jueves, 6 de mayo de 2010

Madrid-Nador-Madrid

Tres horas más tarde cruzábamos la frontera de vuelta. Rashid nos había alojado la noche anterior en un burdel de Marruecos. Aquello era lo más barato, seguramente no le habría costado más de cinco euros por mi colega y por mí, pero el peligro de que la policía hiciera una redada era preocupante, y junto a los mosquitos y el jaleo de la zona, había descansado muy poco. Estar con una mujer que no fuera la tuya significaba un mínimo de tres meses en chirona, y las cárceles marroquíes tampoco son un ejemplo de humanidad. Normalmente la gente prefería cruzar la frontera hasta Melilla y descargar allí sus pelotas, pero si tenías antecedentes, se podía montar un pollo interesante con los maderos. Pasamos la noche rodeados de criminales. Por supuesto nosotros también lo somos, pero mucho más abajo en el escalafón y mucho menos desesperados.
Le solté una sonrisa y un par de chorradas a una de las chicas que habíamos conocido en el avión. Eso estaba bien, nos daba el aspecto de un par de parejas de viaje, mucho menos sospechoso que dos perroflautas con equipaje de mano que no sabían francés ni árabe. Me concentraba en no mirar mucho a la policía, y fijarme en detalles del entorno, curioso, como si fuera un jodido excursionista. Rashid nos había conseguido cincuenta bellotas para cada uno, y le habíamos pagado a tocateja. Creo que darle la pasta fue una de las cosas más duras que he hecho hasta ahora. Si esta vez nos cazaban no me quedaría nada, y algo me daba mala espina en todo aquel asunto, como si fuera a explotarnos en las narices.
Alcanzamos el control. Mi colega con sus gafas de aviador y su cara de guiri, más chulo que las pesetas entregando el pasaporte que nos habíamos sacado cuatro días antes. El madero le miró de arriba a abajo. Tenía la pose de a quién le importa todo una mierda, de quien parece que te va a gritar si le pones algún tipo de traba al funcionamiento perfecto de su mundo. Tenía pinta de que les estaba haciendo un favor al soportar aquel ritual. Parecía que se podía sacar la chorra, colocarla sobre el mostrador y pedirle al poli que le diera un besito antes de seguir su camino. Nunca supe por qué Rashid había durado tanto en aquel negocio. Era un bocazas, un mal negociante y su manera de planificar las cosas apestaba siempre a fracaso. Cuando llegamos al aeropuerto tenía su coche cruzado delante de la entrada, donde dos tipos de uniforme gris apuntaban su matrícula en una libreta. Conducía como un loco, incluso para el estándar marroquí, y la carencia común de cinturones de seguridad no fomentaba mi confianza en sobrevivir al trayecto. Su casa estaba rodeada de lo que no podía considerarse más que despojos humanos. No por su situación legal, sino más bien por sus miradas de depredador. Nosotros éramos las gacelas.
Dejé mi pasaporte sobre el mostrador mientras le hacía gestos despreocupados a mi amigo. El parecía impaciente una vez había cruzado el control. El madero me hizo quitarme la gorra y miró bien la foto, cuando pareció convencido de que no me había cagado en los pantalones me dejó pasar. Pasé y bromeamos un poco sobre trivialidades. Los turistas no miran atrás, para ellos el control es solo un trámite, y el resto de la gente del avión les importa una mierda una vez han llegado a Barajas. Claudia y Ainoa, nuestras parejas de la cola, no se dieron cuenta. Se me cortó la sonrisa, pero pude mantenerla, mientras las formas azules corrían a cámara lenta en el reflejo de la tienda de licores, las chicas con la cabeza vuelta y los nacionales sobre ellas. Fue nuestro momento clave, ni una mueca, ni un giro si no había sonidos fuertes. Hay cien mil cámaras pendientes de tus expresiones, y si la cagas no habrá otro viaje donde tengas tanta suerte. Sabíamos que les tocaba la ecografía, la pastillita y, si no tenían suerte, el guante de latex. Pero no era el momento de hablar de ello, nosotros íbamos solos, y seguimos nuestro camino apaciblemente hasta el metro. Rashid era un tipo curioso, le gustaban las occidentales jovencitas, con pinta de universitarias de la complutense, y a pesar de su fisionomía cerebral de reptil, les fió a las dos chavalas. Al fin y al cabo, los dos fumetas que recogería en un rato iban a llevarse cien.

2 comentarios:

  1. Muy bueno. Una forma de retratar a los personajes sin describirlos apenas muy interesante, sobre todo me gusta lo de "su manera de planificar las cosas apestaba siempre a fracaso". Y además, me gusta la forma de narrar, fresca y ácida.
    Un saludo!

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  2. Gracias por leer y comentar Rak. Lo cierto es que me parece simple y falto de contenido, pero expresa la historia que me rondaba la cabeza. Lo bueno es que inspiro otras.

    Un abrazo.

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