martes, 29 de marzo de 2011

No Voy a Comerme el Mundo

El mundo se queda dormido junto a mi cama mientras le rasco detrás de las orejas. Aprecio la sonrisa en su rostro inexpresivo, sé que me quiere, que me necesita. Yo le quité de pasar frío, de pelearse con otros mundos junto a la basura del callejón, yo le limpié las legañas con manzanilla. Él ronronea junto a mi cama. Por las mañanas me despierta y me obliga a hacer cosas, a sacarle para echar una meadita. A veces se me caga en la ducha, pero solo si le dejo demasiado tiempo encerrado.

Él va creciendo. Al principio no necesitaba más que un cajón para remolonear y ahora aparece en medio del pasillo, tumbado, haciéndome tropezar cuando vuelvo borracho. Se echa en mi cama y en el sofá cuando no le veo. Lo deja todo lleno de montañas y ciudades. Rebusca bajo el fregadero y luego tengo que hurgarle en el subsuelo para sacarle las cosas que no puede digerir, pero que le encanta como saben. Le desparasito casi a diario de guerras y políticos, le limpio las manchas de sangre y petróleo, pero siempre vuelven a aparecer. El veterinario no sabe qué decirme, pero me pasa la factura de cada visita.

Se hace cada vez más grande, y he pensado llevarle al pueblo donde pueda dar saltos y disfrutar del aire limpio, pero no quiero estar lejos de él. Sé que con el tiempo crecerá más allá de los límites del barrio y acabará por devorarlo todo, pero joder, yo quería salvar el mundo y que todos me quisieran por mi hazaña, aunque no mereciese ser salvado, aunque termine comiéndome, como a otra galletita anónima de wishkas.

viernes, 25 de marzo de 2011

Sentado, Comiendo Pipas y Viendo a las Palomas Pelearse por las Cáscaras

Llego a casa sobre las dos y media y me quedo dormido en el sofá de mis padres, viendo las mismas series de siempre. Cuando despierto me arrastro hasta mi cama, esa donde duermo desde los cuatro años. Suelo quedarme en posición fetal hasta que la resaca me despierta a las doce o la una. A veces creo que llevo despierto horas, agarrando el sueño por la cola. Tardo quince minutos en afeitarme y en volver hasta el ordenador para seguir tocando fotos, buscando concursos, cumpliendo promesas, manteniendo todos y cada uno de mis avatares con granjas, ciudades, y reinos que gobernar. Les mando trenes a mis amigos y a gente que no conozco. Ellos me envían cabras y cachorros perdidos.
En hacer la comida se me va media hora más, y después de comer me entra la modorra y caigo inconsciente en el sofá. Me despierto al atardecer y con suerte dibujo algo o escribo un poco. Un poco más tarde vuelvo a salir para hablar de las mismas cosas, en los mismos bares, o para hablar de los bares que ya no están, de las cosas que hacíamos antes, de cuánto hemos cambiado, de que ya tenemos una edad. Y no puedo dejar de mirar el espejo que hay tras las botellas. Sólo me dejan mirarme a los ojos, y me reconozco cansado, sin chispa, sin nada de qué hablar hasta que llegue el momento en el que me haga mayor, cuando nos cierren el bar.