miércoles, 25 de agosto de 2010

Estático

Se levantaba siempre tarde para coger el autobús de las 8, el de las 10 y, normalmente, el de las 12. Miraba al techo, pensaba en una canción con la letra casi olvidada y se levantaba canturreando hasta la cocina, con los ojos hinchados, dando tumbos contra la realidad y su manía de ser sólida. Desayunaba bordes de pizza y leche con azúcar, y un cigarro mientras buscaba dibujos animados en la televisión.

Solía comer sobre las cuatro de la tarde, después de mirar otra vez las ofertas de trabajo repetidas. Teleoperador, telemarketing, comercial de ventas online. Enviaba algún curriculum, pero ya había hecho el periodo de prueba en todos sin conseguir los objetivos. Se encendía otro cigarro viendo una película en internet, el cine es demasiado caro. Se quedaba dormido casi todas las tardes.

Despertaba tarde, sudando y lúcido, cuando ya no hay coches en las calles. Miraba por la ventana, disfrutaba del silencio y cogía la libreta, sentado en la cornisa como un suicida, seguro de que nadie le prestaba atención. Escribía un rato, buscaba su musa y la encontraba bañada en aceite usado y en barro. Ataba cada mota de inspiración con el hilo de la tinta, cosiéndolo al papel de bordes rotos. Contaba historias de las ventanas que dormían frente a su casa, de los sueños de algún caminante ocasional sin rostro, de si mismo volando hasta Nunca Jamás, o hasta Barcelona o Sevilla, o tal vez Madrid. Incluso desde.

Tarde, tan tarde que era pronto, echaba un ojo a los nuevos trabajos que el mundo ofrecía. Teleoperador, telemarketing, comercial de ventas online. Y, tras otro cigarro y algo de pizza recalentada, volvía a dormir. Para perder el autobús y no marcharse a ninguna parte.

jueves, 19 de agosto de 2010

Un Autobús y un Crio

Hace doce o trece años estábamos jugando en las parcelas de los ricos. Era un deporte extraño, parecido al futbol pero con columnas y sin líneas de fuera. También se parecía un poco al hockey. El balón reglamentario era una pelota de cualquier tamaño, salvo de baloncesto, que por alguna razón, no se les puede dar patadas. El caso es que se averió el autobús en su última parada, donde el conductor bajaba siempre a tomarse un café entre vuelta y vuelta a la ciudad, y El Sucio tuvo uno de sus momentos.

El Sucio era un punki de familia merchera, lo que no le dejaba clara su posición social en la vida. Normalmente venía con nosotros, aunque nos sacaba unos cuantos años, pero a veces se le iba la cabeza y se metía en problemas. En realidad no le llamábamos “El Sucio”, pero prefiero no revelar ni su nombre ni su apodo, que con el tiempo se ha convertido en su nombre. Ahora está casi reformado después de cumplir su condena por entrar a robar en un piso. Esa historia también es graciosa, porque había una fiesta en el piso, pero no me la sé bien.

Como iba contando, El Sucio miró el autobús como si lo viera por primera vez, nos dijo que no estaba cascado y todos nos quedamos mirando. No sé bien como ocurrió, pero al poco estaba allí, junto al autobús. Yo ni me di cuenta de cuando se había marchado, pero con una agilidad ilegal para una apariencia tan demacrada, entró por la ventanilla del conductor y arrancó el autobús.

Ninguno fuimos capaces de decir nada, solo quedarnos mirando cómo se marchaba dando tumbos con el autobús, y el conductor corriendo detrás, demasiado tarde para hacer nada.
–¡Joder! ¿Sabéis quién era?
–Ni puta idea –Dijo alguien.
El hombre siguió corriendo, nosotros nos miramos, nos reímos y fuimos a toda prisa callejeando hacia la ronda, por donde suponíamos que saldría del barrio. Acertamos, y corrimos detrás de él, pero pasó de largo. Seguramente no sabía cómo abrir la puerta de pasajeros.

Unos dos kilómetros más tarde, con la lengua afuera, vimos una columna de humo en el pinar, carretera abajo. Nos apresuramos, pero cuando llegamos el autobús era solo un amasijo negro regado, como un bolígrafo quemado. A mí me recordó a la ceniza de los cigarros de mi padre, cuando reposaban en el cenicero durante días antes de limpiarlo. Tenía el mismo aspecto quebradizo. El Sucio se ocultó durante unas horas hasta que le encontraron los de verde. Era un animal urbano y esconderse entre la maleza no se le daba muy bien. Por lo visto contó una bola sobre que llevaba allí unos días, fugado de casa, y nadie hizo más preguntas.

Nunca supe cómo ni por qué lo había hecho. A lo mejor era solo rabia. La que sentíamos todos al ver a los de las parcelas de en frente con coches, con trabajos de esos que necesitan maletines negros. Puede que hiciera falta prenderle fuego a algo, aunque un autobús no sea el objetivo más adecuado. Puede que todavía haga falta. Puede que necesitemos ser capaces de sentir rabia.

lunes, 2 de agosto de 2010

Rojo y Negro Sobre Gris

Estábamos escupiendo a los coches desde el puente viejo. A mí me habían tocado los rojos, y a Lidia los negros. La gracia del juego era que iban en la misma dirección a la que mirábamos, así que era difícil anticiparse, y solo podías tener el escupitajo preparado y fiarte de tus reflejos.
–Ese era más bien azul.
–Ahora es más verde –Sacar un poco de moco añadía peso y velocidad al esputo.
–¿Donde crees que va toda esa gente?
–No lo sé, supongo que trabajan, vivirán en las afueras.
–Mi padre, cuando trabajaba, iba en autobús hasta la fábrica.
–Ya –Me respondió Lidia. Su madre tampoco tenía coche.
Después de un momento y varias víctimas se giró ladeando la cabeza, con aquel corte de pelo desigual, con una idea nueva en la cabeza.
–¿Por qué solo va una persona en cada coche?
–Van a sitios diferentes, supongo.
–Yo creo que se tienen miedo. No quieren aguantarse más tiempo del necesario.
–¡Qué tontería! Tú y yo vamos a la misma clase y siempre volvemos juntos a casa.
–Pero es que tú y yo no trabajamos, somos niños. Trabajar es peor que ir al colegio.
–No hay nada peor que ir al colegio –Sentencié convencido–. Serán unos asquerosos y no querrán dejarse los coches unos a otros. Como Antonio, que no deja nunca nada de lo que tiene. Lo trae al colegio solo para fardar.
–A mí me cae bien.
–Es un pijo. Mi padre dice que solo viene aquí porque es más fácil sacar buenas notas en nuestro colegio, y que por su culpa nos ponen peores notas a los demás.
–Pero él no eligió venir a nuestra clase, fueron sus padres.
–Su madre tiene un coche rojo… Siempre le viene a buscar a la salida, con unas gafas de sol negras, como las famosas. Seguro que vive al lado de Ana Rosa.
Le di en la luna trasera a un flamante cupé, y rápidamente pude acertarle al camión de Transeurope Inc.
–No deberíamos darle a los camiones.
–¿Por qué? –Pregunté irritado por el recorte de objetivos.
–Solo hacen su trabajo. No creo que el camión sea suyo.
–Tampoco les harán limpiarlo a ellos.
–No, lo limpiaran otras personas que van en autobús. Su jefe seguro que tiene quinientos camiones. A lo mejor le echan la bronca por no esquivarlo. Mi madre dice que cada vez hay que estar más “cuantificado” para trabajar.
–A mi padre le despidieron porque no había trabajo para todos. Es como si no tuvieran suficientes pupitres.
–¿Y como eligen quien se queda?
–No lo sé. No me gustaría decidir con qué mitad de la clase quedarme, aunque a Antonio y Javito les echaría los primeros. No me gustan nada.
–Echaran a los que tienen peores notas. Antonio se quedaría.
–¡Pero yo tengo malas notas porque me tienen manía! Los padres de Antonio son profesores y le ayudan con los deberes, eso es trampa.
–Yo también tengo buenas notas y no me ayuda nadie.
–Pero eso es distinto. Las chicas sois más listas. Se os dan mejor los deberes.
–No creo que sea más lista que tú –Se me quedó grabado–. Si no te metieras en tantas peleas sacarías mejores notas que Antonio.
Me quedé un rato escupiendo sin mucho tino, pensando en todo aquello, pero no pelearme podía acarrear muchos problemas. Para empezar, más peleas de las necesarias. Lidia no podía entenderlo, para las chicas era distinto. Ellas se peleaban un par de veces al año, y entonces venían sus hermanos mayores, sus padres, sus primos, y se peleaban el resto del año por ellas. Nosotros nos peleábamos a diario. Recuerdo que solía pelear una vez cada semana, más o menos, era mejor que dejar que te pegaran. Si peleabas a menudo, sin ser muy cruel, tenías una existencia relativamente tranquila. Eliminaba la posibilidad de que nadie la tomara contigo. Por otra parte, los profesores preferían a los niños que se comportaban como niñas.
–¿Has hecho la redacción para mañana? –Lidia me sacó de mi ensimismamiento.
–No, luego lo escribiré.
–Tienes que hacer un folio por las dos caras como mínimo, sobre que profesión quieres tener.
–No sé que quiero ser, tengo ocho años.
–Yo voy a ser médica, o trabajar en un laboratorio, haciendo medicinas. Me voy a casar con un chico guapo y muy bueno, que sea médico o algo así, y tendré una casa de dos plantas, y un coche para ir cuando quiera a los sitios.
–¿Quieres marcharte de aquí?
–Claro, mi madre siempre dice que este es un barrio de mierda.
Miré a la derecha las parcelas de protección oficial, iguales, una tras otra, grises.
–Yo quiero quedarme aquí. No está tan mal.
–Está lleno de basura, el otro día vi una rata gorda cerca de tu calle.
–Se las comen los gatos, es un ecosistema, Y tú también eres parte de todo esto –Le espeté dolido por su abandono–. No creo que escriba esa estúpida redacción.
–¿De verdad nunca has pensado que quieres ser de mayor?
–Sí, bueno –Por qué no dije que quería ser médico es aún hoy un misterio–, mi padre dice siempre que sea jefe, que cobraré mucho y trabajaré poco, pero no sé qué hacer para ser jefe.
–Pues mandar, será como elegir equipo para jugar al futbol.
–No me gusta jugar al futbol, prefiero escupir a los coches.
–Así nunca serás jefe. Necesitas un plan.
–No he dicho que quiera ser jefe, eso me lo dice mi padre. Yo quiero… No sé, algo que sea seguro, como una fábrica grande o algo así, de donde no tengan que echar a la gente.
–Se te da bien dibujar, la profe siempre llama a tus padres por tus dibujos.
–No le gustan nada, les preguntó si veía mucho el telediario. Creo que escribiré lo que pienso, que solo tengo ocho años y que no quiero saber lo que seré mañana. Que a lo mejor no quiero saberlo.
–Tú siempre me ayudas, deberías dedicarte a eso, a ayudar a las personas.
–¿Para qué? Siempre van a estar igual. La gente no quiere ayuda, quieren ser todos jefes, y que no les moleste el casero con el alquiler, y no pelearse, ni ir al Carrefour andando.
Reflexionamos un rato sobre aquello, escupiendo un poco más.
–¿Nos vamos? –Pregunté, tal vez incómodo.