domingo, 17 de abril de 2011

¿Dónde están los coches voladores?


Marti McFly en el papel de Michael J. Fox no daba crédito de lo ocurrido. Doc había hecho algo tremendamente mal, ¿Dónde estaban los coches voladores? ¿Qué había ocurrido con la saga de tiburón? Debería haber una pantalla enorme con un escualo pixelado devorando a los viandantes, no pitufos super desarrollados que obligaban al público a llevar unas gafas horribles, aunque algunos las llevaban por gusto y se hacían poetas. Maldita sea, ¿A qué se dedicaba Lea Thompson ahora y por qué no le había dado tres niños? Cuatro de Tracy Pollan tampoco están mal, pero el público latino se descojona cada vez que lee su nombre. ¿Qué era eso de ser canadiense? Doc, ese maldito loco sin ética. Viajando por el tiempo con su preciosa mujercita del far west y sus niños lascivos. ¿Qué le importa a un viajero del tiempo la edad de su pareja? ¿Cuál sería ahora la moral de Doc? ¿Por qué el crio rubio hacía gestos? Lo que pasara en esa locomotora arrojaba una sombra sobre el hombre que acogió en su taller a un inadaptado de instituto. Pero claro, él tenía su vida perfecta, sin preocuparse de cuanto alteraba la de los demás. Estaba más allá de cualquier ley humana. Podía ser el ser más depravado sin que nadie lo supiera jamás, haciendo que nunca hubiese ocurrido, habiéndolo sido sólo para él. Doc, ¿Qué había hecho?
En un universo paralelo cercano (un poco tirando a oblicuo, pero puede ser por mi punto de vista), Michael J. Fox era su propio héroe sin aeropatín. Luchaba contra un enemigo mucho más grande que él y tenía el miedo de alguien inteligente y la entereza que da un Sueño, pero esa noche soñaba con ser estrella del rock y arreglar el tiempo con un viejo chalado y su encantadora familia.

viernes, 1 de abril de 2011

Será Que Ya Nada Me Emociona

El arco iris estaba al lado, apenas un poco calle abajo. Me preguntaba si en el lugar señalado había un duende gruñón guardando una olla de oro, o tal vez una fiesta rave con gente musculosa y camisetas de rejilla. Cuanto más llovía, cuanto menos podía ver de la ciudad, más brillaba, y llegué a pensar que realmente ocurría algo magnífico donde señalaba la ilusión óptica, pero sólo era eso, una ilusión, como cualquier otro juego de luces y sombras que se ven desde mi ventana, como los incendios de las fábricas, como la monótona aurora boreal.