jueves, 18 de febrero de 2010

Queridos Bastardos

Os admiro. Admiro vuestro anonimato y vuestro desparpajo respaldado por instituciones y jurados. Vuestra malsana afirmación de lo oscuras que son las tormentas, de que vuelvan las golondrinas por el mismo camino que jamás habéis andado. Admiro vuestra estupidez que os permite ser valientes, vuestros libros llenos de retorica ya narrada y rimas copiadas a escritores que fueron callejeros. Os admiro por encima de los clásicos, vuestro brillo de estrella fugaz forrada de monedas brilla por encima en los estantes de la reiteración, de la venta al lector poco informado y los subproductos, que adornan las paredes de sus áticos con literatura reconocible. Admiro que seáis capaces de crear una única historia con doce personajes que no vivieron ayer, ni vivirán al cerrar las tapas de vuestra decima edición. Admiro vuestros misterios basados en historia de ficción, vuestros vampiros lampiños y vuestras vengadoras de títulos interminables. Admiro que, entre tanta escoria reiterada, sigáis viviendo de lo que menos os gusta hacer. Admiro que no tengáis nada que contarnos y sigamos tragando.
Os admiro, os adoro en cada concurso creado para Robín Hood, donde los mindundis nos enseñamos nuestras roñosas libretas desgastadas por el viaje en autobús, carentes de vuestro talento, llenas de facundia estéril a la caterva, cansada en demasiados autobuses. Desde las últimas filas soñamos con ser como vosotros, con vivir odiando la literatura en todas sus formas, hasta el punto de desmembrarla para un público que viene a comerse las gambas. Mis amados carniceros, con que arte cercenáis la más bella historia para que tenga principio, nudo y final, y no haya historias por debajo ni por encima, ni antes ni después de vuestro verbo, para que el libro sea un artículo audiovisual del siglo XXI, en papel, que solo se pueda utilizar y disfrutar una vez. No os puedo dejar de admirar por esa lectura única e inefable, por esa manera de transmitir desde el frontal a la glándula pineal, lo mismo. Cuanta exactitud. Cuanto acierto en las formas y la estrategia que adelantan la muerte de un medio, por falta de tiempo entre teleserie y partido. Desde mi sana envidia os deseo cuanto sembráis, que alcancéis pronto vuestro objetivo y nadie lea si no por inquietud científica. Que muera Quijote en un campo perdido de Castilla y jamás alcance su venganza Edmundo, ni su homónimo viaje más allá de un banquete, donde Winston le cuente la felicidad del mundo. Que mueran las historias. Solo entonces, cuando estéis saciados del verbo de los genios y os hayáis hecho collares con sus intestinos aún llenos, dejaré de adoraros. Ese día os amare como un editor ama un contrato. Os querré, porque no tendréis nada más que destruir, y entre la ponzoña, en los callejones y en los cafés llenos de humo de contrabando, nosotros seguiremos acostándonos cada noche con la palabra.

8 comentarios:

  1. Recordaba vagamente este texto..."llenas de facundia estéril a la caterva", jajajaja m encanta...

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  2. Buenas, y muchas gracias por comentar, aunque no me quedan claras las impresiones, pero supongo que no son muy desfavorables.

    Un saludo a todos.

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  3. Muy bien. Utilizas bastante bien el látigo contra los mercaderes. Con ironía y sentido del humor. De todos modos mejor evitar las moscas del mercado. Un saludo.

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  4. Lo mío es pasar de largo y dejar a los locos gritar, pero no puedo evitar, de vez en cuando, invitar a comer a un par de reyes o a algún mago.

    Muchas gracias por leer y comentar, un saludo.

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  5. Entiendo tu decepción por lo institucionalizado de la palabra, de hecho me siento identificada en este texto..
    pero recuerda,
    el exo de no ser valorado, no significa que no tenga valor.
    y a seguir con tu arte reaccionario!!

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  6. Hola anónima. Ante todo, gracias por comentar. Creo que debería dejar claro que este texto es una carta de amor a la palabra, no de puro odio al mundo editorial, del que me moriría por formar parte, para que negarlo. Simplemente, creo que mientras leer y escribir sea algo que sirva para darse aires, la palabra pierde fuerza.

    Un saludo.

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