martes, 23 de febrero de 2010

Shakespeare No Lo Supo

Creo que fue en el Teatro Cervantes. Para quien no la conozca, es una sala no demasiado grande, acogedora y de techo alto, mucho más larga que ancha, situada en el centro de Valladolid. El día al que me refiero, parecía que no lo hubieran limpiado en años. El suelo estaba pegajoso y no nos hubiera sorprendido romper telas de araña al abrir las butacas. El centro no podía pagar una sesión normal, y nos habían colado en los ensayos finales a ver si aprendíamos algo. Por aquel entonces no era muy consciente de que el resto de representaciones las coparían excursiones de La Salle o Lourdes, que nosotros estábamos allí como un favor. No tengo muy claro si a nosotros o al limitado presupuesto del centro.
Al fin y al cabo, nosotros éramos solo una panda de salvajes. Éramos la antesala de lo que ahora temen los profesores. Peleábamos en medio de clase, por tonterías, en autenticas reyertas sin cuartel; lanzábamos las sillas y pupitres por la ventana, fumábamos en la hora de gimnasia y nos negábamos a correr, dedicándonos a dar vueltas al patio como si estuviéramos en prisión. Debía ser algo genético, algo aprendido del entorno gris, de que los profesores nunca nos preguntaran a que se dedicaba papá. O tal vez tan era el farol de quien sabe que está partida se juega a una sola mano.
Ya habíamos perdido, ya lo sabíamos, y aún así, seguíamos subiendo las apuestas.
Aquel día nos comportamos lo mejor que sabíamos, no sé si por respeto a que alguien nos tirara un hueso y nos dejara salir del centro o porque las actrices tenían buen cuerpo, pero estábamos callados, atendiendo a las palabras de aquellos actores de veintipocos. Ahora lo recuerdo, algunos de mis compañeros tenían casi la edad de los comediantes. Por supuesto que aquel mundo estaba abierto de forma amateur para nosotros, si lo trabajamos un poco, pero no lo supe hasta los diecisiete, o por ahí, cuando ya no estaba en el mismo lugar ni en la misma situación. Dos años antes, volviendo a aquella función, solo me preguntaba como lo habían conseguido aquellos tíos. Había uno con pinta de broncas, con el pelo largo y barba de tres días. Parecía uno de nosotros de haber tenido un poco más de suerte, solo un poco. Y tenía el papel principal. Si señores, él, reflejo futuro de nuestros íntimos sueños de gloria, era Hamlet.
Llevaba vaqueros, una camiseta rota tipo grunge y una especie de perneras sobre las botas militares que completaban su identidad como protagonista. Ciertamente, no sé si la obra fue buena, si al verla hoy tal cual fue, no la juzgaría con menor benevolencia. Lo que sí ocurrió, es que tuvimos respeto por su trabajo, que para algunos fue una luz desde el fondo del pozo y para otros la confirmación de que no les quedaban fichas para apostar. Salimos con la lección de que llevábamos zapatillas en un casino, pero también, que no pueden echarte cuando el resto de la mesa corea tu nombre mientras te lo juegas todo, una y otra vez, a un cuatro y un cinco, hasta tener suficiente para comprarte los puñeteros zapatos.

2 comentarios:

  1. Bueno, supongo que ya ha pasado el tiempo de demostrar nada a nadie: solos ante el peligro de ser y desarrollandonos según nuestra naturaleza. Te expresas muy bien. Un saludo. Rimbaud, ya sabes, fué un inadaptado.

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  2. Ojalá estuviera pasado. No puedo evitar preguntarme a diario por mí mismo, por cómo soy y si realmente sigo mi naturaleza o me dejo llevar por los acontecimientos. No es una demostración ante el mundo de virtud ni nada parecido, es solo que estoy lejos de crecer hasta lo que puedo ser.

    Rimbaud era más brillante, o al menos se el entendía mejor, un saludo y mil gracias por comentar.

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