martes, 28 de septiembre de 2010

Hugo y Javi

–¿Qué tal fue la entrevista?
–Tengo ganas de disparar a alguien.
–Métete al ejército.
–No he dicho que quiera matar a nadie, solo dispararle. Un poco de angustia emocional, quizá un boquete en una rodilla.
–Podrías matarlo con una herida así. Hay gente en Estados Unidos que ha muerto por dispararse en un pie.
–Eso está muy lejos.
–Un pie sigue siendo un pie, aquí y en cualquier parte.
–No, para ellos también es un sistema de medida. Podría dispararle a un sistema de medida, dispararle en serio ¿sabes? con ganas de matarle.
–Me gustaría dispararle al Coeficiente Intelectual.
–Creo que se dice “cociente”.
–A ese también.
–No serviría de mucho, conseguirían otra unidad de medida.
–Ya, pero estoy harto de escuchar que Einstein solo tenía 160 y descubrió la teoría de la relatividad.
–Las teorías no se descubren, se desarrollan. ¿Cuándo le hicieron un test de inteligencia a Einstein?
–Ni idea, el tío curraba en una oficina de patentes… El caso es que no creo que esté bien que nos comparen con gente muerta, al fin y al cabo, ellos ya no están en la partida, ¿no? Es como si al final de una partida de cartas hicieras una jugada muy tonta pero ganaras y alguien dijera “Al que echaron en la segunda ronda era mejor”. No tiene sentido.
–Bueno, entonces ¿Por qué los pintores muertos se venden más caros que los vivos?
–Ya, los futuristas lo tenían claro.
–¿Quiénes?
–Una corriente artística, míralo en wikipedia y deja de tocarme los huevos... La entrevista fue mal.

lunes, 20 de septiembre de 2010

La Hacía Bailar

Todos estábamos cansados de trabajar durante las fiestas, de poder tomarnos solo un par de cervezas y pinchos, y de hacer malabares con nuestra vida social y ocupaciones reales. Los dulzaineros hacían amagos por arrancar y a mí me cubría parte de la túnica de la princesa india. Esa era mi gigante, medía unos cuatro metros y pesaba demasiado, pero habíamos aprendido a trabajar juntos, ella hierática y sonriente al público, y yo moviéndola con las piernas bajo su vestido. Cuando había suficientes niños fuera para mirarnos, salimos por orden; reyes cristianos y califas moros, jefes indios y emperadores chinos.

Yo iba dando saltos para no hacerme daño en la espalda, y de vez en cuando giraba rápidamente para que se movieran sus coletas. Para los niños lo mejor era cuando nos acercábamos y parábamos justo antes de arrollarles, moviéndola con las piernas adelante y atrás, controlando la distancia. A veces se les caía el gigante a alguno de los otros, pero afortunadamente aún no habíamos matado a nadie.

Bajamos por el lateral del ayuntamiento, por la oficina central de correos para bailar en un parque cercano. El suelo de arena se desmontaba bajo nuestros bailes y, como en una estampida, manchaba la escena con una gran polvareda, pero la gente se acercaba tanto que fuimos parando para no estorbarnos. Mi compañero, el que llevaba tanto tiempo como yo con la india, me ayudó a levantarle la falda para enseñárselo a los niños y saciar su curiosidad. Pasaban dentro, miraban hacia arriba y ponían cara de asombro. El primer día de fiestas uno me dijo que había telarañas arriba, yo sonreí ,y le contesté que era porque hacía tiempo que no la sacábamos a bailar.

Apartamos a la gente para el último baile y fuimos saliendo para regresar al ayuntamiento y dejarlo hasta el día siguiente, y en la calle de correos me encontré al frente de la comitiva de gigantes. Un par de parejas con niños estaban delante de mí, así que me acerque y reí dentro de mi chica. Giraron y tan asustados como divertidos, echaron a correr. Yo giré para no apartarme mucho del grupo, y viendo que estaban cerca, eche a correr dejando caer el peso de mi india al frente para movernos más rápido. Botaba acelerando el paso y escuchaba los gritos de padres y niños jugando a tener miedo. Disimulando sus risas como malos actores.

Aquella tarde terminé agotado, sudando de tal manera que las gotas resbalaban por mi nariz. La india sonreía, quieta como siempre, paciente para volver a bailar cuando estuviera descansado.