jueves, 19 de agosto de 2010

Un Autobús y un Crio

Hace doce o trece años estábamos jugando en las parcelas de los ricos. Era un deporte extraño, parecido al futbol pero con columnas y sin líneas de fuera. También se parecía un poco al hockey. El balón reglamentario era una pelota de cualquier tamaño, salvo de baloncesto, que por alguna razón, no se les puede dar patadas. El caso es que se averió el autobús en su última parada, donde el conductor bajaba siempre a tomarse un café entre vuelta y vuelta a la ciudad, y El Sucio tuvo uno de sus momentos.

El Sucio era un punki de familia merchera, lo que no le dejaba clara su posición social en la vida. Normalmente venía con nosotros, aunque nos sacaba unos cuantos años, pero a veces se le iba la cabeza y se metía en problemas. En realidad no le llamábamos “El Sucio”, pero prefiero no revelar ni su nombre ni su apodo, que con el tiempo se ha convertido en su nombre. Ahora está casi reformado después de cumplir su condena por entrar a robar en un piso. Esa historia también es graciosa, porque había una fiesta en el piso, pero no me la sé bien.

Como iba contando, El Sucio miró el autobús como si lo viera por primera vez, nos dijo que no estaba cascado y todos nos quedamos mirando. No sé bien como ocurrió, pero al poco estaba allí, junto al autobús. Yo ni me di cuenta de cuando se había marchado, pero con una agilidad ilegal para una apariencia tan demacrada, entró por la ventanilla del conductor y arrancó el autobús.

Ninguno fuimos capaces de decir nada, solo quedarnos mirando cómo se marchaba dando tumbos con el autobús, y el conductor corriendo detrás, demasiado tarde para hacer nada.
–¡Joder! ¿Sabéis quién era?
–Ni puta idea –Dijo alguien.
El hombre siguió corriendo, nosotros nos miramos, nos reímos y fuimos a toda prisa callejeando hacia la ronda, por donde suponíamos que saldría del barrio. Acertamos, y corrimos detrás de él, pero pasó de largo. Seguramente no sabía cómo abrir la puerta de pasajeros.

Unos dos kilómetros más tarde, con la lengua afuera, vimos una columna de humo en el pinar, carretera abajo. Nos apresuramos, pero cuando llegamos el autobús era solo un amasijo negro regado, como un bolígrafo quemado. A mí me recordó a la ceniza de los cigarros de mi padre, cuando reposaban en el cenicero durante días antes de limpiarlo. Tenía el mismo aspecto quebradizo. El Sucio se ocultó durante unas horas hasta que le encontraron los de verde. Era un animal urbano y esconderse entre la maleza no se le daba muy bien. Por lo visto contó una bola sobre que llevaba allí unos días, fugado de casa, y nadie hizo más preguntas.

Nunca supe cómo ni por qué lo había hecho. A lo mejor era solo rabia. La que sentíamos todos al ver a los de las parcelas de en frente con coches, con trabajos de esos que necesitan maletines negros. Puede que hiciera falta prenderle fuego a algo, aunque un autobús no sea el objetivo más adecuado. Puede que todavía haga falta. Puede que necesitemos ser capaces de sentir rabia.

1 comentario:

  1. Puede que sea el momento en el que necesitamos ser capaces de sentir, un abrazo, como siempre sigues siendo el mejor gigante.

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