lunes, 24 de mayo de 2010

La conocía

Era una monada rubia con una camiseta de buda. Nos veíamos a menudo en un garito de rocanroll, era amiga de otras amigas que nos habían pedido fuego. Era inocente y amante de los que quería, como si fueran parte de su familia. Yo era aún un caballero sin armadura, me recuerdo mucho más noble y con menos sarcasmo en los comentarios. Me gustaba estar sobrio.
Fue vida, noche, tarde y despertares felices durante tanto tiempo que me lo grabó a fuego en una piel que todavía no había curtido el tabaco. Fue licor dulce, caramelo en los helados, alguien de quien cuidar y que velaba. Fue un abrazo de esos que nunca se acaban cuando deben para los espectadores, pero que el tiempo no tiene más remedio que pararse a contemplar.
Hubiéramos sido ella y yo para siempre, si el mundo no fuera imperfecto y carente de clemencia. Habríamos cambiado nuestro panorama cada mañana, y cada ocaso, borrar la pizarra.
Somos dos extraños que se conocen debajo del hormigón del muro, incapaces de alzar lo bastante la voz para gritarse que siguen ahí.

martes, 18 de mayo de 2010

Trivialidades

No consigo perdonarme que lo último que hiciera en mi vida fuera una estupidez.
Debían ser las cuatro y cuarto, no lo sé. Tampoco es relevante para el cuento, al fin y al cabo, acabo muerto. Como iba diciendo, era por la tarde. Temprano y por la tarde, dejémoslo ahí. Yo paseaba, o me dirigía a algún lugar, eso tampoco es trascendental, porque si no la historia hubiera empezado en ese sitio, y no donde se produce el momento de mi óbito.
Era una calle ancha, con un carril peatonal de frente, una comisaría en la calle contigua y un instituto lleno de futuros científicos, escritores, artistas, médicos, gestores de peaje y criminales; algunos con varias vocaciones. En realidad la calle ancha estaba perpendicular a mi ángulo de visión y, como es de suponer, de mi dirección en aquel momento. Había un semáforo, unas viejecitas que se movían como trasatlánticos por la susodicha vía peatonal, un puñado de personas anónimas y un crio con un balón rojo y una camiseta de la selección brasileña.
Huelga decir, si les interesa para algo mi vida, que al chaval se le escapó el balón y se echó a la calzada mientras un furgón de reparto se acercaba; no muy grande para ser un camión, pero lo suficiente para destrozar un muro de ladrillo fino. Podría haber sido un monovolumen, pero era un poco más grande y cuadrado, menos elegante, desde luego. Era blanco, aunque manchado, lo que no me afectó mucho cuando me golpeó, dado que el impacto me desplazó hacia atrás, y dejé la mancha cruenta en el suelo, pegada al asfalto, y no sobre su carrocería de color crema.
Por si no lo recuerdan, salté, rápido de reflejos apartando al crio de su inevitable final. Y luego cometí la estupidez:
Cerré los ojos y los apreté. Muy fuerte.
Mi padre siempre decía que nunca se puede ver cuando un héroe se convierte en un idiota.

viernes, 14 de mayo de 2010

Lamento tardío

Lloré.
Sí, lloré.
Tal vez no con lágrimas. Tal vez tan solo al principio. Pero sí.
Me desencajó el apartamiento, la separación incomprensible. La desesperación de no saber qué hacer, mientras las historias se seguían dibujando. Mi cabeza rompiendo contra el acantilado, y tu, tan lejos, que eras lo único dentro.
Yo, me partía, de eso estoy seguro.
Me bebí cinco bares recapacitando sobre su gravedad ilógica, me caí cinco veces con cada chupito de whisky reconociendo lo estúpido de mi conducta. Y sí, aún así lo lamentaba.
Evité el cerco del asesinato marcado por la policía para volver a casa, no sin antes recorrer su media distancia. Y entre medias de aquello, me pare a pensar en la tristeza. Antes de aquello te llamé.
Te dije cuanto me gustaban las pequeñas cosas con mi tonta ambigüedad, para no hacerme demasiado daño. Reconocí la pared contra la que me estrellaba y no dije nada. Absolutamente nada de nada, no fuera a ser que me lo reprochara.
Me fumé uno, dos, y veinte cigarros, antes de liarme uno que me dejara dormir sin pensar en lo que queda dicho.
Y entonces escribí una letra digna de Platero en sus malos años, o de los Led en los buenos. La verdad es que me crié entre medias de grandes y pésimos artistas, de buenos y malos versos, de quimeras y verdades, de suspiros y deseos.
Y decidí no hacerme más daño, olvidarme de todo y seguir trepando maderos mal clavados. Tu estas hecha de escarcha, Yo, soy solo el grito de un grillo quemado a fuego lento sobre el regazo.

jueves, 6 de mayo de 2010

Madrid-Nador-Madrid

Tres horas más tarde cruzábamos la frontera de vuelta. Rashid nos había alojado la noche anterior en un burdel de Marruecos. Aquello era lo más barato, seguramente no le habría costado más de cinco euros por mi colega y por mí, pero el peligro de que la policía hiciera una redada era preocupante, y junto a los mosquitos y el jaleo de la zona, había descansado muy poco. Estar con una mujer que no fuera la tuya significaba un mínimo de tres meses en chirona, y las cárceles marroquíes tampoco son un ejemplo de humanidad. Normalmente la gente prefería cruzar la frontera hasta Melilla y descargar allí sus pelotas, pero si tenías antecedentes, se podía montar un pollo interesante con los maderos. Pasamos la noche rodeados de criminales. Por supuesto nosotros también lo somos, pero mucho más abajo en el escalafón y mucho menos desesperados.
Le solté una sonrisa y un par de chorradas a una de las chicas que habíamos conocido en el avión. Eso estaba bien, nos daba el aspecto de un par de parejas de viaje, mucho menos sospechoso que dos perroflautas con equipaje de mano que no sabían francés ni árabe. Me concentraba en no mirar mucho a la policía, y fijarme en detalles del entorno, curioso, como si fuera un jodido excursionista. Rashid nos había conseguido cincuenta bellotas para cada uno, y le habíamos pagado a tocateja. Creo que darle la pasta fue una de las cosas más duras que he hecho hasta ahora. Si esta vez nos cazaban no me quedaría nada, y algo me daba mala espina en todo aquel asunto, como si fuera a explotarnos en las narices.
Alcanzamos el control. Mi colega con sus gafas de aviador y su cara de guiri, más chulo que las pesetas entregando el pasaporte que nos habíamos sacado cuatro días antes. El madero le miró de arriba a abajo. Tenía la pose de a quién le importa todo una mierda, de quien parece que te va a gritar si le pones algún tipo de traba al funcionamiento perfecto de su mundo. Tenía pinta de que les estaba haciendo un favor al soportar aquel ritual. Parecía que se podía sacar la chorra, colocarla sobre el mostrador y pedirle al poli que le diera un besito antes de seguir su camino. Nunca supe por qué Rashid había durado tanto en aquel negocio. Era un bocazas, un mal negociante y su manera de planificar las cosas apestaba siempre a fracaso. Cuando llegamos al aeropuerto tenía su coche cruzado delante de la entrada, donde dos tipos de uniforme gris apuntaban su matrícula en una libreta. Conducía como un loco, incluso para el estándar marroquí, y la carencia común de cinturones de seguridad no fomentaba mi confianza en sobrevivir al trayecto. Su casa estaba rodeada de lo que no podía considerarse más que despojos humanos. No por su situación legal, sino más bien por sus miradas de depredador. Nosotros éramos las gacelas.
Dejé mi pasaporte sobre el mostrador mientras le hacía gestos despreocupados a mi amigo. El parecía impaciente una vez había cruzado el control. El madero me hizo quitarme la gorra y miró bien la foto, cuando pareció convencido de que no me había cagado en los pantalones me dejó pasar. Pasé y bromeamos un poco sobre trivialidades. Los turistas no miran atrás, para ellos el control es solo un trámite, y el resto de la gente del avión les importa una mierda una vez han llegado a Barajas. Claudia y Ainoa, nuestras parejas de la cola, no se dieron cuenta. Se me cortó la sonrisa, pero pude mantenerla, mientras las formas azules corrían a cámara lenta en el reflejo de la tienda de licores, las chicas con la cabeza vuelta y los nacionales sobre ellas. Fue nuestro momento clave, ni una mueca, ni un giro si no había sonidos fuertes. Hay cien mil cámaras pendientes de tus expresiones, y si la cagas no habrá otro viaje donde tengas tanta suerte. Sabíamos que les tocaba la ecografía, la pastillita y, si no tenían suerte, el guante de latex. Pero no era el momento de hablar de ello, nosotros íbamos solos, y seguimos nuestro camino apaciblemente hasta el metro. Rashid era un tipo curioso, le gustaban las occidentales jovencitas, con pinta de universitarias de la complutense, y a pesar de su fisionomía cerebral de reptil, les fió a las dos chavalas. Al fin y al cabo, los dos fumetas que recogería en un rato iban a llevarse cien.