jueves, 13 de enero de 2011

Entre las Dos y las Tres

Entre las dos y las tres pasó demasiado tiempo. Mirando el reloj, a punto de quedarme dormido, hipnotizado por el tic tac inexistente de reloj digital. Se me cerraban los ojos, me imaginaba que había pasado demasiado, y entonces, los abría y la aguja estaba justo donde debía estar. Bueno, estaba donde estaba cuando se me cerraron, o como mucho un segundo más adelantada. Empecé a fantasear con la idea de que el mundo se detenía cada vez que yo era derrotado por el sueño. De ser así, aquel calvario no tenía razón de ser. Todo lo que tenía que hacer era descansar y cuando despertara el tiempo seguiría su curso.
Aquello, por supuesto, era una grandísima gilipollez, así que llegué a una nueva conclusión: Estaba imaginando el mundo. Sin duda en algún momento me había dormido y estaba soñando despertar una y otra vez. Aquello era horrible, significaría que había fracasado en mi misión, así que quise despertar. No funcionaba. Tal vez debía dormirme para engañar a mi cerebro y poder despertar realmente, o quizá estaba atrapado por un sueño pesado a causa de la actividad de los últimos días. Por supuesto, cabía la posibilidad de que estuviera plenamente despierto, pero esa respuesta no me satisfacía en nada.
Cuando el hombre de la chaqueta azul me pidió la hora, estuve tentado a preguntarle si podía pellizcarme, pero si estaba en el mundo real hubiese sido raro, y si estaba soñando, ¿cómo saber que no imaginaba el pellizco?

Serían las tres menos cuarto cuando apareciste. Llevabas el pelo suelto y me sonreías, me levanté para darte un beso, y recordé que ya no eras rubia. Tu pelo cambió a su actual tono rojizo, y convencido de haber descubierto la ilusión, desperté mientras me zarandeabas en el banco. Me limpié la babilla y te saludé. Recuerdo explicártelo y que me miraras como si fuera imbécil. El hombre de la chaqueta gris se reía entre dientes, hasta que la chaqueta cambió a un tono azulado, y tu pelo fue otra vez moreno. Aproveché para tocarte el culo antes de ser disparado a la realidad de nuevo.

Serían las tres menos cuarto y aún no habías llegado. El hombre de la chaqueta paseaba un perro blanco de tamaño felpudo, con una correa roja, roja como tu pelo al doblar la esquina, no rubio como el color del perro. Corrí a besarte antes de que me aplastara la consciencia.
Apareciste pelirroja, con una chaqueta azul mientras un perro canela tamaño castillo me preguntaba la hora. Solo pude responderle “Guau” antes de ser ahogado por sus babas.
Me recuperé babeándole la chaqueta azul al tipo de al lado. Me miró sonriendo, me guiño un ojo y me percaté de que el suelo había sido remplazado por el pelaje de un enorme animal. Tú me tapaste los ojos mientras iniciaba un nuevo viaje.
Paseábamos doblando la esquina cuando me vi dormido, saludaste al hombre de la chaqueta e intenté cepillarme a su perro pelirrojo. Me estrangulaste con la correa roja mientras tu pelo se volvía negro.

Me desperté en mi cama, solo, lleno de frío y completamente descansado, completamente desvelado; sin perro, sin chaquetas, y sin ti.