martes, 26 de enero de 2010

Dos Inviernos

Había un árbol viejo y hueco en el bosque. Tenía las ramas retorcidas y apenas le llegaba luz por las copas de sus hermanos, que habían crecido más fuertes, más cerca del rio y la ladera. Había también un pájaro de colores vivos que completaba el reparto, y volaba a finales de otoño por ese bosque. Se había extraviado, aunque sabía perfectamente donde estaba, pero había perdido a su bandada y sin tiempo ni rumbo para continuar hacia tierras más cálidas, se resguardó en el tronco del anciano.
Como suele ocurrir, llegó el invierno, y el pájaro sobrevivía en el interior del árbol alimentándose de los parásitos que poblaban su corteza. Cantaba, porque no tenía otra cosa que hacer, y porque es lo que suelen hacer los pájaros, a quienes con una voz tan hermosa se les ha negado la poesía. Al árbol, a cuya especie se les ha negado la palabra, disfrutaba secretamente de la compañía de su habitante, aceptándolo como nativo de su propio cuerpo. Amargado por el paso de los años como había estado, el nuevo inquilino le fue dando sin saberlo las fuerzas que le faltaban para medrar con sus raíces más profundamente y rivalizar, con la interminable paciencia de su naturaleza, con sus hermanos mayores. Inevitablemente pasó el tiempo, quizás el último actor de toda historia, y llegó la primavera, permitiendo al pajarillo reencontrarse con su bandada, y salir de nuevo al exterior, y buscar una pareja, y construir un nido en las copas de los árboles, tal como hacen las aves. Al árbol le permitió aprovechar sus fuerzas, cerrar sus heridas y tomar algunos de los rayos de sol que antaño no quería alcanzar. A la primavera, engañosa como toda belleza, le siguió la decadencia seca del verano y la melancolía del otoño, marchitando las hojas que habían crecido verdes entre aquel esplendor.
Esta vez, el pájaro supo marchar, o tal vez no, al fin y al cabo, todos los pájaros se parecen, cubiertos de colores y canciones de silbidos, como la primavera, pero aún así el árbol esperó. Todo el largo invierno agudizó sus sentidos buscando el trino de su colono del año anterior, y tras mucha nieve sin notarlo, desistió, retrayéndose, volviendo el año siguiente a su mismo aislamiento.
Pero esa no es toda la historia, ya que, aunque todos los pájaros se parecen, aunque todos cantan y están vestidos igual, aquel pájaro había intentado regresar, movido por un pensamiento más humano que su instinto, al corazón de su antiguo salvador. Sin embargo su capacidad humana terminó en ese impulso, y al encontrarse con la entrada a la corteza insuficiente para entrar, había esperado donde en otro tiempo hubo un agujero, y que la primavera y su fuerza habían cerrado. Y durante esas nieves, durante ese frío, incapaz de alimentarse ni volar, ni guarecerse en ningún lugar, sucumbió.
El árbol fue incapaz de sobrevivir solo, sin saber que había cerrado las puertas a aquello que le dio vida, y el pájaro fracasó en su lealtad, al no comprender que una vez completada una historia es mejor seguir tu camino a preocuparte por quien ya debería haber aprendido.

domingo, 24 de enero de 2010

Al Poeta

Lo que no soporto es el silencio que queda después del disparo.
Fusilado el revolucionario marica algo se para, y muere no solo el hombre, no solo sus sueños y sus palabras. Muere cuanto le quedó por escribir. Entre nosotros no nos miramos, sin saber si fue nuestra bala la que lo mató, si tal vez erré el tiro a posta o quizás fui el único que disparó a su pecho, apuntando al corazón ansioso por poner fin a ese momento, por no atravesar su estomago y que necesitara otra ráfaga. Tal vez aquella poesía era demasiado para existir en este tiempo donde solo importa vencer sobre los vencidos. Y no queremos pensar en ello, pero el silencio, el silencio es insoportable.
Nos retiramos sin formación, dispuestos a olvidar, dispuestos a relegar entre Víznar y Alfacar a quien ya se ha marchado, y deja el silencio tras de sí.

Cansado

Estaba destrozado como un libro abierto por veinte páginas a la vez. Roto como un cigarro para un porro, apagado como una colilla, agotado como un mechero sin gas. Estaba realmente cansado. No como se está después de correr cien metros para no perderte una cita importante, no como si trabajara catorce horas al día, no como después de follar, ni mucho menos. Estaba cansado.
Se revolvía contra sí mismo sin ganas de jugar con sus propias pelotas, como un gato intentando lamerse la espalda manchada de mierda, se retorcía como si lo electrocutaran, y apenas nadie veía sus convulsiones camufladas de fugaces miradas tristes. No lloraba, no por ganas, si no porque estaba derrotado. Sonreía, besaba y abrazaba por no sentirse un extraño entre tantos gestos de apoyo disimulados. No protestaba, no se lamentaba, no llamaba la atención sobre su desidia frente al muro de su propia cabeza. No lo hacía porque no podía. No lo hacía por falta de fuerzas.
Tramaba futuros alimentados de recuerdos, incentivos a su tortura para darle cuerda. Y yo lo veía, y no hacía nada, salvo comportarme como si todo estuviera bien, porque no podía cambiar el mundo desde mi lado del espejo.

martes, 19 de enero de 2010

Übermensch Por Obligación

Sentados en el tejado, observábamos la ciudad desperezarse. Algún borracho regresaba para casa recogiendo parte de su vergüenza, los coches empezaban a rugir en sus madrigueras y nosotros, nos estábamos quedando sin tabaco. Hacía bastante frío, y todo estaba cubierto de azul y gris por una lluvia fina, casi imperceptible, que dibujaba Madrid hasta el horizonte. Tal vez, hasta Móstoles.
–Mira, están abriendo el bar –Dijo mi acompañante.
–Ahora vuelvo –Y salté.
Más que un salto fue un intento por seguir avanzando donde terminaba el camino de baldosas naranjas. Escuche un “espera” rodeado por muchos signos de exclamación, pero tenía prisa por llegar al bar y no le hice caso, llevaba horas diciéndome lo importante que era mantenernos fijos en nuestras convicciones y no desesperar por no encontrar trabajo ni de limpiapajas. Mi voluntad tenía un objetivo, estaba ocho plantas más abajo y tres con treinta insertado por el más minúsculo agujero de la maquina.
Cuando la gente se cae por la ventana en las películas todo va muy despacio, o les da tiempo a pensar muchas cosas. Carente de la experiencia, como todos esos directores, pensé que tendría algún tipo de revelación, a parte de una mirada fugaz en el cuarto de una vecina. Lo último que verían mis ojos, era a un ama de casa de sesenta años pasando la aspiradora con una bata azul de flores blancas estampadas, zapatillas viejas, rosas, y pobladas de pelo de gato, habitadas posiblemente por una civilización de seres mágicos llamados patógenos.
Como no me parecía justo, me detuve a un metro del suelo, más o menos, roté sobre mi centro gravitatorio, y cogí una postura adecuada para continuar hasta el bar, mientras bajaba suavemente para tomar tierra. Me prometí que no volvería a bajar de aquella manera, pero una vez comprada la dosis de nicotina soñé con subir otra vez, con remontar el vuelo hasta aquel tejado donde me esperaba una litrona mediada y una conversación agradable, por no mencionar las vistas. Pero se me había pasado el momento, y aunque fui capaz de retar a la realidad por salvar mi vida, me resultó imposible destacar por mi propia disposición… Y dije:
–Un paso, dos…

Y cogí el ascensor.

jueves, 14 de enero de 2010

No Crece en los Árboles

El sujeto impresentable que aparecía por la esquina se llamaba Charly, por ejemplo. Puede ser, que en realidad se llamara Carlos, pero ya sabéis como es esto, un día estas entre tus amigos, a alguien le da por llamarte con un nombre guiri, y estás sentenciado. Como iba diciendo antes de esta aclaración gratuita sobre la onomástica barriobajera, Charly estaba dando un paseo desde el punto C al punto A, a los que llamaremos “Bar de Su Camello” y “Casa” respectivamente. Al punto B podemos llamarle “Estanco”. El sol ya se había marchado, pero la verdad es que siempre se le trataba como un extraño en aquel barrio. Aquellos edificios estaban diseñados para vivir en una eterna penumbra, como si siempre estuvieran cubiertos de polvo, y Charly encajaba perfectamente en la estampa. Con su chaqueta vaquera, los parches de Ñu, una camiseta pequeña y desgastada y unas zapatillas remendadas con pegamento de los chinos, descendía pensando en su carencia laboral, su falta de independencia y el porro que se iba a fumar en la ventana en cuanto llegase a casa, cuando un brazo apareció por encima de su hombro izquierdo. Después notó algo muy duro que no se correspondía con la altura que adjudicaba al propietario del brazo, y dedujo que era algún tipo de objeto de metal, seguramente de una aleación similar al acero, resistente a la oxidación y con partes móviles.
–Dame todo lo que lleves, no quiero hacerte daño, pero dame lo que tengas o te achicharro –La voz de aquel tipo sonaba desesperada.
Charly llevaba la china de cinco escasos en el paquete por motivos legales (en el de abajo), y no tenía mucho más. Sacó unas monedas y algo de pelusilla del bolsillo del pantalón e intentó enseñárselo a su asaltante. Asaltante es una palabra fea, a partir de aquí le llamaremos abrazador.
–¿Solo eso? –Preguntó dolido el abrazador.
–Bueno, también tengo un mechero y cuatro o cinco cigarros sueltos, pero me gustaría poder fumar algo estos días.
–Mira tío, necesito que me des más, tengo facturas y bocas que alimentar.
–No tengo nada de valor.
–Vamos al cajero y sacas pasta.
–No tengo tarjeta de crédito. Tenía una, pero me denegaron el crédito. Si la quieres es tuya. Tienes que pagar doscientos y pico euros más comisiones y podrás utilizarla hasta un límite de trescientos.
–Mira chaval, no me vaciles que no estoy para tonterías.
Charly no pudo resistirse.
–¿Por qué no vendes la pistola?
–¿Cómo…? –El abrazador estaba un poco descolocado– ¿Pero tú que te has creído? ¿Qué puedo entrar con esto en cualquier tienda de segunda mano y venderlo así como así?
–No sé, hay crisis, mucha gente cambia de trabajo. Yo no te lo compraría, no es mi estilo, pero hay gente que seguro que está deseando dedicarse a esto…
–Anda, vete a tomar por culo, que no te mato porque vales menos que una bala –Era cierto, y Charly lo sabía desde hacía años–. ¡Largo! ¡A tomar por culo!
Charly siguió caminando sin preocuparse demasiado. Había perdido unos tres, así que no podría comprar tabaco hasta principios de mes, con el subsidio, pero sí bajaba a la parada del autobús después de comer podía conseguir un par de cigarros para echarse algún canuto durante aquellos días. A pesar de saber bien que no iban a dispararle, le temblaban las piernas un poco por la adrenalina. Uno nunca se acostumbra a lo de las amenazas de muerte. Lo mejor que podías hacer era no tener nada que ofrecer, a menos que fueras mujer, en ese caso era mejor correr, pero ese es otro tema.

Apenas a diez metros de su casa había un grupo de mujeres conocidas amistosamente por la comunidad como “Las Putas del Barrio”. Le saludaron y le pidieron fuego. Todas sabían que Charly no podía pagar un servicio, y para él, era una sensación incluso agradable. Era uno de los pocos hombres en su vida al que trataban con normalidad. No le querían por su dinero, no le querían para nada más que para hablar, aunque el soñara con llevarse a alguna a la cama. Se imaginaba abrazadonola, sin preocupaciones, después de haber disfrutado el uno del otro, y que no le pidieran sesenta, ni se fueran con prisa por perder clientes. Pero dentro de lo que cabía, allí estaba, rodeado de mujeres (algunas guapas), y manteniendo una agradable conversación sobre lo mal que estaba la vida. A todo el mundo le gusta hablar de eso. Es como hablar del tiempo, pero con rabia. Da pie a poner tu mejor cara de indignación, a increpar al estamento que quieras como culpable, y en general, a desahogarte. A compartir algo con las demás personas. Como los cristianos en sus inicios.
–La cosa está muy mal chico –Dijo Denisse, una morena de cuarenta y tantos, que en realidad se llamaba Claudia–. Nosotras antes nos hacíamos cuatrocientos o quinientos fáciles, y ahora igual son cien o doscientos un buen día.
–Al menos tenéis trabajo, a mi no me contratan ni en el McPollas.
–Pero quien te va a contratar a ti, boquerón –Gritó, pero sin exclamación, Marthia, conocida por sus familiares como Toñi–, con esos pelos, y esa pinta de yonqui que llevas siempre.
–¡Ay! Déjale al chico, mira que cara más linda tiene –Replicó una tercera que tenía el pelo rubio teñido, y a la que no recuerdo muy bien.
–Pues eso te digo –Continuó Toñi–. Que si se arreglara un poco se las llevaba de calle, y seguro que encontraba una chica que lo enderezara.
Charly pensó que ya estaba enderezado, pero se resistió a hacer un chiste tan fácil sin dinero para pagar la factura.
–Tu ni caso chico, sigue siendo igual de bueno que es lo único que vale en la vida. Lo demás siempre se soluciona –Argumentó una de las putas.
–Ya, pero hay que pagar facturas, alquiler… Y el dinero no crece en los árboles.
–A algunos parece que si mi niña. El del cochazo negro ya te ha venido a ver tres veces esta semana.
La conversación siguió un rato, y después el chico subió a casa para no espantar la clientela de sus vecinas. Ver a Charly junto a aquellas mujeres no inspiraba confianza, daba la impresión de que se lo hacían con cualquiera.


Tras cenar con su madre, se quedó un rato en la ventana viendo el panorama. Aquella ciudad les debía odiar. Debía querer deshacerse de todos ellos como el perro que se muerde las garrapatas, y ellos, continuaban manteniendo la cabeza dentro del suelo confiando en crecer algún día. Se encendió el canuto, se tumbó en la cama y se fue quedando dormido. Mañana tenía que levantarse pronto, ir al bar a mirar el periódico y suplicar algunas entrevistas de trabajo, pero eso era dentro de unas horas, y en ese momento, la ciudad se iba convirtiendo en un paisaje onírico y lejano. Un lugar donde descansar.
Le pareció que acababa de cerrar los ojos cuando se desveló. Algo le había despertado, un sonido fuerte en la calle. Era como si se hubiera incorporado un segundo antes de que el director dijera "acción", porque justo después llegaron los primero gritos de la calle. Una de las garrapatas había sacado la cabeza, y otra se la había volado, en lugar de abrazarla.

lunes, 11 de enero de 2010

La Noche en Que No Nos Conocimos

Una fiesta esnob y yo sin ningún tipo de pensamiento superficial que expresar con profundidad. Era cierto que daba bastante pena verme, aunque desde mi punto de vista era toda aquella gente quien sobraba. Todos luchaban por contar la mayor tontería, por presumir de su estupidez hablando sin pausa, por alardear de una elegancia inexistente, expuesta en collares de perlas y cigarros con largas boquillas de las que desconozco el nombre. Aquella tropa lo conocía, estoy seguro. Por mi parte, parecía un mendigo. Con mi chaqueta de las rebajas de Zara, los pantalones vaqueros, negros, eso sí, y unas botas chiruca. Comiendo pipas y fumando, observando el panorama para cuando tuviera que retratar semejante orgia de borreguismo elitista en un personaje puntual. Nadie creería que existieran tantas personas así en una ciudad como Burgos.
Fue sobre el cuarto ponche de cereza cuando me fije en una cara conocida. Era una cantautora de Madrid, solía tocar en un pequeño bar de un barrio de mala fama, y los soñadores solíamos verla cuando nos enterábamos. Tenía una foto suya en el armario, y las chicas pensaban que era mi novia. Ciertamente, yo no era el primer perroflauta que soñaba con una chica como aquella. No solo porque su cara fuese preciosa (reflejaba felicidad hasta cuando no sonreía), si no por pensar que una mujer así pudiera despertarte tocando para ti.
Relleno de alcohol suave, y algo, que a falta de una palabra mejor llamaremos “valor”, me acerque a ella. Me imagine que la conocía, no se me da bien mentir, y le pregunté si me recordaba de un día tocando en el metro. Creo que reconoció el engaño, pero le agradaba encontrar una manera de huir de toda aquella farsa. Hablamos de música, de poesía y nos reímos pensando cuantos de los asistentes escribían best-sellers. Nos convertimos en unos parias dentro de aquel delicado ecosistema artificial, disfrutando de nuestra mentira, soltando carcajadas que retumbaban en las paredes barrocas, que intentaban ser victorianas. Y cantamos. Dimos palmas a sabiendas de las miradas que se posaban sobre nosotros, como cincuenta padres avergonzándose de los niños jugando en un funeral. Y nos abrazamos, y no recuerdo mucho más, pero nos abrazamos, y al menos yo era feliz.
No he vuelto a saber de ella, más que sacó un disco y se encamina al estrellato. Tal vez ella también me engaño. Tal vez sí que nos conocíamos. Tal vez deberíamos habernos conocido. Tal vez alguna canción hable de nosotros. Tal vez esta historia sea solo una mentira construida sobre una mentira y jamás ocurrió. Tal vez esta canción que escucho hable de cuando soñamos que hablábamos en una fiesta esnob.

domingo, 3 de enero de 2010

Historias de Terror

Tenía miedo. Era una mujer que vivía asustada, el contrapunto al Juan del cuento, era como vivir siempre con el frío metido en los huesos. Era vivir sola, en una habitación gigantesca y gris, con miles de personas sin rostro observándola desde lejos, bajo un cielo de fluorescentes intermitente e interminable. Cuando daba un paso, la gente se acercaba, y ella siempre retrocedía de vuelta a su lugar. Nunca llegó a dar el doceavo paso.

Tenía miedo. Pasaba la vida en un poste clavado sobre el mundo, haciendo equilibrios con el viento que la empujaba en todo momento. A veces pensaba en dejarse caer, pero llegando a la cima solo piensas en que hay más arriba. Creía que otros construían postes como el suyo alrededor, incluso algunos trepaban por su poste, pero ella no se detenía a hablar con ningún pájaro que pudiera retrasarla. Y hacía equilibrios sobre su alfiler, inconsciente de que no podía subir más.

Tenía miedo. Miraba a sus padres y les veía alejarse entre ellos, alejarse de ella. Le hablaba a la pequeña e intentaba tranquilizarla, pero apestaba a miedo, a soledad. Nunca estuvo en sus manos, y dejó de intentar controlar nada. Hoy vive con miedo de que todo se pueda romper con la misma fragilidad, de que no haya nada constante más allá del cristal que estalla contra el suelo.

Tenía miedo. Cada vez que se miraba en el espejo tenía que convencerse de que no le colgaba grasa de los brazos, de que la curva de su vientre era normal, de que tenía tetas. Se odiaba y tenía miedo de no quererse jamás, de que su cabeza nunca creyera las palabras de sus amantes. Se la escuchaba llorar en el baño, sentada en el plato de la ducha.

Tenía miedo de no solucionarlo todo. De no haber ayudado a nadie, de no haber cambiado nada, de no haber sabido arrancar la sonrisa cuando debía.