viernes, 26 de marzo de 2010

Consciencia Espacio-Temporal

Era un criajo rubio, un ideal del nacional socialismo babeando en la cola de la tienda de discos. El flequillo le tapaba un ojo y parte del acné, sus dientes harían lo mismo por su labio inferior, pero tenía la boca abierta. La señorita Kariba firmaba y sonreía rutinariamente a cuantos idiotas pasaban por la mesita. Sobre ella, dos torres con gafas de sol escrutaban la situación. Tenían cara de llamarse Rufus. Los dos.
Mi héroe se asomaba por el borde de la fila sujetando fuertemente el compact con las dos manos, sudadando, mordisqueándose el labio inferior. Si no fuera porque estaba en aquel preciso lugar, con aquella camiseta hortera de letras rosas que rezaba “Kariba Galactic Pop Star Destiny”, cualquiera hubiera creído que se estaba meando encima. No tengo ninguna prueba de que lo hiciera. El caso es que la cola avanzaba a un ritmo moderado, acompañando su bailoteo nervioso, cuando a pocos pasos de la estrella tropezó con sus propios cordones, precipitándose sobre las grupees preadolescentes que cuchicheaban sobre lo bajita que era en persona su ídolo. Como el Mar Rojo ante Moisés, alertadas por su sentido arácnido, las jóvenes promesas de la sobremesa televisiva abrieron el camino hasta las baldosas. Algo sonó muy mal, con ese toque que traspasa lo cómico e indica a cuantos están alrededor que esta caída no tiene nada de gracioso. El chico tuvo la mala suerte de permanecer consciente y girar sobre sí mismo, observando la colección de caras llenas de miedo. Intentó incorporarse, pero el mundo estaba girando a unos mil seiscientos y pico kilómetros por hora, y le resultaba difícil centrarse.
–¿Estás bien? –Dijo alguien mientras le tendía la mano, pero el sonido de su voz fue silenciado por el rugido de la materia chocando a toda velocidad, en todas partes, y especialmente contra su tallo cerebral. Intentó centrar la vista.
–Est… –Balbuceó.
–Chico, ¿Puedes ponerte en pie? – Saber que el sistema solar se mueve a unos ochocientos mil kilómetros por hora respecto al centro de la galaxia es una cosa, pero ser consciente de ello de golpe puede resultar traumático, principalmente porque el cuerpo no está diseñado para soportar esa velocidad, y eso, el cerebro lo sabe. El chaval no había oído hablar ni de lo que era un cometa, y le estaba costando bastante trabajo comprender por qué no se le despegaba la cara del cráneo.
–Deberíamos llevarlo a un hospital –La vista empezaba a fallar–. Esa caída no ha sido nada buena –Parar, tenía que parar, centrarse, todo se movía tan rápido–.
–Yo una vez me caí en clase y me quedé inconsciente –Apuntó un ego de doce años a unos veinte mil kilómetros de la consciencia del autentico adolescente.
Y entonces llegó el silencio real. Fue como si se le abrieran los ojos mientras ya los tenía abiertos, como si mirara a través de unas retinas insultantemente grandes, observó el vacío con todos sus detalles y cada una de las manchitas despobladas de vida multicelular le saludaron.
Gritó.

Kariba cantó en su funeral, fue muy bonito. En internet hubo varias nominaciones a los premios Darwin, y en general, todo siguió igual, mientras una partícula subatómica se dedicaba dar tumbos y a existir en varios sitios a la vez, burlándose de la termodinámica despiadadamente.

martes, 23 de marzo de 2010

Cuando el Dinero No Lo Daba Todo


El dinero no da todo. Que inocente era, me gustaría volver a parecerme a esa persona, volver a despertarme por las mañanas pensando que lo tenía todo con tener suficiente para comer y correrme más de una juerga. Me encantaría ser otra vez ese niño que vivía una vida de adulto llena de aventuras absurdas, de amaneceres en tejados y en camas desconocidas, de sofás atestados de amigos de madrugada. De aquellos cafés que acompañábamos de resacas ligeras, de paseos por el parque corriendo con los perros, trabajando los días justos para llegar a fin de mes.
Lo cierto es que todo es una decepción cuando el dinero lo compra todo, cuando el sol es algo que llega mientras trabajas y la cama siempre es la misma y siempre está vacía. Cuando tú quedas tan lejos que no distingo si ríes o lloras, ni sé que chica eres de todas las que extraño.
La primera decepción nació al cumplir un sueño y vender un cuadro. Ponerle precio a un trozo de alma que me gustaría haber regalado, y que se lo lleve quien no lo va a disfrutar ni comprender. La siguiente, al ver que si vendíamos cuatro, otros diez que creímos mejores no pagaban el alquiler. La última, me la trajeron las estrellas. Mis fieles acompañantes de trasnoche entre bares y casas de habitaciones compartidas. No imaginé regalar la Luna, ¿Cómo iba a querer entregarle a nadie una estrella, más que en una pacto de cinco de la mañana al señalarla con el dedo? No. Jamás fue algo físico. Nunca fue algo palpable ni de propiedad, tan solo un acto de amor. Y si no podemos poseernos el uno al otro, ¿Cómo poseer un sol tan distante?
Se pueden comprar estrellas. Se puede pagar por ellas. Y eso me parte el corazón, por mucho que el mundo gire, porque de ninguna manera quiero que el dinero entregue un regalo tan privado. ¿Cómo voy a regalarte ahora mi mundo si ya no sé cuanto vale?

martes, 9 de marzo de 2010

El Narrador Cautivo

En el modulo se jugaba a las cartas. Solía ocurrir casi todo el día, a veces parecía más un casino que una prisión, y la mayor parte del tiempo, era un bar de pueblo sin cerveza, sin café y sin televisión. Lo de las putas es un tema largo y cansado de contar.
La mayor parte de las partidas no tenían otro objetivo que el de ver pasar el tiempo de la manera más rápida posible, lo cierto, es que, al precio que estaba, pocos podían permitirse apostar el tabaco como en el cine y parecer realmente duros. La mayoría se lo fumaba en grupos de tres a cinco.
En una de aquellas reuniones había un hombrecillo que siempre contaba las mismas historias, tal vez porque se lo pedían, desde luego no era por su voz, que era más de minero que de poeta. No, aquel tipo era un cuentacuentos, pero no lo sabía. Hay una gran diferencia entre contar historias a tus amigos y que te hagan caso, o que consigas arrancarles una carcajada sincera, y contárselas a una panda de desconocidos que echan de menos la heroína. Conseguir hacer sonreír a ese público, conseguir esa mirada de complicidad te hace creer por un momento que no hay hijos de puta en el mundo. Los bastardos se convierten en niños frente a una función de marionetas, riéndose con sus dientes partidos y mojas mal curadas en plana cara.
El caso es que el hombrecillo hablaba siempre de su familia, de cómo conoció a su mujer y lo feliz que fue con su primer hijo, y que no lo fue menos cuando llegó la cría. Contaba cuando sus pequeños habían llenado de aceite los fogones de la cocina, o que siempre abrían los cajones de la cómoda para hacer una escalera hasta el joyero de su esposa. Contaba como enseñó al chaval a conducir, que casi no llegaba a los pedales, y que una vez a su niña, le pegaron un chicle en el pelo, y su hermano le cortó el pelo a las muñecas para hacerla sentir mejor. Contaba, a veces, historias de su mujer y de él, intimas y pasionales, emotivas más que lascivas. Se le escuchaba con atención mientras el sonido de los naipes resonaba por el pabellón, arrítmico e invariable, como algo natural del ecosistema. Nadie preguntaba cómo había llegado allí, bastaba con ver su remota ensoñación para acertar que algo le pedía no recordar nada después de que su mujer le llamara llorando, de que los chicos no dijeran nada durante días en las historias de su vida. Cuando llegaba a cierto punto, simplemente volvía al principio, y nadie se atrevió a corregirle en aquellos doce años cuando preguntaba a su público por donde iba. Él volvía a contar aquella noche en que conoció a su señora.
No era motivo de conversación tampoco, su carencia de visitas, y atados todos los cabos, cada cual tenía su versión más o menos macabra, en la que el hombrecillo había descubierto a la monada de su esposa con otro y los había degollado, o en la que había asesinado a los niños en un arrebato homicida y se había deshecho de los cadáveres, o aquella en la que les había envenenado con cianuro en la sopa. Había muchas versiones, y cuando salió, cien ojos se posaban sobre él y le deseaban suerte, asumiendo todas y cada una de las historias que narraba, y todas y cada una de las que se le atribuían. Seguramente el tampoco se dio cuenta de que un hijo de puta, lo es siempre, por mucho que sonría, y que tan solo su punto de vista construye la realidad. No comprendió que lo que gustaba de sus historias era lo lejanas que parecían, casi inventadas para sus oyentes. Fuera, pasado el último control, el bombón de su esposa corrió a besarle con dos chicas jóvenes y otro que se parecía a él cuando entró, pero con más pelo. Se abrazaron como en una teleserie mientras los dos chapas de la torre observaban. Tampoco ellos sabían que había sido de la familia del hombrecillo. Pocos lo sabían en el centro. No se les había ocurrido que no quería hablar de ellos desde que tuvo que entrar en prisión, ni que temió cada día por su vida, y no quería que le vieran allí pasándolo mal. No se imaginaban que el gran secreto de aquel presunto homicida, de aquel narrador, era la vergüenza.

jueves, 4 de marzo de 2010

Parpadea

Puede que amanezca amenazando tormenta, puede que cualquier noche salga el sol, encontrando sus maneras de vivir. Puede que la nota se haga silueta.

Todo ello ocurrirá en un suspiro, en un abrir y cerrar de ojos. En un vistazo, la sonrisa de un niño, y un poco más arriba, tras un parpadeo, el miedo en la mirada de su madre.

Cambiante, mutable, desafinado. La realidad se vuelve sueño, la pesadilla, sustancia. Se dibuja con palabras, adornando la prosa con el sonido de la poesía, y mil mujeres son violadas cada semana no tan lejos, obligándolas a ver morir a sus hijos, o tal vez, a decenas de decenas se las desflora de jueves a miércoles en las cercanías de nuestra patria, compelidas a conocer por sus luceros el óbito de sus vástagos. 

Y parpadeo. Y en un momento lo veo todo feliz y tonto, inocente y bailarín; y cuando sube y baja el telón, en esa milésima de segundo, todo se convierte en ruinas, en una fotografía atacada por gasolina, en un telescopio enfocado al cuarto de tus padres, en lugar de tu ventana. Entre medias de esa cortina estás tú, y por eso viene todo esto, por esa milésima de segundo que no percibo, porque cuando cierro te veo triste, y cuando abro sonríes. La persona que ocurre entre medias, es la que necesito conocer.