martes, 9 de marzo de 2010

El Narrador Cautivo

En el modulo se jugaba a las cartas. Solía ocurrir casi todo el día, a veces parecía más un casino que una prisión, y la mayor parte del tiempo, era un bar de pueblo sin cerveza, sin café y sin televisión. Lo de las putas es un tema largo y cansado de contar.
La mayor parte de las partidas no tenían otro objetivo que el de ver pasar el tiempo de la manera más rápida posible, lo cierto, es que, al precio que estaba, pocos podían permitirse apostar el tabaco como en el cine y parecer realmente duros. La mayoría se lo fumaba en grupos de tres a cinco.
En una de aquellas reuniones había un hombrecillo que siempre contaba las mismas historias, tal vez porque se lo pedían, desde luego no era por su voz, que era más de minero que de poeta. No, aquel tipo era un cuentacuentos, pero no lo sabía. Hay una gran diferencia entre contar historias a tus amigos y que te hagan caso, o que consigas arrancarles una carcajada sincera, y contárselas a una panda de desconocidos que echan de menos la heroína. Conseguir hacer sonreír a ese público, conseguir esa mirada de complicidad te hace creer por un momento que no hay hijos de puta en el mundo. Los bastardos se convierten en niños frente a una función de marionetas, riéndose con sus dientes partidos y mojas mal curadas en plana cara.
El caso es que el hombrecillo hablaba siempre de su familia, de cómo conoció a su mujer y lo feliz que fue con su primer hijo, y que no lo fue menos cuando llegó la cría. Contaba cuando sus pequeños habían llenado de aceite los fogones de la cocina, o que siempre abrían los cajones de la cómoda para hacer una escalera hasta el joyero de su esposa. Contaba como enseñó al chaval a conducir, que casi no llegaba a los pedales, y que una vez a su niña, le pegaron un chicle en el pelo, y su hermano le cortó el pelo a las muñecas para hacerla sentir mejor. Contaba, a veces, historias de su mujer y de él, intimas y pasionales, emotivas más que lascivas. Se le escuchaba con atención mientras el sonido de los naipes resonaba por el pabellón, arrítmico e invariable, como algo natural del ecosistema. Nadie preguntaba cómo había llegado allí, bastaba con ver su remota ensoñación para acertar que algo le pedía no recordar nada después de que su mujer le llamara llorando, de que los chicos no dijeran nada durante días en las historias de su vida. Cuando llegaba a cierto punto, simplemente volvía al principio, y nadie se atrevió a corregirle en aquellos doce años cuando preguntaba a su público por donde iba. Él volvía a contar aquella noche en que conoció a su señora.
No era motivo de conversación tampoco, su carencia de visitas, y atados todos los cabos, cada cual tenía su versión más o menos macabra, en la que el hombrecillo había descubierto a la monada de su esposa con otro y los había degollado, o en la que había asesinado a los niños en un arrebato homicida y se había deshecho de los cadáveres, o aquella en la que les había envenenado con cianuro en la sopa. Había muchas versiones, y cuando salió, cien ojos se posaban sobre él y le deseaban suerte, asumiendo todas y cada una de las historias que narraba, y todas y cada una de las que se le atribuían. Seguramente el tampoco se dio cuenta de que un hijo de puta, lo es siempre, por mucho que sonría, y que tan solo su punto de vista construye la realidad. No comprendió que lo que gustaba de sus historias era lo lejanas que parecían, casi inventadas para sus oyentes. Fuera, pasado el último control, el bombón de su esposa corrió a besarle con dos chicas jóvenes y otro que se parecía a él cuando entró, pero con más pelo. Se abrazaron como en una teleserie mientras los dos chapas de la torre observaban. Tampoco ellos sabían que había sido de la familia del hombrecillo. Pocos lo sabían en el centro. No se les había ocurrido que no quería hablar de ellos desde que tuvo que entrar en prisión, ni que temió cada día por su vida, y no quería que le vieran allí pasándolo mal. No se imaginaban que el gran secreto de aquel presunto homicida, de aquel narrador, era la vergüenza.

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