lunes, 11 de enero de 2010

La Noche en Que No Nos Conocimos

Una fiesta esnob y yo sin ningún tipo de pensamiento superficial que expresar con profundidad. Era cierto que daba bastante pena verme, aunque desde mi punto de vista era toda aquella gente quien sobraba. Todos luchaban por contar la mayor tontería, por presumir de su estupidez hablando sin pausa, por alardear de una elegancia inexistente, expuesta en collares de perlas y cigarros con largas boquillas de las que desconozco el nombre. Aquella tropa lo conocía, estoy seguro. Por mi parte, parecía un mendigo. Con mi chaqueta de las rebajas de Zara, los pantalones vaqueros, negros, eso sí, y unas botas chiruca. Comiendo pipas y fumando, observando el panorama para cuando tuviera que retratar semejante orgia de borreguismo elitista en un personaje puntual. Nadie creería que existieran tantas personas así en una ciudad como Burgos.
Fue sobre el cuarto ponche de cereza cuando me fije en una cara conocida. Era una cantautora de Madrid, solía tocar en un pequeño bar de un barrio de mala fama, y los soñadores solíamos verla cuando nos enterábamos. Tenía una foto suya en el armario, y las chicas pensaban que era mi novia. Ciertamente, yo no era el primer perroflauta que soñaba con una chica como aquella. No solo porque su cara fuese preciosa (reflejaba felicidad hasta cuando no sonreía), si no por pensar que una mujer así pudiera despertarte tocando para ti.
Relleno de alcohol suave, y algo, que a falta de una palabra mejor llamaremos “valor”, me acerque a ella. Me imagine que la conocía, no se me da bien mentir, y le pregunté si me recordaba de un día tocando en el metro. Creo que reconoció el engaño, pero le agradaba encontrar una manera de huir de toda aquella farsa. Hablamos de música, de poesía y nos reímos pensando cuantos de los asistentes escribían best-sellers. Nos convertimos en unos parias dentro de aquel delicado ecosistema artificial, disfrutando de nuestra mentira, soltando carcajadas que retumbaban en las paredes barrocas, que intentaban ser victorianas. Y cantamos. Dimos palmas a sabiendas de las miradas que se posaban sobre nosotros, como cincuenta padres avergonzándose de los niños jugando en un funeral. Y nos abrazamos, y no recuerdo mucho más, pero nos abrazamos, y al menos yo era feliz.
No he vuelto a saber de ella, más que sacó un disco y se encamina al estrellato. Tal vez ella también me engaño. Tal vez sí que nos conocíamos. Tal vez deberíamos habernos conocido. Tal vez alguna canción hable de nosotros. Tal vez esta historia sea solo una mentira construida sobre una mentira y jamás ocurrió. Tal vez esta canción que escucho hable de cuando soñamos que hablábamos en una fiesta esnob.

3 comentarios:

  1. Y dejar de lado la vereda de la puerta de atrás, ke bonito sería todo si nos levantasemos al lado de una cantautora tocando suavecito por la mañana...con un par de rayos del sol arañando la almohada... ¡Hay que volver al monstruo!

    Norman Bitch

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  2. El monstruo nos derrotó, a mí al menos. Debe haber nuevos desafíos, ¿Qué tal si seguimos a San Jorge y esta vez buscamos un dragón?

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  3. Gracias por compartir tu escrito. La vida es en cierta manera caprichosa, unos instantes de felicidad a veces dejan huellas profundas y memorables.

    Un saludo,

    Dalia

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