasta un nueve de dibujos animados en tres dimensiones y (seguramente) con dolby surround. Si no fuera por los últimos diez, o doce, o… bueno, el final, sería una gran película. Nos cuadramos algo. Dejamos crecer los edificios de cristal, los que parecen tan grandes cuando llegas a la gran ciudad cargadito de grandes gilipolleces sobre tu porvenir… Así.

Prosiguiendo con la velada, y con mi relato para aprovechar, pusimos una de mis películas favoritas conectada a la grandísima pantalla, aliñados con humo, vino y bebidas de carácter extraordinario, que debería significar lo que dice: más que ordinario; y retratar la autosuficiencia de la mediocridad feliz. Nos reímos de nuestros dibujos, contamos viejas historias. Apenas prestamos atención a la historia, salvo él y yo, que lo entendimos todo.
A la vuelta vinimos escuchando a zz top, tan viejos como los recordábamos. Lo cierto es que lo pasamos muy bien esa noche. Tan bien como mañana.

martes, 28 de septiembre de 2010

Hugo y Javi

–¿Qué tal fue la entrevista?
–Tengo ganas de disparar a alguien.
–Métete al ejército.
–No he dicho que quiera matar a nadie, solo dispararle. Un poco de angustia emocional, quizá un boquete en una rodilla.
–Podrías matarlo con una herida así. Hay gente en Estados Unidos que ha muerto por dispararse en un pie.
–Eso está muy lejos.
–Un pie sigue siendo un pie, aquí y en cualquier parte.
–No, para ellos también es un sistema de medida. Podría dispararle a un sistema de medida, dispararle en serio ¿sabes? con ganas de matarle.
–Me gustaría dispararle al Coeficiente Intelectual.
–Creo que se dice “cociente”.
–A ese también.
–No serviría de mucho, conseguirían otra unidad de medida.
–Ya, pero estoy harto de escuchar que Einstein solo tenía 160 y descubrió la teoría de la relatividad.
–Las teorías no se descubren, se desarrollan. ¿Cuándo le hicieron un test de inteligencia a Einstein?
–Ni idea, el tío curraba en una oficina de patentes… El caso es que no creo que esté bien que nos comparen con gente muerta, al fin y al cabo, ellos ya no están en la partida, ¿no? Es como si al final de una partida de cartas hicieras una jugada muy tonta pero ganaras y alguien dijera “Al que echaron en la segunda ronda era mejor”. No tiene sentido.
–Bueno, entonces ¿Por qué los pintores muertos se venden más caros que los vivos?
–Ya, los futuristas lo tenían claro.
–¿Quiénes?
–Una corriente artística, míralo en wikipedia y deja de tocarme los huevos... La entrevista fue mal.

lunes, 20 de septiembre de 2010

La Hacía Bailar

Todos estábamos cansados de trabajar durante las fiestas, de poder tomarnos solo un par de cervezas y pinchos, y de hacer malabares con nuestra vida social y ocupaciones reales. Los dulzaineros hacían amagos por arrancar y a mí me cubría parte de la túnica de la princesa india. Esa era mi gigante, medía unos cuatro metros y pesaba demasiado, pero habíamos aprendido a trabajar juntos, ella hierática y sonriente al público, y yo moviéndola con las piernas bajo su vestido. Cuando había suficientes niños fuera para mirarnos, salimos por orden; reyes cristianos y califas moros, jefes indios y emperadores chinos.

Yo iba dando saltos para no hacerme daño en la espalda, y de vez en cuando giraba rápidamente para que se movieran sus coletas. Para los niños lo mejor era cuando nos acercábamos y parábamos justo antes de arrollarles, moviéndola con las piernas adelante y atrás, controlando la distancia. A veces se les caía el gigante a alguno de los otros, pero afortunadamente aún no habíamos matado a nadie.

Bajamos por el lateral del ayuntamiento, por la oficina central de correos para bailar en un parque cercano. El suelo de arena se desmontaba bajo nuestros bailes y, como en una estampida, manchaba la escena con una gran polvareda, pero la gente se acercaba tanto que fuimos parando para no estorbarnos. Mi compañero, el que llevaba tanto tiempo como yo con la india, me ayudó a levantarle la falda para enseñárselo a los niños y saciar su curiosidad. Pasaban dentro, miraban hacia arriba y ponían cara de asombro. El primer día de fiestas uno me dijo que había telarañas arriba, yo sonreí ,y le contesté que era porque hacía tiempo que no la sacábamos a bailar.

Apartamos a la gente para el último baile y fuimos saliendo para regresar al ayuntamiento y dejarlo hasta el día siguiente, y en la calle de correos me encontré al frente de la comitiva de gigantes. Un par de parejas con niños estaban delante de mí, así que me acerque y reí dentro de mi chica. Giraron y tan asustados como divertidos, echaron a correr. Yo giré para no apartarme mucho del grupo, y viendo que estaban cerca, eche a correr dejando caer el peso de mi india al frente para movernos más rápido. Botaba acelerando el paso y escuchaba los gritos de padres y niños jugando a tener miedo. Disimulando sus risas como malos actores.

Aquella tarde terminé agotado, sudando de tal manera que las gotas resbalaban por mi nariz. La india sonreía, quieta como siempre, paciente para volver a bailar cuando estuviera descansado.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Estático

Se levantaba siempre tarde para coger el autobús de las 8, el de las 10 y, normalmente, el de las 12. Miraba al techo, pensaba en una canción con la letra casi olvidada y se levantaba canturreando hasta la cocina, con los ojos hinchados, dando tumbos contra la realidad y su manía de ser sólida. Desayunaba bordes de pizza y leche con azúcar, y un cigarro mientras buscaba dibujos animados en la televisión.

Solía comer sobre las cuatro de la tarde, después de mirar otra vez las ofertas de trabajo repetidas. Teleoperador, telemarketing, comercial de ventas online. Enviaba algún curriculum, pero ya había hecho el periodo de prueba en todos sin conseguir los objetivos. Se encendía otro cigarro viendo una película en internet, el cine es demasiado caro. Se quedaba dormido casi todas las tardes.

Despertaba tarde, sudando y lúcido, cuando ya no hay coches en las calles. Miraba por la ventana, disfrutaba del silencio y cogía la libreta, sentado en la cornisa como un suicida, seguro de que nadie le prestaba atención. Escribía un rato, buscaba su musa y la encontraba bañada en aceite usado y en barro. Ataba cada mota de inspiración con el hilo de la tinta, cosiéndolo al papel de bordes rotos. Contaba historias de las ventanas que dormían frente a su casa, de los sueños de algún caminante ocasional sin rostro, de si mismo volando hasta Nunca Jamás, o hasta Barcelona o Sevilla, o tal vez Madrid. Incluso desde.

Tarde, tan tarde que era pronto, echaba un ojo a los nuevos trabajos que el mundo ofrecía. Teleoperador, telemarketing, comercial de ventas online. Y, tras otro cigarro y algo de pizza recalentada, volvía a dormir. Para perder el autobús y no marcharse a ninguna parte.

jueves, 19 de agosto de 2010

Un Autobús y un Crio

Hace doce o trece años estábamos jugando en las parcelas de los ricos. Era un deporte extraño, parecido al futbol pero con columnas y sin líneas de fuera. También se parecía un poco al hockey. El balón reglamentario era una pelota de cualquier tamaño, salvo de baloncesto, que por alguna razón, no se les puede dar patadas. El caso es que se averió el autobús en su última parada, donde el conductor bajaba siempre a tomarse un café entre vuelta y vuelta a la ciudad, y El Sucio tuvo uno de sus momentos.

El Sucio era un punki de familia merchera, lo que no le dejaba clara su posición social en la vida. Normalmente venía con nosotros, aunque nos sacaba unos cuantos años, pero a veces se le iba la cabeza y se metía en problemas. En realidad no le llamábamos “El Sucio”, pero prefiero no revelar ni su nombre ni su apodo, que con el tiempo se ha convertido en su nombre. Ahora está casi reformado después de cumplir su condena por entrar a robar en un piso. Esa historia también es graciosa, porque había una fiesta en el piso, pero no me la sé bien.

Como iba contando, El Sucio miró el autobús como si lo viera por primera vez, nos dijo que no estaba cascado y todos nos quedamos mirando. No sé bien como ocurrió, pero al poco estaba allí, junto al autobús. Yo ni me di cuenta de cuando se había marchado, pero con una agilidad ilegal para una apariencia tan demacrada, entró por la ventanilla del conductor y arrancó el autobús.

Ninguno fuimos capaces de decir nada, solo quedarnos mirando cómo se marchaba dando tumbos con el autobús, y el conductor corriendo detrás, demasiado tarde para hacer nada.
–¡Joder! ¿Sabéis quién era?
–Ni puta idea –Dijo alguien.
El hombre siguió corriendo, nosotros nos miramos, nos reímos y fuimos a toda prisa callejeando hacia la ronda, por donde suponíamos que saldría del barrio. Acertamos, y corrimos detrás de él, pero pasó de largo. Seguramente no sabía cómo abrir la puerta de pasajeros.

Unos dos kilómetros más tarde, con la lengua afuera, vimos una columna de humo en el pinar, carretera abajo. Nos apresuramos, pero cuando llegamos el autobús era solo un amasijo negro regado, como un bolígrafo quemado. A mí me recordó a la ceniza de los cigarros de mi padre, cuando reposaban en el cenicero durante días antes de limpiarlo. Tenía el mismo aspecto quebradizo. El Sucio se ocultó durante unas horas hasta que le encontraron los de verde. Era un animal urbano y esconderse entre la maleza no se le daba muy bien. Por lo visto contó una bola sobre que llevaba allí unos días, fugado de casa, y nadie hizo más preguntas.

Nunca supe cómo ni por qué lo había hecho. A lo mejor era solo rabia. La que sentíamos todos al ver a los de las parcelas de en frente con coches, con trabajos de esos que necesitan maletines negros. Puede que hiciera falta prenderle fuego a algo, aunque un autobús no sea el objetivo más adecuado. Puede que todavía haga falta. Puede que necesitemos ser capaces de sentir rabia.

lunes, 2 de agosto de 2010

Rojo y Negro Sobre Gris

Estábamos escupiendo a los coches desde el puente viejo. A mí me habían tocado los rojos, y a Lidia los negros. La gracia del juego era que iban en la misma dirección a la que mirábamos, así que era difícil anticiparse, y solo podías tener el escupitajo preparado y fiarte de tus reflejos.
–Ese era más bien azul.
–Ahora es más verde –Sacar un poco de moco añadía peso y velocidad al esputo.
–¿Donde crees que va toda esa gente?
–No lo sé, supongo que trabajan, vivirán en las afueras.
–Mi padre, cuando trabajaba, iba en autobús hasta la fábrica.
–Ya –Me respondió Lidia. Su madre tampoco tenía coche.
Después de un momento y varias víctimas se giró ladeando la cabeza, con aquel corte de pelo desigual, con una idea nueva en la cabeza.
–¿Por qué solo va una persona en cada coche?
–Van a sitios diferentes, supongo.
–Yo creo que se tienen miedo. No quieren aguantarse más tiempo del necesario.
–¡Qué tontería! Tú y yo vamos a la misma clase y siempre volvemos juntos a casa.
–Pero es que tú y yo no trabajamos, somos niños. Trabajar es peor que ir al colegio.
–No hay nada peor que ir al colegio –Sentencié convencido–. Serán unos asquerosos y no querrán dejarse los coches unos a otros. Como Antonio, que no deja nunca nada de lo que tiene. Lo trae al colegio solo para fardar.
–A mí me cae bien.
–Es un pijo. Mi padre dice que solo viene aquí porque es más fácil sacar buenas notas en nuestro colegio, y que por su culpa nos ponen peores notas a los demás.
–Pero él no eligió venir a nuestra clase, fueron sus padres.
–Su madre tiene un coche rojo… Siempre le viene a buscar a la salida, con unas gafas de sol negras, como las famosas. Seguro que vive al lado de Ana Rosa.
Le di en la luna trasera a un flamante cupé, y rápidamente pude acertarle al camión de Transeurope Inc.
–No deberíamos darle a los camiones.
–¿Por qué? –Pregunté irritado por el recorte de objetivos.
–Solo hacen su trabajo. No creo que el camión sea suyo.
–Tampoco les harán limpiarlo a ellos.
–No, lo limpiaran otras personas que van en autobús. Su jefe seguro que tiene quinientos camiones. A lo mejor le echan la bronca por no esquivarlo. Mi madre dice que cada vez hay que estar más “cuantificado” para trabajar.
–A mi padre le despidieron porque no había trabajo para todos. Es como si no tuvieran suficientes pupitres.
–¿Y como eligen quien se queda?
–No lo sé. No me gustaría decidir con qué mitad de la clase quedarme, aunque a Antonio y Javito les echaría los primeros. No me gustan nada.
–Echaran a los que tienen peores notas. Antonio se quedaría.
–¡Pero yo tengo malas notas porque me tienen manía! Los padres de Antonio son profesores y le ayudan con los deberes, eso es trampa.
–Yo también tengo buenas notas y no me ayuda nadie.
–Pero eso es distinto. Las chicas sois más listas. Se os dan mejor los deberes.
–No creo que sea más lista que tú –Se me quedó grabado–. Si no te metieras en tantas peleas sacarías mejores notas que Antonio.
Me quedé un rato escupiendo sin mucho tino, pensando en todo aquello, pero no pelearme podía acarrear muchos problemas. Para empezar, más peleas de las necesarias. Lidia no podía entenderlo, para las chicas era distinto. Ellas se peleaban un par de veces al año, y entonces venían sus hermanos mayores, sus padres, sus primos, y se peleaban el resto del año por ellas. Nosotros nos peleábamos a diario. Recuerdo que solía pelear una vez cada semana, más o menos, era mejor que dejar que te pegaran. Si peleabas a menudo, sin ser muy cruel, tenías una existencia relativamente tranquila. Eliminaba la posibilidad de que nadie la tomara contigo. Por otra parte, los profesores preferían a los niños que se comportaban como niñas.
–¿Has hecho la redacción para mañana? –Lidia me sacó de mi ensimismamiento.
–No, luego lo escribiré.
–Tienes que hacer un folio por las dos caras como mínimo, sobre que profesión quieres tener.
–No sé que quiero ser, tengo ocho años.
–Yo voy a ser médica, o trabajar en un laboratorio, haciendo medicinas. Me voy a casar con un chico guapo y muy bueno, que sea médico o algo así, y tendré una casa de dos plantas, y un coche para ir cuando quiera a los sitios.
–¿Quieres marcharte de aquí?
–Claro, mi madre siempre dice que este es un barrio de mierda.
Miré a la derecha las parcelas de protección oficial, iguales, una tras otra, grises.
–Yo quiero quedarme aquí. No está tan mal.
–Está lleno de basura, el otro día vi una rata gorda cerca de tu calle.
–Se las comen los gatos, es un ecosistema, Y tú también eres parte de todo esto –Le espeté dolido por su abandono–. No creo que escriba esa estúpida redacción.
–¿De verdad nunca has pensado que quieres ser de mayor?
–Sí, bueno –Por qué no dije que quería ser médico es aún hoy un misterio–, mi padre dice siempre que sea jefe, que cobraré mucho y trabajaré poco, pero no sé qué hacer para ser jefe.
–Pues mandar, será como elegir equipo para jugar al futbol.
–No me gusta jugar al futbol, prefiero escupir a los coches.
–Así nunca serás jefe. Necesitas un plan.
–No he dicho que quiera ser jefe, eso me lo dice mi padre. Yo quiero… No sé, algo que sea seguro, como una fábrica grande o algo así, de donde no tengan que echar a la gente.
–Se te da bien dibujar, la profe siempre llama a tus padres por tus dibujos.
–No le gustan nada, les preguntó si veía mucho el telediario. Creo que escribiré lo que pienso, que solo tengo ocho años y que no quiero saber lo que seré mañana. Que a lo mejor no quiero saberlo.
–Tú siempre me ayudas, deberías dedicarte a eso, a ayudar a las personas.
–¿Para qué? Siempre van a estar igual. La gente no quiere ayuda, quieren ser todos jefes, y que no les moleste el casero con el alquiler, y no pelearse, ni ir al Carrefour andando.
Reflexionamos un rato sobre aquello, escupiendo un poco más.
–¿Nos vamos? –Pregunté, tal vez incómodo.

viernes, 16 de julio de 2010

La Línea del Horizonte

Solía pasar los ratos en la línea del horizonte, junto a las vías del tren. A veces me despertaba el ruido de los elefantes, como una trompeta tocando diana a las tres de la madrugada.

A los trenes me había acostumbrado, pero siempre me han gustado los circos, salvo por el payaso listo. Supongo que me produce cierta animadversión que se crea más listo que el domador de fieras, el lanzador de cuchillos o el ilusionista. Sobre todo me molesta que vaya con los borrachos siendo la voz de la conciencia, el pepito grillo que no aguanta las bromas de sus amigos borrachos que le vomitamos en sus relucientes zapatos. O no sé, tal vez sea la borla en el gorro, o el maquillaje, o que no haga trucos con globos. Por otra parte, los elefantes me gustan. Sé que es una crueldad llevarles de un lado a otro hacinados, después de todo, mis padres me dieron una solida educación y he visto Dumbo varias veces. Puede que hasta la segunda parte, donde Dumbo intenta ver a su familia, y ese tío tan cascarrabias del pelo blanco le recoge haciendo autostop, y destrozan el coche, y al final resulta que no tenía familia, pero el tipo de Sgt. Dilco le lleva a cenar con él y todos son felices. Pero los elefantes me gustan, supongo que porque ninguno ha intentado aplastarme jamás. A lo mejor es porque no pueden saltar, y eso te tranquiliza cuando ves a un bicho de seis toneladas con colmillos de dos metros y medio. O, simplemente, es porque vi Dumbo de pequeño.

Desde la línea del horizonte, me levantaba de la barra del bar y observaba pasar aquel interminable gusano poblado de fieras. Nunca veras ojos más tristes que los de un animal enjaulado. Tienen esa mirada del vencido, esa que te atrapa en su melancolía y te dice, claramente, “no vamos a salir de esta”.
Dicen que los elefantes lo recuerdan todo. Dumbo tuvo la suerte de nacer en el circo y comer cacahuetes toda su vida, aquellos elefantes recordaban llanuras más extensas, un sol más grande. Yo me asomaba por el borde del planeta, y siguiendo sus indicaciones puse un pie delante del otro, para ensanchar el mundo, para llevar un poco más lejos la línea del horizonte, hasta que no tuviera que ir al circo para admirar la nobleza de su derrota.

domingo, 11 de julio de 2010

He Vuelto Feliz.

Borracho. Escribo bien cuando estoy borracho.

Me encontré con una piedra preciosa. Bueno... no era una piedra porque las piedras no cuentan historias, y ella las supuraba por cada arista de su perfecta personalidad, tallada sobre algo chulo como una esmeralda, un rubí o una de esas cosas que valen dinero y llenan los ojos de los avaros. Sea como sea, el mundo es un tanto más feliz ahora. Las torres que antes se me antojaban como puestos de vigilancia de mi campo de concentración particular, de mi Auschwitz, son ahora faros de cultura y progreso de un mundo casi feliz. Yo me he convertido en algo pueril para la revolución filosófica de mi mentor, y de los ojos verdes, pero grande para mi objetivo de reformarme, un arquetipo de lo que quería, desde luego, al fin y al cabo. Una persona de la que me siento un tanto orgulloso. Un borracho, sin duda, pero uno de esos que te levanta cuando tus colegas te abandonan en lo más recóndito del parque, dejando que se pase la borrachera. Un ser ajeno a aquellos records de desabrochar sujetadores, de buscar mierdas vacías, de jugar con la facilidad de lo espontaneo. Lo he conseguido, y tal vez ahora ya no tenga sentido que os cuente más historias sobre cómo he sido, y las siguientes no sean tan interesantes, aunque espero que lo sean tras este parón.

Lo siento mucho escasos lectores, pero soy feliz. Hay mil sinónimos, como contento, como eufórico, pero palabras erroneas para lo que quiero contar.

A las siete y diecisiete, soy tremendamente feliz.

martes, 15 de junio de 2010

Amanece

Respira e inspira, se alimenta del aire y no susurra ninguna palabra para contar las tonterías que hacen importante la vida. Observa el horizonte, deja bailar las nubes a cámara lenta, como si todo el mundo le prestara atención al cielo.
Desde los tejados amanece sobre el mundo, cansado y feliz, dueño de la futilidad de sus aciertos, de los momentos de paz que degüellan los problemas para dejarlos mudos. Se arremolina sujetándose las rodillas, balanceando los remanentes pozos que la noche vana y sus aventuras han legado. Se dibuja vigilante de una ciudad que despierta ajena a cuanto ha disfrutado y vivido, y todo junto, a construido a base de casualidades oportunas. Toma un cuaderno y escribe una canción de la que no recuerda melodía, que terminará en un cajón, simiente de un sueño que le recuerde que este, seguramente, es el mejor día de su vida.

Más tarde bajará a la rutina, a los libros y la poesía que no termina de cuadrar, a preguntarse cuanto espera y cuanto le espera mientras los trenes van pasando y no sabe qué destino es el adecuado, que formula abastecerá su naturaleza en el futuro cercano. Cuantas veces tendrá que recorrer el laberinto, siguiendo la pared de la izquierda hasta encontrarse con Asterión y preguntarse si está frente al espejo, al otro lado, o se ha quedado varado en el umbral, entre la membrana permeable de lo onírico y lo que percibe más cierto, un planeta de cemento. Todo ese camino, preferirá dejarse mecer por el viento como guía de sus aciertos, ajeno al pecado propio de moldear la creación a sus caprichos, a los frutos del egoísmo.
Pero por ahora sigue en su hora de gloria, sobre una tierra que se ahoga en sus lamentos, con cientos de miles de vidas presas del infierno de vivir en el siguiente minuto al que están padeciendo. Y por un instante sonríe, guardando el cuaderno, encendiendo el cigarro, regocijándose de cada segundo, tan efímero, como eterno.

lunes, 24 de mayo de 2010

La conocía

Era una monada rubia con una camiseta de buda. Nos veíamos a menudo en un garito de rocanroll, era amiga de otras amigas que nos habían pedido fuego. Era inocente y amante de los que quería, como si fueran parte de su familia. Yo era aún un caballero sin armadura, me recuerdo mucho más noble y con menos sarcasmo en los comentarios. Me gustaba estar sobrio.
Fue vida, noche, tarde y despertares felices durante tanto tiempo que me lo grabó a fuego en una piel que todavía no había curtido el tabaco. Fue licor dulce, caramelo en los helados, alguien de quien cuidar y que velaba. Fue un abrazo de esos que nunca se acaban cuando deben para los espectadores, pero que el tiempo no tiene más remedio que pararse a contemplar.
Hubiéramos sido ella y yo para siempre, si el mundo no fuera imperfecto y carente de clemencia. Habríamos cambiado nuestro panorama cada mañana, y cada ocaso, borrar la pizarra.
Somos dos extraños que se conocen debajo del hormigón del muro, incapaces de alzar lo bastante la voz para gritarse que siguen ahí.

martes, 18 de mayo de 2010

Trivialidades

No consigo perdonarme que lo último que hiciera en mi vida fuera una estupidez.
Debían ser las cuatro y cuarto, no lo sé. Tampoco es relevante para el cuento, al fin y al cabo, acabo muerto. Como iba diciendo, era por la tarde. Temprano y por la tarde, dejémoslo ahí. Yo paseaba, o me dirigía a algún lugar, eso tampoco es trascendental, porque si no la historia hubiera empezado en ese sitio, y no donde se produce el momento de mi óbito.
Era una calle ancha, con un carril peatonal de frente, una comisaría en la calle contigua y un instituto lleno de futuros científicos, escritores, artistas, médicos, gestores de peaje y criminales; algunos con varias vocaciones. En realidad la calle ancha estaba perpendicular a mi ángulo de visión y, como es de suponer, de mi dirección en aquel momento. Había un semáforo, unas viejecitas que se movían como trasatlánticos por la susodicha vía peatonal, un puñado de personas anónimas y un crio con un balón rojo y una camiseta de la selección brasileña.
Huelga decir, si les interesa para algo mi vida, que al chaval se le escapó el balón y se echó a la calzada mientras un furgón de reparto se acercaba; no muy grande para ser un camión, pero lo suficiente para destrozar un muro de ladrillo fino. Podría haber sido un monovolumen, pero era un poco más grande y cuadrado, menos elegante, desde luego. Era blanco, aunque manchado, lo que no me afectó mucho cuando me golpeó, dado que el impacto me desplazó hacia atrás, y dejé la mancha cruenta en el suelo, pegada al asfalto, y no sobre su carrocería de color crema.
Por si no lo recuerdan, salté, rápido de reflejos apartando al crio de su inevitable final. Y luego cometí la estupidez:
Cerré los ojos y los apreté. Muy fuerte.
Mi padre siempre decía que nunca se puede ver cuando un héroe se convierte en un idiota.

viernes, 14 de mayo de 2010

Lamento tardío

Lloré.
Sí, lloré.
Tal vez no con lágrimas. Tal vez tan solo al principio. Pero sí.
Me desencajó el apartamiento, la separación incomprensible. La desesperación de no saber qué hacer, mientras las historias se seguían dibujando. Mi cabeza rompiendo contra el acantilado, y tu, tan lejos, que eras lo único dentro.
Yo, me partía, de eso estoy seguro.
Me bebí cinco bares recapacitando sobre su gravedad ilógica, me caí cinco veces con cada chupito de whisky reconociendo lo estúpido de mi conducta. Y sí, aún así lo lamentaba.
Evité el cerco del asesinato marcado por la policía para volver a casa, no sin antes recorrer su media distancia. Y entre medias de aquello, me pare a pensar en la tristeza. Antes de aquello te llamé.
Te dije cuanto me gustaban las pequeñas cosas con mi tonta ambigüedad, para no hacerme demasiado daño. Reconocí la pared contra la que me estrellaba y no dije nada. Absolutamente nada de nada, no fuera a ser que me lo reprochara.
Me fumé uno, dos, y veinte cigarros, antes de liarme uno que me dejara dormir sin pensar en lo que queda dicho.
Y entonces escribí una letra digna de Platero en sus malos años, o de los Led en los buenos. La verdad es que me crié entre medias de grandes y pésimos artistas, de buenos y malos versos, de quimeras y verdades, de suspiros y deseos.
Y decidí no hacerme más daño, olvidarme de todo y seguir trepando maderos mal clavados. Tu estas hecha de escarcha, Yo, soy solo el grito de un grillo quemado a fuego lento sobre el regazo.

jueves, 6 de mayo de 2010

Madrid-Nador-Madrid

Tres horas más tarde cruzábamos la frontera de vuelta. Rashid nos había alojado la noche anterior en un burdel de Marruecos. Aquello era lo más barato, seguramente no le habría costado más de cinco euros por mi colega y por mí, pero el peligro de que la policía hiciera una redada era preocupante, y junto a los mosquitos y el jaleo de la zona, había descansado muy poco. Estar con una mujer que no fuera la tuya significaba un mínimo de tres meses en chirona, y las cárceles marroquíes tampoco son un ejemplo de humanidad. Normalmente la gente prefería cruzar la frontera hasta Melilla y descargar allí sus pelotas, pero si tenías antecedentes, se podía montar un pollo interesante con los maderos. Pasamos la noche rodeados de criminales. Por supuesto nosotros también lo somos, pero mucho más abajo en el escalafón y mucho menos desesperados.
Le solté una sonrisa y un par de chorradas a una de las chicas que habíamos conocido en el avión. Eso estaba bien, nos daba el aspecto de un par de parejas de viaje, mucho menos sospechoso que dos perroflautas con equipaje de mano que no sabían francés ni árabe. Me concentraba en no mirar mucho a la policía, y fijarme en detalles del entorno, curioso, como si fuera un jodido excursionista. Rashid nos había conseguido cincuenta bellotas para cada uno, y le habíamos pagado a tocateja. Creo que darle la pasta fue una de las cosas más duras que he hecho hasta ahora. Si esta vez nos cazaban no me quedaría nada, y algo me daba mala espina en todo aquel asunto, como si fuera a explotarnos en las narices.
Alcanzamos el control. Mi colega con sus gafas de aviador y su cara de guiri, más chulo que las pesetas entregando el pasaporte que nos habíamos sacado cuatro días antes. El madero le miró de arriba a abajo. Tenía la pose de a quién le importa todo una mierda, de quien parece que te va a gritar si le pones algún tipo de traba al funcionamiento perfecto de su mundo. Tenía pinta de que les estaba haciendo un favor al soportar aquel ritual. Parecía que se podía sacar la chorra, colocarla sobre el mostrador y pedirle al poli que le diera un besito antes de seguir su camino. Nunca supe por qué Rashid había durado tanto en aquel negocio. Era un bocazas, un mal negociante y su manera de planificar las cosas apestaba siempre a fracaso. Cuando llegamos al aeropuerto tenía su coche cruzado delante de la entrada, donde dos tipos de uniforme gris apuntaban su matrícula en una libreta. Conducía como un loco, incluso para el estándar marroquí, y la carencia común de cinturones de seguridad no fomentaba mi confianza en sobrevivir al trayecto. Su casa estaba rodeada de lo que no podía considerarse más que despojos humanos. No por su situación legal, sino más bien por sus miradas de depredador. Nosotros éramos las gacelas.
Dejé mi pasaporte sobre el mostrador mientras le hacía gestos despreocupados a mi amigo. El parecía impaciente una vez había cruzado el control. El madero me hizo quitarme la gorra y miró bien la foto, cuando pareció convencido de que no me había cagado en los pantalones me dejó pasar. Pasé y bromeamos un poco sobre trivialidades. Los turistas no miran atrás, para ellos el control es solo un trámite, y el resto de la gente del avión les importa una mierda una vez han llegado a Barajas. Claudia y Ainoa, nuestras parejas de la cola, no se dieron cuenta. Se me cortó la sonrisa, pero pude mantenerla, mientras las formas azules corrían a cámara lenta en el reflejo de la tienda de licores, las chicas con la cabeza vuelta y los nacionales sobre ellas. Fue nuestro momento clave, ni una mueca, ni un giro si no había sonidos fuertes. Hay cien mil cámaras pendientes de tus expresiones, y si la cagas no habrá otro viaje donde tengas tanta suerte. Sabíamos que les tocaba la ecografía, la pastillita y, si no tenían suerte, el guante de latex. Pero no era el momento de hablar de ello, nosotros íbamos solos, y seguimos nuestro camino apaciblemente hasta el metro. Rashid era un tipo curioso, le gustaban las occidentales jovencitas, con pinta de universitarias de la complutense, y a pesar de su fisionomía cerebral de reptil, les fió a las dos chavalas. Al fin y al cabo, los dos fumetas que recogería en un rato iban a llevarse cien.

martes, 13 de abril de 2010

Aire en Movimiento

Se había hecho de viento, y no dejaba que nadie más escribiera el guión de sus momentos. Ni rencores, ni falacias, ni el apocamiento frente al juicio de sus vetustos iguales. Más que dejarse llevar por la corriente, se había corroborado sin darse cuenta como flujo, y movía su cuerpo, hecho de sus propios aires, desde su ventana a la calle. Subía a los cielos, se fumaba un cigarro, respiraba humo vacio, y se precipitaba a través de la ciudad, abarcando todo, traspasando íntegramente a cada criatura, edificio y político. Podía llegar al bosque en un parpadeo, y olvidar el agotamiento de toda su vida pasada entre el metro, la escuela, la oficina y sus prácticas, la fábrica y la guardería. Podía jugar con las olas a darse besos que no llegaban, a dibujar estrellas apuñalando la manta nocturna. Podía hacerlo todo, provocando huracanes a su paso, liberando la imaginación de cuantos participaban en su disparatado dialogo. Podía hinchar las velas, derrotar ejércitos, abrazando el caos como a su amante. Podía escribir desde la dipsomanía las palabras de su subconsciente, tan ajenas a sus deseos más ocultos. Podía hacerlo porque era de viento, y lo único que no podía, era atravesar un espejo.

viernes, 26 de marzo de 2010

Consciencia Espacio-Temporal

Era un criajo rubio, un ideal del nacional socialismo babeando en la cola de la tienda de discos. El flequillo le tapaba un ojo y parte del acné, sus dientes harían lo mismo por su labio inferior, pero tenía la boca abierta. La señorita Kariba firmaba y sonreía rutinariamente a cuantos idiotas pasaban por la mesita. Sobre ella, dos torres con gafas de sol escrutaban la situación. Tenían cara de llamarse Rufus. Los dos.
Mi héroe se asomaba por el borde de la fila sujetando fuertemente el compact con las dos manos, sudadando, mordisqueándose el labio inferior. Si no fuera porque estaba en aquel preciso lugar, con aquella camiseta hortera de letras rosas que rezaba “Kariba Galactic Pop Star Destiny”, cualquiera hubiera creído que se estaba meando encima. No tengo ninguna prueba de que lo hiciera. El caso es que la cola avanzaba a un ritmo moderado, acompañando su bailoteo nervioso, cuando a pocos pasos de la estrella tropezó con sus propios cordones, precipitándose sobre las grupees preadolescentes que cuchicheaban sobre lo bajita que era en persona su ídolo. Como el Mar Rojo ante Moisés, alertadas por su sentido arácnido, las jóvenes promesas de la sobremesa televisiva abrieron el camino hasta las baldosas. Algo sonó muy mal, con ese toque que traspasa lo cómico e indica a cuantos están alrededor que esta caída no tiene nada de gracioso. El chico tuvo la mala suerte de permanecer consciente y girar sobre sí mismo, observando la colección de caras llenas de miedo. Intentó incorporarse, pero el mundo estaba girando a unos mil seiscientos y pico kilómetros por hora, y le resultaba difícil centrarse.
–¿Estás bien? –Dijo alguien mientras le tendía la mano, pero el sonido de su voz fue silenciado por el rugido de la materia chocando a toda velocidad, en todas partes, y especialmente contra su tallo cerebral. Intentó centrar la vista.
–Est… –Balbuceó.
–Chico, ¿Puedes ponerte en pie? – Saber que el sistema solar se mueve a unos ochocientos mil kilómetros por hora respecto al centro de la galaxia es una cosa, pero ser consciente de ello de golpe puede resultar traumático, principalmente porque el cuerpo no está diseñado para soportar esa velocidad, y eso, el cerebro lo sabe. El chaval no había oído hablar ni de lo que era un cometa, y le estaba costando bastante trabajo comprender por qué no se le despegaba la cara del cráneo.
–Deberíamos llevarlo a un hospital –La vista empezaba a fallar–. Esa caída no ha sido nada buena –Parar, tenía que parar, centrarse, todo se movía tan rápido–.
–Yo una vez me caí en clase y me quedé inconsciente –Apuntó un ego de doce años a unos veinte mil kilómetros de la consciencia del autentico adolescente.
Y entonces llegó el silencio real. Fue como si se le abrieran los ojos mientras ya los tenía abiertos, como si mirara a través de unas retinas insultantemente grandes, observó el vacío con todos sus detalles y cada una de las manchitas despobladas de vida multicelular le saludaron.
Gritó.

Kariba cantó en su funeral, fue muy bonito. En internet hubo varias nominaciones a los premios Darwin, y en general, todo siguió igual, mientras una partícula subatómica se dedicaba dar tumbos y a existir en varios sitios a la vez, burlándose de la termodinámica despiadadamente.

martes, 23 de marzo de 2010

Cuando el Dinero No Lo Daba Todo


El dinero no da todo. Que inocente era, me gustaría volver a parecerme a esa persona, volver a despertarme por las mañanas pensando que lo tenía todo con tener suficiente para comer y correrme más de una juerga. Me encantaría ser otra vez ese niño que vivía una vida de adulto llena de aventuras absurdas, de amaneceres en tejados y en camas desconocidas, de sofás atestados de amigos de madrugada. De aquellos cafés que acompañábamos de resacas ligeras, de paseos por el parque corriendo con los perros, trabajando los días justos para llegar a fin de mes.
Lo cierto es que todo es una decepción cuando el dinero lo compra todo, cuando el sol es algo que llega mientras trabajas y la cama siempre es la misma y siempre está vacía. Cuando tú quedas tan lejos que no distingo si ríes o lloras, ni sé que chica eres de todas las que extraño.
La primera decepción nació al cumplir un sueño y vender un cuadro. Ponerle precio a un trozo de alma que me gustaría haber regalado, y que se lo lleve quien no lo va a disfrutar ni comprender. La siguiente, al ver que si vendíamos cuatro, otros diez que creímos mejores no pagaban el alquiler. La última, me la trajeron las estrellas. Mis fieles acompañantes de trasnoche entre bares y casas de habitaciones compartidas. No imaginé regalar la Luna, ¿Cómo iba a querer entregarle a nadie una estrella, más que en una pacto de cinco de la mañana al señalarla con el dedo? No. Jamás fue algo físico. Nunca fue algo palpable ni de propiedad, tan solo un acto de amor. Y si no podemos poseernos el uno al otro, ¿Cómo poseer un sol tan distante?
Se pueden comprar estrellas. Se puede pagar por ellas. Y eso me parte el corazón, por mucho que el mundo gire, porque de ninguna manera quiero que el dinero entregue un regalo tan privado. ¿Cómo voy a regalarte ahora mi mundo si ya no sé cuanto vale?

martes, 9 de marzo de 2010

El Narrador Cautivo

En el modulo se jugaba a las cartas. Solía ocurrir casi todo el día, a veces parecía más un casino que una prisión, y la mayor parte del tiempo, era un bar de pueblo sin cerveza, sin café y sin televisión. Lo de las putas es un tema largo y cansado de contar.
La mayor parte de las partidas no tenían otro objetivo que el de ver pasar el tiempo de la manera más rápida posible, lo cierto, es que, al precio que estaba, pocos podían permitirse apostar el tabaco como en el cine y parecer realmente duros. La mayoría se lo fumaba en grupos de tres a cinco.
En una de aquellas reuniones había un hombrecillo que siempre contaba las mismas historias, tal vez porque se lo pedían, desde luego no era por su voz, que era más de minero que de poeta. No, aquel tipo era un cuentacuentos, pero no lo sabía. Hay una gran diferencia entre contar historias a tus amigos y que te hagan caso, o que consigas arrancarles una carcajada sincera, y contárselas a una panda de desconocidos que echan de menos la heroína. Conseguir hacer sonreír a ese público, conseguir esa mirada de complicidad te hace creer por un momento que no hay hijos de puta en el mundo. Los bastardos se convierten en niños frente a una función de marionetas, riéndose con sus dientes partidos y mojas mal curadas en plana cara.
El caso es que el hombrecillo hablaba siempre de su familia, de cómo conoció a su mujer y lo feliz que fue con su primer hijo, y que no lo fue menos cuando llegó la cría. Contaba cuando sus pequeños habían llenado de aceite los fogones de la cocina, o que siempre abrían los cajones de la cómoda para hacer una escalera hasta el joyero de su esposa. Contaba como enseñó al chaval a conducir, que casi no llegaba a los pedales, y que una vez a su niña, le pegaron un chicle en el pelo, y su hermano le cortó el pelo a las muñecas para hacerla sentir mejor. Contaba, a veces, historias de su mujer y de él, intimas y pasionales, emotivas más que lascivas. Se le escuchaba con atención mientras el sonido de los naipes resonaba por el pabellón, arrítmico e invariable, como algo natural del ecosistema. Nadie preguntaba cómo había llegado allí, bastaba con ver su remota ensoñación para acertar que algo le pedía no recordar nada después de que su mujer le llamara llorando, de que los chicos no dijeran nada durante días en las historias de su vida. Cuando llegaba a cierto punto, simplemente volvía al principio, y nadie se atrevió a corregirle en aquellos doce años cuando preguntaba a su público por donde iba. Él volvía a contar aquella noche en que conoció a su señora.
No era motivo de conversación tampoco, su carencia de visitas, y atados todos los cabos, cada cual tenía su versión más o menos macabra, en la que el hombrecillo había descubierto a la monada de su esposa con otro y los había degollado, o en la que había asesinado a los niños en un arrebato homicida y se había deshecho de los cadáveres, o aquella en la que les había envenenado con cianuro en la sopa. Había muchas versiones, y cuando salió, cien ojos se posaban sobre él y le deseaban suerte, asumiendo todas y cada una de las historias que narraba, y todas y cada una de las que se le atribuían. Seguramente el tampoco se dio cuenta de que un hijo de puta, lo es siempre, por mucho que sonría, y que tan solo su punto de vista construye la realidad. No comprendió que lo que gustaba de sus historias era lo lejanas que parecían, casi inventadas para sus oyentes. Fuera, pasado el último control, el bombón de su esposa corrió a besarle con dos chicas jóvenes y otro que se parecía a él cuando entró, pero con más pelo. Se abrazaron como en una teleserie mientras los dos chapas de la torre observaban. Tampoco ellos sabían que había sido de la familia del hombrecillo. Pocos lo sabían en el centro. No se les había ocurrido que no quería hablar de ellos desde que tuvo que entrar en prisión, ni que temió cada día por su vida, y no quería que le vieran allí pasándolo mal. No se imaginaban que el gran secreto de aquel presunto homicida, de aquel narrador, era la vergüenza.

jueves, 4 de marzo de 2010

Parpadea

Puede que amanezca amenazando tormenta, puede que cualquier noche salga el sol, encontrando sus maneras de vivir. Puede que la nota se haga silueta.

Todo ello ocurrirá en un suspiro, en un abrir y cerrar de ojos. En un vistazo, la sonrisa de un niño, y un poco más arriba, tras un parpadeo, el miedo en la mirada de su madre.

Cambiante, mutable, desafinado. La realidad se vuelve sueño, la pesadilla, sustancia. Se dibuja con palabras, adornando la prosa con el sonido de la poesía, y mil mujeres son violadas cada semana no tan lejos, obligándolas a ver morir a sus hijos, o tal vez, a decenas de decenas se las desflora de jueves a miércoles en las cercanías de nuestra patria, compelidas a conocer por sus luceros el óbito de sus vástagos. 

Y parpadeo. Y en un momento lo veo todo feliz y tonto, inocente y bailarín; y cuando sube y baja el telón, en esa milésima de segundo, todo se convierte en ruinas, en una fotografía atacada por gasolina, en un telescopio enfocado al cuarto de tus padres, en lugar de tu ventana. Entre medias de esa cortina estás tú, y por eso viene todo esto, por esa milésima de segundo que no percibo, porque cuando cierro te veo triste, y cuando abro sonríes. La persona que ocurre entre medias, es la que necesito conocer.

martes, 23 de febrero de 2010

Shakespeare No Lo Supo

Creo que fue en el Teatro Cervantes. Para quien no la conozca, es una sala no demasiado grande, acogedora y de techo alto, mucho más larga que ancha, situada en el centro de Valladolid. El día al que me refiero, parecía que no lo hubieran limpiado en años. El suelo estaba pegajoso y no nos hubiera sorprendido romper telas de araña al abrir las butacas. El centro no podía pagar una sesión normal, y nos habían colado en los ensayos finales a ver si aprendíamos algo. Por aquel entonces no era muy consciente de que el resto de representaciones las coparían excursiones de La Salle o Lourdes, que nosotros estábamos allí como un favor. No tengo muy claro si a nosotros o al limitado presupuesto del centro.
Al fin y al cabo, nosotros éramos solo una panda de salvajes. Éramos la antesala de lo que ahora temen los profesores. Peleábamos en medio de clase, por tonterías, en autenticas reyertas sin cuartel; lanzábamos las sillas y pupitres por la ventana, fumábamos en la hora de gimnasia y nos negábamos a correr, dedicándonos a dar vueltas al patio como si estuviéramos en prisión. Debía ser algo genético, algo aprendido del entorno gris, de que los profesores nunca nos preguntaran a que se dedicaba papá. O tal vez tan era el farol de quien sabe que está partida se juega a una sola mano.
Ya habíamos perdido, ya lo sabíamos, y aún así, seguíamos subiendo las apuestas.
Aquel día nos comportamos lo mejor que sabíamos, no sé si por respeto a que alguien nos tirara un hueso y nos dejara salir del centro o porque las actrices tenían buen cuerpo, pero estábamos callados, atendiendo a las palabras de aquellos actores de veintipocos. Ahora lo recuerdo, algunos de mis compañeros tenían casi la edad de los comediantes. Por supuesto que aquel mundo estaba abierto de forma amateur para nosotros, si lo trabajamos un poco, pero no lo supe hasta los diecisiete, o por ahí, cuando ya no estaba en el mismo lugar ni en la misma situación. Dos años antes, volviendo a aquella función, solo me preguntaba como lo habían conseguido aquellos tíos. Había uno con pinta de broncas, con el pelo largo y barba de tres días. Parecía uno de nosotros de haber tenido un poco más de suerte, solo un poco. Y tenía el papel principal. Si señores, él, reflejo futuro de nuestros íntimos sueños de gloria, era Hamlet.
Llevaba vaqueros, una camiseta rota tipo grunge y una especie de perneras sobre las botas militares que completaban su identidad como protagonista. Ciertamente, no sé si la obra fue buena, si al verla hoy tal cual fue, no la juzgaría con menor benevolencia. Lo que sí ocurrió, es que tuvimos respeto por su trabajo, que para algunos fue una luz desde el fondo del pozo y para otros la confirmación de que no les quedaban fichas para apostar. Salimos con la lección de que llevábamos zapatillas en un casino, pero también, que no pueden echarte cuando el resto de la mesa corea tu nombre mientras te lo juegas todo, una y otra vez, a un cuatro y un cinco, hasta tener suficiente para comprarte los puñeteros zapatos.

jueves, 18 de febrero de 2010

Queridos Bastardos

Os admiro. Admiro vuestro anonimato y vuestro desparpajo respaldado por instituciones y jurados. Vuestra malsana afirmación de lo oscuras que son las tormentas, de que vuelvan las golondrinas por el mismo camino que jamás habéis andado. Admiro vuestra estupidez que os permite ser valientes, vuestros libros llenos de retorica ya narrada y rimas copiadas a escritores que fueron callejeros. Os admiro por encima de los clásicos, vuestro brillo de estrella fugaz forrada de monedas brilla por encima en los estantes de la reiteración, de la venta al lector poco informado y los subproductos, que adornan las paredes de sus áticos con literatura reconocible. Admiro que seáis capaces de crear una única historia con doce personajes que no vivieron ayer, ni vivirán al cerrar las tapas de vuestra decima edición. Admiro vuestros misterios basados en historia de ficción, vuestros vampiros lampiños y vuestras vengadoras de títulos interminables. Admiro que, entre tanta escoria reiterada, sigáis viviendo de lo que menos os gusta hacer. Admiro que no tengáis nada que contarnos y sigamos tragando.
Os admiro, os adoro en cada concurso creado para Robín Hood, donde los mindundis nos enseñamos nuestras roñosas libretas desgastadas por el viaje en autobús, carentes de vuestro talento, llenas de facundia estéril a la caterva, cansada en demasiados autobuses. Desde las últimas filas soñamos con ser como vosotros, con vivir odiando la literatura en todas sus formas, hasta el punto de desmembrarla para un público que viene a comerse las gambas. Mis amados carniceros, con que arte cercenáis la más bella historia para que tenga principio, nudo y final, y no haya historias por debajo ni por encima, ni antes ni después de vuestro verbo, para que el libro sea un artículo audiovisual del siglo XXI, en papel, que solo se pueda utilizar y disfrutar una vez. No os puedo dejar de admirar por esa lectura única e inefable, por esa manera de transmitir desde el frontal a la glándula pineal, lo mismo. Cuanta exactitud. Cuanto acierto en las formas y la estrategia que adelantan la muerte de un medio, por falta de tiempo entre teleserie y partido. Desde mi sana envidia os deseo cuanto sembráis, que alcancéis pronto vuestro objetivo y nadie lea si no por inquietud científica. Que muera Quijote en un campo perdido de Castilla y jamás alcance su venganza Edmundo, ni su homónimo viaje más allá de un banquete, donde Winston le cuente la felicidad del mundo. Que mueran las historias. Solo entonces, cuando estéis saciados del verbo de los genios y os hayáis hecho collares con sus intestinos aún llenos, dejaré de adoraros. Ese día os amare como un editor ama un contrato. Os querré, porque no tendréis nada más que destruir, y entre la ponzoña, en los callejones y en los cafés llenos de humo de contrabando, nosotros seguiremos acostándonos cada noche con la palabra.

martes, 16 de febrero de 2010

Relato Poético Salpicado de Realidad por un Pequeño Instante Extremadamente Corto

Tú estabas hecha de pena y yo no llegaba a payaso. Nos despertábamos cada mañana como una suicida y su cachorro lleno de energía. Jugábamos un rato y a veces te arrancaba una o dos sonrisas antes del café, y de que te insistiera en no ir a clase, en quedarnos a saltar sobre la cama. Tú siempre querías saltar por el balcón.
Caminábamos de la mano y yo puchereaba por llevarte a ricotes. Quise regalarte un gorrión y compraste una tortuga, pinté las paredes de naranja y tú los techos de negro. Puse estrellitas fluorescentes y dibujaste constelaciones de calaveras y puñales. Te dije que quería estar siempre contigo, y hablaste de prenderle fuego a la casa. Te besaba, y me mordías. Nos queríamos como un explorador y las pirañas, conscientes de lo aburrido que sería nuestra vida sin el otro, de lo insípido de la aventura.
Y escribías aquellas poesías llenas de rabia y desconsuelo, y se lo contagiabas a mi guitarra cuando le gritábamos al mundo que este estribillo iba por el espejo donde nos conocimos, tú tan sonriente como borracha, yo tan triste como beodo.

martes, 9 de febrero de 2010

Cuatro Cuarenta y dos

Se levantaba a las ocho y diez, preparaba café instantáneo y pedaleaba estáticamente durante media hora. Bailaba un rato más con las pesas y su barriga, hasta que se cansaba, se duchaba rápidamente y leía, escribía e investigaba como educar al mundo hasta las tres de la tarde. Se alimentaba de algo precocinado, de un par de filetes o de pasta, o de arroz, y leía una y otra vez los mismos párrafos, apuntando palabras clave, fechas significativas y jugando con ellas para que tuvieran relación frente al examen. Cuando su cabeza no podía más se rendía sobre la cama e intentaba escribir algo que le hiciera feliz, y certificando su poco talento, jugaba al póker por internet. Dormía siete horas y medias calculadas, retomaba la rutina acelerado por los plazos inminentes, y envidiaba al conejo de Alicia y sus maravillas, con todo su ajetreo. Rebuscaba en páginas web con advertencias y volvía al trabajo.

Esto era así todos los días. Lo de las explosiones era solo los fines de semana. Aquello requería paciencia y cierto nivel de evasión estética. Por eso, cuando el dos de agosto de dos mil diez, ciento dieciséis coches aparcados en el estadio explotaron con precisión milimétrica sin causar ningún herido, pero debilitando la estructura lo suficiente para dibujar una cifra con los escombros y el fuego, nadie comprendió como una mente tan dedicada no había hecho algo de provecho, como escribir una tesis, o prepararse para la enseñanza.

martes, 2 de febrero de 2010

Damas y Caballeros

–¡Damas y caballeros! –Gritaba el enano regordete de casaca roja y pantalones blancos. Parecía que iba a declararle la guerra a Jonathan Swift por derechos de autor.
“¡Damas y caballeros! –Repitió igual de convencido. A mí me resultaba difícil discernir cualquiera de los dos en aquella carpa donde se me estaban empezando a congelar los bemoles. El respetable estaba compuesto por una troupe de catetos cuyas formas no parecían responder a tales apelativos. Por supuesto, yo ignoraba la novena acepción de la Real Academia para la palabra caballero, que dice textualmente: “Depósito de tierra sobrante colocado al lado y en lo alto de un desmonte.” Junto a lo de las damas, no alcancé a ver en aquel pequeño Ron Jeremy al poeta que, magistralmente, ocultaba sus hipérboles y metáforas en las mismas palabras que tanto alagaban a la caterva de mindundis.
“Damas y caballeros –Esta vez también gritó, pero no lo exclamaba, se dedicaba a enredar al público–. Les ruego que dirijan su atención a la bella Isabella, quien pondrá en peligro mortal su vida al ejecutar su… –Hubo una pausa dramática– ¡Danza de la tela! ¡Su baile sobre el aire! ¡Su tissue! –Esto último se lo podía haber ahorrado el retaco, pero nadie se percató, ya que habíamos levantado la vista para ver a la mujer que, colgando de los mástiles, se suspendía en el aire envuelta en una fina tela alrededor de sus piernas. Lo cierto es que todavía hoy me pregunto como aquel espectáculo de payasos con arrugas, tigres famélicos y magos de los que sacan flores del sombrero, tenía entre sus filas a semejante artista. Las damas y los caballeros aplaudían y berreaban como focas mientras yo me abstraía, dejando aquello como un sonido sordo y lejano. Era como si se me hubieran taponado los oídos para poder disfrutar del momento, de aquella belleza que no merecían los siete que había pagado para entrar. Sabía que era mayor, que no era una mujer atractiva debajo del maquillaje, pero en ese momento, me tenía enamorado, tal vez a todos, y por eso los primates que me rodeaban parecían tan excitados. Los niños, ajenos aún a la estupidez de sus modelos fraternales, hacían lo que haces cuando ves algo maravilloso que no habías concebido. Los niños disfrutaban, como disfrutaba yo, como si me estuviera susurrando y notara su respiración a mi lado, como si de vez en cuando me mordiera un poco la oreja. No sé si los niños tenían ya la capacidad de hacerlo, pero yo me estremecí con cada vuelta, con las figuras suspendidas contra el hortera fondo de rayas rojas y blancas, pero incluso aquello me era velado por la tela que sostenía aquel cuerpo seis metros sobre el suelo.
Se descolgó, y bajó al mundo de los mortales Se precipitó, quedó colgada a un palmo del suelo. Luego, se desenredó, y volvió a ser una vieja con mallas, y volvió el bullicio. La masa aplaudía, y yo, con la boca abierta di el único aplauso sincero de la tarde. Su pecho se movía tratando de recuperar el aliento bajo las lentejuelas, hizo una reverencia y desapareció, para dar paso a la facundia del minúsculo bardo, a otra intervención de los abatidos payasos y a un número con un perro de dudoso valor estético.
Salí de la carpa y me encendí un pitillo planteándome dar un paseo, cuando se despejara un poco, por la barraca de los reptiles. Un remolque convertido en pasillo para iguanas y serpientes que los lugareños se habían apresurado a abarrotar. Mientras esperaba la vi pasando, ya cambiada, por la parte oscura de las caravanas, y me atreví a acercarme y a decirle cuanto me había gustado. Creo que flirteó conmigo, yo al menos lo hice con ella, cegado aún por el recuerdo de su actuación, arañando cada resto de la magia que había desplegado. Y lo demás, es historia. Una historia lasciva de dos cuerpos con treinta años de diferencia y una roulotte desvencijada, de respiraciones entrecortadas y chirridos, de una dama y un deposito de tierra sobrante colocado al lado y en lo alto, en lo más alto, de un desmonte.

lunes, 1 de febrero de 2010

Largo Camino de Regreso

Escuchando a Fat Boy Slim parece que el mundo se ha convertido en un videoclip. Mi cerebro funciona a diferentes velocidades acelerando las luces de los coches, como si las mirara a través de un cristal empañado, me cruzo con otro humano y se ralentiza en el momento que nos vemos los ojos. Me calzo la gorra un poco más, convirtiéndola más en una máscara opaca que en una protección contra el frío, y recupero el ritmo mirando al suelo. Las baldosas se mueven difuminadas, erráticas con sus pequeños cuadraditos de acera urbana, como si manejara la cámara un mono dipsomático que ha descubierto el botón de zoom. Un chicle fosilizado, una cerveza rota por debajo del cuello, miles de millones de casillas grises imperfectas a lo largo del puente, y en cada una, una vida olvidada. Mi ritmo cardíaco se mueve con un compás extraño, y entre la borrachera voy un poco más rápido, aunque no tengo prisa por llegar a ninguna parte. Right here, right now.
Apurando el cigarro observo la ciudad, el movimiento de las nubes sobre la vieja mole gris que no deja escapar ni una queja. Miles de millones de respiraciones esperando algo, esperando lo que quiera que esté haciendo. Renuevo el baile, apuro la zancada, me tomo mi tiempo para ir deprisa. Sólo estoy yo, el resto son elementos que acompañan la música, e incluso el viento parece empujarme, y tengo ganas de correr. Redoble, volvemos, y parece que me cruzo una y otra vez con los mismos pequeños robots. Se difumina, se acaba la canción.
Pulso el botón de reinicio.

martes, 26 de enero de 2010

Dos Inviernos

Había un árbol viejo y hueco en el bosque. Tenía las ramas retorcidas y apenas le llegaba luz por las copas de sus hermanos, que habían crecido más fuertes, más cerca del rio y la ladera. Había también un pájaro de colores vivos que completaba el reparto, y volaba a finales de otoño por ese bosque. Se había extraviado, aunque sabía perfectamente donde estaba, pero había perdido a su bandada y sin tiempo ni rumbo para continuar hacia tierras más cálidas, se resguardó en el tronco del anciano.
Como suele ocurrir, llegó el invierno, y el pájaro sobrevivía en el interior del árbol alimentándose de los parásitos que poblaban su corteza. Cantaba, porque no tenía otra cosa que hacer, y porque es lo que suelen hacer los pájaros, a quienes con una voz tan hermosa se les ha negado la poesía. Al árbol, a cuya especie se les ha negado la palabra, disfrutaba secretamente de la compañía de su habitante, aceptándolo como nativo de su propio cuerpo. Amargado por el paso de los años como había estado, el nuevo inquilino le fue dando sin saberlo las fuerzas que le faltaban para medrar con sus raíces más profundamente y rivalizar, con la interminable paciencia de su naturaleza, con sus hermanos mayores. Inevitablemente pasó el tiempo, quizás el último actor de toda historia, y llegó la primavera, permitiendo al pajarillo reencontrarse con su bandada, y salir de nuevo al exterior, y buscar una pareja, y construir un nido en las copas de los árboles, tal como hacen las aves. Al árbol le permitió aprovechar sus fuerzas, cerrar sus heridas y tomar algunos de los rayos de sol que antaño no quería alcanzar. A la primavera, engañosa como toda belleza, le siguió la decadencia seca del verano y la melancolía del otoño, marchitando las hojas que habían crecido verdes entre aquel esplendor.
Esta vez, el pájaro supo marchar, o tal vez no, al fin y al cabo, todos los pájaros se parecen, cubiertos de colores y canciones de silbidos, como la primavera, pero aún así el árbol esperó. Todo el largo invierno agudizó sus sentidos buscando el trino de su colono del año anterior, y tras mucha nieve sin notarlo, desistió, retrayéndose, volviendo el año siguiente a su mismo aislamiento.
Pero esa no es toda la historia, ya que, aunque todos los pájaros se parecen, aunque todos cantan y están vestidos igual, aquel pájaro había intentado regresar, movido por un pensamiento más humano que su instinto, al corazón de su antiguo salvador. Sin embargo su capacidad humana terminó en ese impulso, y al encontrarse con la entrada a la corteza insuficiente para entrar, había esperado donde en otro tiempo hubo un agujero, y que la primavera y su fuerza habían cerrado. Y durante esas nieves, durante ese frío, incapaz de alimentarse ni volar, ni guarecerse en ningún lugar, sucumbió.
El árbol fue incapaz de sobrevivir solo, sin saber que había cerrado las puertas a aquello que le dio vida, y el pájaro fracasó en su lealtad, al no comprender que una vez completada una historia es mejor seguir tu camino a preocuparte por quien ya debería haber aprendido.

domingo, 24 de enero de 2010

Al Poeta

Lo que no soporto es el silencio que queda después del disparo.
Fusilado el revolucionario marica algo se para, y muere no solo el hombre, no solo sus sueños y sus palabras. Muere cuanto le quedó por escribir. Entre nosotros no nos miramos, sin saber si fue nuestra bala la que lo mató, si tal vez erré el tiro a posta o quizás fui el único que disparó a su pecho, apuntando al corazón ansioso por poner fin a ese momento, por no atravesar su estomago y que necesitara otra ráfaga. Tal vez aquella poesía era demasiado para existir en este tiempo donde solo importa vencer sobre los vencidos. Y no queremos pensar en ello, pero el silencio, el silencio es insoportable.
Nos retiramos sin formación, dispuestos a olvidar, dispuestos a relegar entre Víznar y Alfacar a quien ya se ha marchado, y deja el silencio tras de sí.

Cansado

Estaba destrozado como un libro abierto por veinte páginas a la vez. Roto como un cigarro para un porro, apagado como una colilla, agotado como un mechero sin gas. Estaba realmente cansado. No como se está después de correr cien metros para no perderte una cita importante, no como si trabajara catorce horas al día, no como después de follar, ni mucho menos. Estaba cansado.
Se revolvía contra sí mismo sin ganas de jugar con sus propias pelotas, como un gato intentando lamerse la espalda manchada de mierda, se retorcía como si lo electrocutaran, y apenas nadie veía sus convulsiones camufladas de fugaces miradas tristes. No lloraba, no por ganas, si no porque estaba derrotado. Sonreía, besaba y abrazaba por no sentirse un extraño entre tantos gestos de apoyo disimulados. No protestaba, no se lamentaba, no llamaba la atención sobre su desidia frente al muro de su propia cabeza. No lo hacía porque no podía. No lo hacía por falta de fuerzas.
Tramaba futuros alimentados de recuerdos, incentivos a su tortura para darle cuerda. Y yo lo veía, y no hacía nada, salvo comportarme como si todo estuviera bien, porque no podía cambiar el mundo desde mi lado del espejo.

martes, 19 de enero de 2010

Übermensch Por Obligación

Sentados en el tejado, observábamos la ciudad desperezarse. Algún borracho regresaba para casa recogiendo parte de su vergüenza, los coches empezaban a rugir en sus madrigueras y nosotros, nos estábamos quedando sin tabaco. Hacía bastante frío, y todo estaba cubierto de azul y gris por una lluvia fina, casi imperceptible, que dibujaba Madrid hasta el horizonte. Tal vez, hasta Móstoles.
–Mira, están abriendo el bar –Dijo mi acompañante.
–Ahora vuelvo –Y salté.
Más que un salto fue un intento por seguir avanzando donde terminaba el camino de baldosas naranjas. Escuche un “espera” rodeado por muchos signos de exclamación, pero tenía prisa por llegar al bar y no le hice caso, llevaba horas diciéndome lo importante que era mantenernos fijos en nuestras convicciones y no desesperar por no encontrar trabajo ni de limpiapajas. Mi voluntad tenía un objetivo, estaba ocho plantas más abajo y tres con treinta insertado por el más minúsculo agujero de la maquina.
Cuando la gente se cae por la ventana en las películas todo va muy despacio, o les da tiempo a pensar muchas cosas. Carente de la experiencia, como todos esos directores, pensé que tendría algún tipo de revelación, a parte de una mirada fugaz en el cuarto de una vecina. Lo último que verían mis ojos, era a un ama de casa de sesenta años pasando la aspiradora con una bata azul de flores blancas estampadas, zapatillas viejas, rosas, y pobladas de pelo de gato, habitadas posiblemente por una civilización de seres mágicos llamados patógenos.
Como no me parecía justo, me detuve a un metro del suelo, más o menos, roté sobre mi centro gravitatorio, y cogí una postura adecuada para continuar hasta el bar, mientras bajaba suavemente para tomar tierra. Me prometí que no volvería a bajar de aquella manera, pero una vez comprada la dosis de nicotina soñé con subir otra vez, con remontar el vuelo hasta aquel tejado donde me esperaba una litrona mediada y una conversación agradable, por no mencionar las vistas. Pero se me había pasado el momento, y aunque fui capaz de retar a la realidad por salvar mi vida, me resultó imposible destacar por mi propia disposición… Y dije:
–Un paso, dos…

Y cogí el ascensor.

jueves, 14 de enero de 2010

No Crece en los Árboles

El sujeto impresentable que aparecía por la esquina se llamaba Charly, por ejemplo. Puede ser, que en realidad se llamara Carlos, pero ya sabéis como es esto, un día estas entre tus amigos, a alguien le da por llamarte con un nombre guiri, y estás sentenciado. Como iba diciendo antes de esta aclaración gratuita sobre la onomástica barriobajera, Charly estaba dando un paseo desde el punto C al punto A, a los que llamaremos “Bar de Su Camello” y “Casa” respectivamente. Al punto B podemos llamarle “Estanco”. El sol ya se había marchado, pero la verdad es que siempre se le trataba como un extraño en aquel barrio. Aquellos edificios estaban diseñados para vivir en una eterna penumbra, como si siempre estuvieran cubiertos de polvo, y Charly encajaba perfectamente en la estampa. Con su chaqueta vaquera, los parches de Ñu, una camiseta pequeña y desgastada y unas zapatillas remendadas con pegamento de los chinos, descendía pensando en su carencia laboral, su falta de independencia y el porro que se iba a fumar en la ventana en cuanto llegase a casa, cuando un brazo apareció por encima de su hombro izquierdo. Después notó algo muy duro que no se correspondía con la altura que adjudicaba al propietario del brazo, y dedujo que era algún tipo de objeto de metal, seguramente de una aleación similar al acero, resistente a la oxidación y con partes móviles.
–Dame todo lo que lleves, no quiero hacerte daño, pero dame lo que tengas o te achicharro –La voz de aquel tipo sonaba desesperada.
Charly llevaba la china de cinco escasos en el paquete por motivos legales (en el de abajo), y no tenía mucho más. Sacó unas monedas y algo de pelusilla del bolsillo del pantalón e intentó enseñárselo a su asaltante. Asaltante es una palabra fea, a partir de aquí le llamaremos abrazador.
–¿Solo eso? –Preguntó dolido el abrazador.
–Bueno, también tengo un mechero y cuatro o cinco cigarros sueltos, pero me gustaría poder fumar algo estos días.
–Mira tío, necesito que me des más, tengo facturas y bocas que alimentar.
–No tengo nada de valor.
–Vamos al cajero y sacas pasta.
–No tengo tarjeta de crédito. Tenía una, pero me denegaron el crédito. Si la quieres es tuya. Tienes que pagar doscientos y pico euros más comisiones y podrás utilizarla hasta un límite de trescientos.
–Mira chaval, no me vaciles que no estoy para tonterías.
Charly no pudo resistirse.
–¿Por qué no vendes la pistola?
–¿Cómo…? –El abrazador estaba un poco descolocado– ¿Pero tú que te has creído? ¿Qué puedo entrar con esto en cualquier tienda de segunda mano y venderlo así como así?
–No sé, hay crisis, mucha gente cambia de trabajo. Yo no te lo compraría, no es mi estilo, pero hay gente que seguro que está deseando dedicarse a esto…
–Anda, vete a tomar por culo, que no te mato porque vales menos que una bala –Era cierto, y Charly lo sabía desde hacía años–. ¡Largo! ¡A tomar por culo!
Charly siguió caminando sin preocuparse demasiado. Había perdido unos tres, así que no podría comprar tabaco hasta principios de mes, con el subsidio, pero sí bajaba a la parada del autobús después de comer podía conseguir un par de cigarros para echarse algún canuto durante aquellos días. A pesar de saber bien que no iban a dispararle, le temblaban las piernas un poco por la adrenalina. Uno nunca se acostumbra a lo de las amenazas de muerte. Lo mejor que podías hacer era no tener nada que ofrecer, a menos que fueras mujer, en ese caso era mejor correr, pero ese es otro tema.

Apenas a diez metros de su casa había un grupo de mujeres conocidas amistosamente por la comunidad como “Las Putas del Barrio”. Le saludaron y le pidieron fuego. Todas sabían que Charly no podía pagar un servicio, y para él, era una sensación incluso agradable. Era uno de los pocos hombres en su vida al que trataban con normalidad. No le querían por su dinero, no le querían para nada más que para hablar, aunque el soñara con llevarse a alguna a la cama. Se imaginaba abrazadonola, sin preocupaciones, después de haber disfrutado el uno del otro, y que no le pidieran sesenta, ni se fueran con prisa por perder clientes. Pero dentro de lo que cabía, allí estaba, rodeado de mujeres (algunas guapas), y manteniendo una agradable conversación sobre lo mal que estaba la vida. A todo el mundo le gusta hablar de eso. Es como hablar del tiempo, pero con rabia. Da pie a poner tu mejor cara de indignación, a increpar al estamento que quieras como culpable, y en general, a desahogarte. A compartir algo con las demás personas. Como los cristianos en sus inicios.
–La cosa está muy mal chico –Dijo Denisse, una morena de cuarenta y tantos, que en realidad se llamaba Claudia–. Nosotras antes nos hacíamos cuatrocientos o quinientos fáciles, y ahora igual son cien o doscientos un buen día.
–Al menos tenéis trabajo, a mi no me contratan ni en el McPollas.
–Pero quien te va a contratar a ti, boquerón –Gritó, pero sin exclamación, Marthia, conocida por sus familiares como Toñi–, con esos pelos, y esa pinta de yonqui que llevas siempre.
–¡Ay! Déjale al chico, mira que cara más linda tiene –Replicó una tercera que tenía el pelo rubio teñido, y a la que no recuerdo muy bien.
–Pues eso te digo –Continuó Toñi–. Que si se arreglara un poco se las llevaba de calle, y seguro que encontraba una chica que lo enderezara.
Charly pensó que ya estaba enderezado, pero se resistió a hacer un chiste tan fácil sin dinero para pagar la factura.
–Tu ni caso chico, sigue siendo igual de bueno que es lo único que vale en la vida. Lo demás siempre se soluciona –Argumentó una de las putas.
–Ya, pero hay que pagar facturas, alquiler… Y el dinero no crece en los árboles.
–A algunos parece que si mi niña. El del cochazo negro ya te ha venido a ver tres veces esta semana.
La conversación siguió un rato, y después el chico subió a casa para no espantar la clientela de sus vecinas. Ver a Charly junto a aquellas mujeres no inspiraba confianza, daba la impresión de que se lo hacían con cualquiera.


Tras cenar con su madre, se quedó un rato en la ventana viendo el panorama. Aquella ciudad les debía odiar. Debía querer deshacerse de todos ellos como el perro que se muerde las garrapatas, y ellos, continuaban manteniendo la cabeza dentro del suelo confiando en crecer algún día. Se encendió el canuto, se tumbó en la cama y se fue quedando dormido. Mañana tenía que levantarse pronto, ir al bar a mirar el periódico y suplicar algunas entrevistas de trabajo, pero eso era dentro de unas horas, y en ese momento, la ciudad se iba convirtiendo en un paisaje onírico y lejano. Un lugar donde descansar.
Le pareció que acababa de cerrar los ojos cuando se desveló. Algo le había despertado, un sonido fuerte en la calle. Era como si se hubiera incorporado un segundo antes de que el director dijera "acción", porque justo después llegaron los primero gritos de la calle. Una de las garrapatas había sacado la cabeza, y otra se la había volado, en lugar de abrazarla.

lunes, 11 de enero de 2010

La Noche en Que No Nos Conocimos

Una fiesta esnob y yo sin ningún tipo de pensamiento superficial que expresar con profundidad. Era cierto que daba bastante pena verme, aunque desde mi punto de vista era toda aquella gente quien sobraba. Todos luchaban por contar la mayor tontería, por presumir de su estupidez hablando sin pausa, por alardear de una elegancia inexistente, expuesta en collares de perlas y cigarros con largas boquillas de las que desconozco el nombre. Aquella tropa lo conocía, estoy seguro. Por mi parte, parecía un mendigo. Con mi chaqueta de las rebajas de Zara, los pantalones vaqueros, negros, eso sí, y unas botas chiruca. Comiendo pipas y fumando, observando el panorama para cuando tuviera que retratar semejante orgia de borreguismo elitista en un personaje puntual. Nadie creería que existieran tantas personas así en una ciudad como Burgos.
Fue sobre el cuarto ponche de cereza cuando me fije en una cara conocida. Era una cantautora de Madrid, solía tocar en un pequeño bar de un barrio de mala fama, y los soñadores solíamos verla cuando nos enterábamos. Tenía una foto suya en el armario, y las chicas pensaban que era mi novia. Ciertamente, yo no era el primer perroflauta que soñaba con una chica como aquella. No solo porque su cara fuese preciosa (reflejaba felicidad hasta cuando no sonreía), si no por pensar que una mujer así pudiera despertarte tocando para ti.
Relleno de alcohol suave, y algo, que a falta de una palabra mejor llamaremos “valor”, me acerque a ella. Me imagine que la conocía, no se me da bien mentir, y le pregunté si me recordaba de un día tocando en el metro. Creo que reconoció el engaño, pero le agradaba encontrar una manera de huir de toda aquella farsa. Hablamos de música, de poesía y nos reímos pensando cuantos de los asistentes escribían best-sellers. Nos convertimos en unos parias dentro de aquel delicado ecosistema artificial, disfrutando de nuestra mentira, soltando carcajadas que retumbaban en las paredes barrocas, que intentaban ser victorianas. Y cantamos. Dimos palmas a sabiendas de las miradas que se posaban sobre nosotros, como cincuenta padres avergonzándose de los niños jugando en un funeral. Y nos abrazamos, y no recuerdo mucho más, pero nos abrazamos, y al menos yo era feliz.
No he vuelto a saber de ella, más que sacó un disco y se encamina al estrellato. Tal vez ella también me engaño. Tal vez sí que nos conocíamos. Tal vez deberíamos habernos conocido. Tal vez alguna canción hable de nosotros. Tal vez esta historia sea solo una mentira construida sobre una mentira y jamás ocurrió. Tal vez esta canción que escucho hable de cuando soñamos que hablábamos en una fiesta esnob.