martes, 22 de noviembre de 2011

Señales de Humo

Algo se rompe en la línea del horizonte. Tan sólo una ráfaga de viento jugando con el humo de una chimenea lejana. Nadie dice nada. No hay música, no hay más banda sonora que el motor de un millón de máquinas, no hay más luz que millones de bombillas. Ninguna dice nada.
El humo se entrecorta mandando una señal errónea a quien quiera leerla. El cielo parece azul quemado. Todo se compadece de todo entre ruido.
Hay un pitido. Hay cientos que avisan, que dan la señal de alarma de que algo no funciona. La gigantesca maquinaria no ajusta bien sus vueltas. Lo que fallan son los humanos que no están hechos para esta vida. Los humanos no estamos hechos para vivir, sólo para alimentar a la máquina.
Nos tolera mientras nos muerde. Nos aplasta mientras sonríe sabiendo que la amamos como a un hijo. Es nuestra mayor obra. Es monstruosa, fea, gris, cruel y nos desprecia. Es nuestra mejor obra. Es el fruto de un amor por nuestra producción y por todo lo que nos hace infelices. Nuestro legado. Nuestro odio a nuestros hijos por saber bien en que podrían convertirse. Es como nosotros.
A lo largo de la línea se dibuja el humo y el ruido. La risa de un niño que ya ama a la máquina.


sábado, 19 de noviembre de 2011

De Gigantes y Hombres

Humphry está sentado con su parca puesta, atrapado en el blanco y negro. A su alrededor un puñado de gigantes riendo, bebiendo y jugando a las cartas.
–Esa jugada nunca funciona Esteban –grita uno de los gigantes.
–Si piensas así es que eres imbécil, voy a darte una paliza.
Humphry sabe que puede ganarles, pero está ocupado mirando al suelo.
–Humphry, ¿por qué no juegas una mano?–Pregunta una mujer robada a Crumb.
–Sí, eso, que juegue el pequeñín– Ríe Esteban.
–nomeapetece.estoybien.gracias.
–El enano tiene miedo, está más claro que el agua.
–síquelotengo.
–Vamos Humphry, sólo una mano –La mujer le mira con una sonrisa de amor eterno–. Una mano para que vean de lo que eres capaz y lo dejas.
Humphry no tiene más remedio que derretirse sobre la tarima y soñar con la verdad. Se acomoda en los labios de la mujer, al lado de unos dientes como caballos.
–repartelascartas.
Un gigante arroja los naipes desde las alturas, con ese sonido que hacen las cosas cuando van a aplastarte. Humphry ni se inmuta, parece preocupado por el estado de sus cordones.
Juegan la mano. Es un juego complicado y Humprhy lo complica todo más. Los gigantes no saben bien que está ocurriendo.
–El enano nos ha ganado, ¿Qué os parece?
–Ha tenido suerte. Probemos otra vez.
–Sí, pero ahora con apuestas.
–yonoapuesto.
–¿No eres lo bastante hombre?
–nolosoy.
–Venga Humphry, una pequea apuesta para ponerlo interesante.
–séquevoyaganar.apostaresridículo.
–Entonces nos apostaremos la Hombría.
–mihombríacontralavuestranovalemucho.
–Aún así, otra mano.


Humprhy sabe que le obligarán a jugar haga lo que haga y espera las cartas temeroso de ser aplastado.
–Me pones a cien– Le susurra la mujer atronando en sus oidos.
Humphry vuelve a ganar.
–Debe estar haciendo trampas.
–nolashago.
–Entonces supongo que has ganado nuestra hombría, ahora eres tan grande como la suma de nosotros.
–vuestrahombríanotienenadaqueverconlamia.noserémásgrandemientrasnoganeamisiguales.vosotrossoisgigantesyyounhombre.noquieroserungigantenuncamás,sóloungranombre.
Y la mujer se derrite por Humphry. Y Humphry sabe que no es bastante con derretirla hasta que no entienda que no tiene que ser gigante, sólo una la gran mujer que hay detrás de sus ojos asustada por los gritos, la bebida y el juego.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Falling Down


Ver caer las hojas desde arriba no es bucólico, sólo es triste. Es como verlas saltar al vacío dejando desnudas las ramas, trayendo el invierno. Es verse marchar el rojo, el naranja, el suave amarillo, y dejar sólo un gris agrietado. Las hojas se quedan muertas sobre la calle, todavía con ese brillo, esperando su muerte llena de podredumbre, con ese olor que alimenta la tierra y pone enfermo.

El árbol se desprende de ellas sin pena, sabiendo que vendrán nuevas. Se hace duro. Se hace el duro. Se duerme esperando una primavera nueva en la que haya olvidado el olor de todos sus recuerdos.


domingo, 13 de noviembre de 2011

Entre Lo Más Profundo No Hay Cielo

Me ahogo. Demasiado profundo, demasiado frío. El aire que no debe escapar y lucha por reventarme desde dentro. Demasiado pesado, si suelto el aire no podré subir nunca. Alrededor oscuridad azul, algo que me roza, pequeño, áspero y resbaladizo. Pienso en todas las formas de matar que tiene el mar y no soy capaz de recordar cómo he llegado aquí, cómo pude dejarme arrastrar tan profundo.
Las medusas siempre me han desagradado más que los tiburones. Los tiburones te matan, las medusas te pican y te olvidan. Dicen que los tiburones nunca dejan de nadar. Dicen que las medusas son inmortales. Me muero por saber la verdad.
Más abajo, más negro, estoy seguro de que hay viejos fantasmas esperándome, estáticos en el tiempo. Son un eco helado, recuerdos azules que repiten mi misma historia. Pensé que volaba, pero el mar no es el cielo, ni son del mismo color, y las alas mojadas no sirven, se necesitan agallas. Ya he olvidado el viento.
No puedo aguantar. Las burbujas escapan hacia la superficie llevándose mis últimas palabras en una sinfonía de esferas. Se pelean, se distorsionan y nadie sabrá que quise decir, nadie conocerá la historia de por qué muero feliz en este pozo.