jueves, 14 de enero de 2010

No Crece en los Árboles

El sujeto impresentable que aparecía por la esquina se llamaba Charly, por ejemplo. Puede ser, que en realidad se llamara Carlos, pero ya sabéis como es esto, un día estas entre tus amigos, a alguien le da por llamarte con un nombre guiri, y estás sentenciado. Como iba diciendo antes de esta aclaración gratuita sobre la onomástica barriobajera, Charly estaba dando un paseo desde el punto C al punto A, a los que llamaremos “Bar de Su Camello” y “Casa” respectivamente. Al punto B podemos llamarle “Estanco”. El sol ya se había marchado, pero la verdad es que siempre se le trataba como un extraño en aquel barrio. Aquellos edificios estaban diseñados para vivir en una eterna penumbra, como si siempre estuvieran cubiertos de polvo, y Charly encajaba perfectamente en la estampa. Con su chaqueta vaquera, los parches de Ñu, una camiseta pequeña y desgastada y unas zapatillas remendadas con pegamento de los chinos, descendía pensando en su carencia laboral, su falta de independencia y el porro que se iba a fumar en la ventana en cuanto llegase a casa, cuando un brazo apareció por encima de su hombro izquierdo. Después notó algo muy duro que no se correspondía con la altura que adjudicaba al propietario del brazo, y dedujo que era algún tipo de objeto de metal, seguramente de una aleación similar al acero, resistente a la oxidación y con partes móviles.
–Dame todo lo que lleves, no quiero hacerte daño, pero dame lo que tengas o te achicharro –La voz de aquel tipo sonaba desesperada.
Charly llevaba la china de cinco escasos en el paquete por motivos legales (en el de abajo), y no tenía mucho más. Sacó unas monedas y algo de pelusilla del bolsillo del pantalón e intentó enseñárselo a su asaltante. Asaltante es una palabra fea, a partir de aquí le llamaremos abrazador.
–¿Solo eso? –Preguntó dolido el abrazador.
–Bueno, también tengo un mechero y cuatro o cinco cigarros sueltos, pero me gustaría poder fumar algo estos días.
–Mira tío, necesito que me des más, tengo facturas y bocas que alimentar.
–No tengo nada de valor.
–Vamos al cajero y sacas pasta.
–No tengo tarjeta de crédito. Tenía una, pero me denegaron el crédito. Si la quieres es tuya. Tienes que pagar doscientos y pico euros más comisiones y podrás utilizarla hasta un límite de trescientos.
–Mira chaval, no me vaciles que no estoy para tonterías.
Charly no pudo resistirse.
–¿Por qué no vendes la pistola?
–¿Cómo…? –El abrazador estaba un poco descolocado– ¿Pero tú que te has creído? ¿Qué puedo entrar con esto en cualquier tienda de segunda mano y venderlo así como así?
–No sé, hay crisis, mucha gente cambia de trabajo. Yo no te lo compraría, no es mi estilo, pero hay gente que seguro que está deseando dedicarse a esto…
–Anda, vete a tomar por culo, que no te mato porque vales menos que una bala –Era cierto, y Charly lo sabía desde hacía años–. ¡Largo! ¡A tomar por culo!
Charly siguió caminando sin preocuparse demasiado. Había perdido unos tres, así que no podría comprar tabaco hasta principios de mes, con el subsidio, pero sí bajaba a la parada del autobús después de comer podía conseguir un par de cigarros para echarse algún canuto durante aquellos días. A pesar de saber bien que no iban a dispararle, le temblaban las piernas un poco por la adrenalina. Uno nunca se acostumbra a lo de las amenazas de muerte. Lo mejor que podías hacer era no tener nada que ofrecer, a menos que fueras mujer, en ese caso era mejor correr, pero ese es otro tema.

Apenas a diez metros de su casa había un grupo de mujeres conocidas amistosamente por la comunidad como “Las Putas del Barrio”. Le saludaron y le pidieron fuego. Todas sabían que Charly no podía pagar un servicio, y para él, era una sensación incluso agradable. Era uno de los pocos hombres en su vida al que trataban con normalidad. No le querían por su dinero, no le querían para nada más que para hablar, aunque el soñara con llevarse a alguna a la cama. Se imaginaba abrazadonola, sin preocupaciones, después de haber disfrutado el uno del otro, y que no le pidieran sesenta, ni se fueran con prisa por perder clientes. Pero dentro de lo que cabía, allí estaba, rodeado de mujeres (algunas guapas), y manteniendo una agradable conversación sobre lo mal que estaba la vida. A todo el mundo le gusta hablar de eso. Es como hablar del tiempo, pero con rabia. Da pie a poner tu mejor cara de indignación, a increpar al estamento que quieras como culpable, y en general, a desahogarte. A compartir algo con las demás personas. Como los cristianos en sus inicios.
–La cosa está muy mal chico –Dijo Denisse, una morena de cuarenta y tantos, que en realidad se llamaba Claudia–. Nosotras antes nos hacíamos cuatrocientos o quinientos fáciles, y ahora igual son cien o doscientos un buen día.
–Al menos tenéis trabajo, a mi no me contratan ni en el McPollas.
–Pero quien te va a contratar a ti, boquerón –Gritó, pero sin exclamación, Marthia, conocida por sus familiares como Toñi–, con esos pelos, y esa pinta de yonqui que llevas siempre.
–¡Ay! Déjale al chico, mira que cara más linda tiene –Replicó una tercera que tenía el pelo rubio teñido, y a la que no recuerdo muy bien.
–Pues eso te digo –Continuó Toñi–. Que si se arreglara un poco se las llevaba de calle, y seguro que encontraba una chica que lo enderezara.
Charly pensó que ya estaba enderezado, pero se resistió a hacer un chiste tan fácil sin dinero para pagar la factura.
–Tu ni caso chico, sigue siendo igual de bueno que es lo único que vale en la vida. Lo demás siempre se soluciona –Argumentó una de las putas.
–Ya, pero hay que pagar facturas, alquiler… Y el dinero no crece en los árboles.
–A algunos parece que si mi niña. El del cochazo negro ya te ha venido a ver tres veces esta semana.
La conversación siguió un rato, y después el chico subió a casa para no espantar la clientela de sus vecinas. Ver a Charly junto a aquellas mujeres no inspiraba confianza, daba la impresión de que se lo hacían con cualquiera.


Tras cenar con su madre, se quedó un rato en la ventana viendo el panorama. Aquella ciudad les debía odiar. Debía querer deshacerse de todos ellos como el perro que se muerde las garrapatas, y ellos, continuaban manteniendo la cabeza dentro del suelo confiando en crecer algún día. Se encendió el canuto, se tumbó en la cama y se fue quedando dormido. Mañana tenía que levantarse pronto, ir al bar a mirar el periódico y suplicar algunas entrevistas de trabajo, pero eso era dentro de unas horas, y en ese momento, la ciudad se iba convirtiendo en un paisaje onírico y lejano. Un lugar donde descansar.
Le pareció que acababa de cerrar los ojos cuando se desveló. Algo le había despertado, un sonido fuerte en la calle. Era como si se hubiera incorporado un segundo antes de que el director dijera "acción", porque justo después llegaron los primero gritos de la calle. Una de las garrapatas había sacado la cabeza, y otra se la había volado, en lugar de abrazarla.

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