martes, 18 de mayo de 2010

Trivialidades

No consigo perdonarme que lo último que hiciera en mi vida fuera una estupidez.
Debían ser las cuatro y cuarto, no lo sé. Tampoco es relevante para el cuento, al fin y al cabo, acabo muerto. Como iba diciendo, era por la tarde. Temprano y por la tarde, dejémoslo ahí. Yo paseaba, o me dirigía a algún lugar, eso tampoco es trascendental, porque si no la historia hubiera empezado en ese sitio, y no donde se produce el momento de mi óbito.
Era una calle ancha, con un carril peatonal de frente, una comisaría en la calle contigua y un instituto lleno de futuros científicos, escritores, artistas, médicos, gestores de peaje y criminales; algunos con varias vocaciones. En realidad la calle ancha estaba perpendicular a mi ángulo de visión y, como es de suponer, de mi dirección en aquel momento. Había un semáforo, unas viejecitas que se movían como trasatlánticos por la susodicha vía peatonal, un puñado de personas anónimas y un crio con un balón rojo y una camiseta de la selección brasileña.
Huelga decir, si les interesa para algo mi vida, que al chaval se le escapó el balón y se echó a la calzada mientras un furgón de reparto se acercaba; no muy grande para ser un camión, pero lo suficiente para destrozar un muro de ladrillo fino. Podría haber sido un monovolumen, pero era un poco más grande y cuadrado, menos elegante, desde luego. Era blanco, aunque manchado, lo que no me afectó mucho cuando me golpeó, dado que el impacto me desplazó hacia atrás, y dejé la mancha cruenta en el suelo, pegada al asfalto, y no sobre su carrocería de color crema.
Por si no lo recuerdan, salté, rápido de reflejos apartando al crio de su inevitable final. Y luego cometí la estupidez:
Cerré los ojos y los apreté. Muy fuerte.
Mi padre siempre decía que nunca se puede ver cuando un héroe se convierte en un idiota.

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