viernes, 16 de julio de 2010

La Línea del Horizonte

Solía pasar los ratos en la línea del horizonte, junto a las vías del tren. A veces me despertaba el ruido de los elefantes, como una trompeta tocando diana a las tres de la madrugada.

A los trenes me había acostumbrado, pero siempre me han gustado los circos, salvo por el payaso listo. Supongo que me produce cierta animadversión que se crea más listo que el domador de fieras, el lanzador de cuchillos o el ilusionista. Sobre todo me molesta que vaya con los borrachos siendo la voz de la conciencia, el pepito grillo que no aguanta las bromas de sus amigos borrachos que le vomitamos en sus relucientes zapatos. O no sé, tal vez sea la borla en el gorro, o el maquillaje, o que no haga trucos con globos. Por otra parte, los elefantes me gustan. Sé que es una crueldad llevarles de un lado a otro hacinados, después de todo, mis padres me dieron una solida educación y he visto Dumbo varias veces. Puede que hasta la segunda parte, donde Dumbo intenta ver a su familia, y ese tío tan cascarrabias del pelo blanco le recoge haciendo autostop, y destrozan el coche, y al final resulta que no tenía familia, pero el tipo de Sgt. Dilco le lleva a cenar con él y todos son felices. Pero los elefantes me gustan, supongo que porque ninguno ha intentado aplastarme jamás. A lo mejor es porque no pueden saltar, y eso te tranquiliza cuando ves a un bicho de seis toneladas con colmillos de dos metros y medio. O, simplemente, es porque vi Dumbo de pequeño.

Desde la línea del horizonte, me levantaba de la barra del bar y observaba pasar aquel interminable gusano poblado de fieras. Nunca veras ojos más tristes que los de un animal enjaulado. Tienen esa mirada del vencido, esa que te atrapa en su melancolía y te dice, claramente, “no vamos a salir de esta”.
Dicen que los elefantes lo recuerdan todo. Dumbo tuvo la suerte de nacer en el circo y comer cacahuetes toda su vida, aquellos elefantes recordaban llanuras más extensas, un sol más grande. Yo me asomaba por el borde del planeta, y siguiendo sus indicaciones puse un pie delante del otro, para ensanchar el mundo, para llevar un poco más lejos la línea del horizonte, hasta que no tuviera que ir al circo para admirar la nobleza de su derrota.

domingo, 11 de julio de 2010

He Vuelto Feliz.

Borracho. Escribo bien cuando estoy borracho.

Me encontré con una piedra preciosa. Bueno... no era una piedra porque las piedras no cuentan historias, y ella las supuraba por cada arista de su perfecta personalidad, tallada sobre algo chulo como una esmeralda, un rubí o una de esas cosas que valen dinero y llenan los ojos de los avaros. Sea como sea, el mundo es un tanto más feliz ahora. Las torres que antes se me antojaban como puestos de vigilancia de mi campo de concentración particular, de mi Auschwitz, son ahora faros de cultura y progreso de un mundo casi feliz. Yo me he convertido en algo pueril para la revolución filosófica de mi mentor, y de los ojos verdes, pero grande para mi objetivo de reformarme, un arquetipo de lo que quería, desde luego, al fin y al cabo. Una persona de la que me siento un tanto orgulloso. Un borracho, sin duda, pero uno de esos que te levanta cuando tus colegas te abandonan en lo más recóndito del parque, dejando que se pase la borrachera. Un ser ajeno a aquellos records de desabrochar sujetadores, de buscar mierdas vacías, de jugar con la facilidad de lo espontaneo. Lo he conseguido, y tal vez ahora ya no tenga sentido que os cuente más historias sobre cómo he sido, y las siguientes no sean tan interesantes, aunque espero que lo sean tras este parón.

Lo siento mucho escasos lectores, pero soy feliz. Hay mil sinónimos, como contento, como eufórico, pero palabras erroneas para lo que quiero contar.

A las siete y diecisiete, soy tremendamente feliz.