lunes, 9 de abril de 2012

Busqueda de...


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Salí corriendo detrás del poeta muerto al que no conocía, del que no sabía nada, con la esperanza de que me contase la verdad del mundo. Bajé las calles convencido de seguir su mismo camino hasta un pequeño pasaje con olor a aceite usado. Arriba sólo quedaban la mitad de los fluorescentes, todos parpadeando, declarando la existencia volátil de aquel espacio. Al fondo, en la esquina, sólo un pequeño kiosco de prensa empotrado en negro, con un matrimonio que siempre discute por los precios de las cosas.
–¿Cuánto valen los de poesía?
–Pues no sé –Me responde la señora. Casi no caben tras el mostrador de cristal atiborrado de bolígrafos, sacapuntas y gomas de colores chillones–, un euro estos y el resto lo que marquen.
El resto tienen tapa dura y una anotación a lapicero con el precio en pesetas.
Un hombre gordo con chándal de unos cuarenta entra. Consume todo el espacio que queda en frente del mostrador. Mientras el dependiente se agacha y la mujer habla conmigo, intentando pasar desapercibido, alarga el brazo hasta la cajita que hay entre el matrimonio, coge un puñado de monedas y se da media vuelta.
–Espera –Le digo–. Si con esas monedas has cogido más de diez euros, te doy veinte.
Veo que siente vergüenza, casi llora y tira las monedas antes de salir corriendo. El matrimonio menea la cabeza y reparo en el parecido de los tres.
Cojo cuatro ejemplares alargados de poesía croata en edición bilingüe y les pregunto si han visto al poeta. Me dicen que compró el periódico y bajó la calle, justo por donde pensaba seguir persiguiéndolo, aunque soy consciente de que hace mucho que pasó por allí. Doblo un bar de madera rojiza, bajo calles de baldosas grises y llego hasta el puente. Le veo al otro lado y nos decimos adiós.

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