domingo, 15 de enero de 2012

Lejía y Gasolina

Publicado en la plaquette del colectivo Laika al ser seleccioando en la segunda edición (que no ganar, ni de lejos) del "Concurso de Microrrelatos Textículos"



Pablo, Victor y yo nos colamos en un local viejo que había al lado de mi casa. Entrabamos por el callejón, por un hueco en los ladrillos. Cuando anochecía siempre estaba lleno de ratas enormes, y por las tardes había yonkis. Había que caminar con cuidado para no pisar ninguna jeringuilla, aunque en esa época pensábamos que podíamos coger el sida por tocar un envase de yogur abandonado. Nunca se nos ocurrió que los yonkis tenían hambre. Pablo había traído una botella, iba a ser nuestra iniciación, nos íbamos a emborrachar como los mayores. Era una botella de coca cola de esas con el culo negro llena de un brebaje anaranjado. Nos dijo que la había cogido de la mochila de su hermano, que seguro que se iba a ganar una buena cuando se enterase, pero que no le importaba porque éramos colegas y aquello teníamos que hacerlo juntos. Victor bebió el primer trago, apenas un sorbito y puso cara de vinagre. Luego me pasó la botella a mí y le di un trago largo. Me reí de mi amigo y le llame de todo. Seguimos bebiendo y apuramos los casi dos litros en menos de quince minutos.
Nos encontrábamos muy mal. Pensamos que eso era estar borrachos, hasta que nuestros respectivos padres, uno por uno, nos llevaron a urgencias. Los médicos nos sonsacaron la historia, se rieron. Les dijeron a nuestros padres que éramos unos críos y que seguramente habíamos bebido lejía pensando que era otra cosa. Supongo que era mejor que pensasen que éramos tan tontos como para bebernos lo que había en un recipiente brillante antes que algo de una botella desconocida. Eso sí, nunca tocamos ningún resto de comida yonki.


No hay comentarios:

Publicar un comentario