jueves, 21 de febrero de 2013

Hacia dentro





Aquí, fuera de mi cuerpo, de mi cabeza, aquí no importan los gritos. Es una habitación sin ventanas, llena de telarañas, de olor a madera muerta. Mi cuerpo suspendido por el aire que escapa entre las grietas, que me acuchilla los pulmones. Fuera, desde algún lugar fuera de la casa, un ejército de caras grises tiran de las cuerdas, tensan mis brazos y mis piernas, retuercen mi cabeza, secan mi lengua. El vacío se llena de crujidos, el silencio de dientes apretados, un poco más mellados con su crick-crack. Y fuera, más afuera, no me importa la música que suene, porque duele tanto que no puedo cantar lo que debo sin rasgar mi garganta. Y fuera, más afuera. Aquí no importan los gritos. Aquí te levantas sobre lo que tanto quise destruir y te llamo por mi nombre. Aquí, alejados de los gritos con los que estoy agrietando los cristales. Desde tan lejos. Me llamas.

Aquí, fuera, en una habitación a oscuras, abro la ventana a al frío y grito tu nombre hasta que no quedan paredes, hasta que todo está mudo, como la silueta de una melodía que muere sin ser más un estribillo.